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LOS MIEDOS QUE PARALIZAN

27 de enero de 2020

Cuando tenía como unos 7 años, yendo camino a la escuela, un muchacho, que vivía a espaldas de casa, azuzó a unos perros que tenía contra mí. Eran tres perros de raza Doberman, y recuerdo que me quedé paralizado en el suelo, viendo los hocicos de los perros cerca de mi cara, mientras que el muchacho se reía.
Desde entonces, el miedo hacia esta raza de perros ha estado ahí, y cada que veo un animal de estos, no puedo evitar sentir un frío intenso que recorre mi espalda, y tengo que hacer un esfuerzo muy grande para separar el miedo real, que sucedió aquella vez, del miedo que no es real, porque la amenaza no es real; estuvo, pero ya no está, y eso es lo que evita que me quede paralizado.
En nuestra vida, es necesario hacer una distinción entre lo que nos atemoriza, nos asusta y nos paraliza, para evitar que el miedo nos domine.

EL MIEDO QUE NOS EMPUJA

Cuando enfrentamos una situación amenazadora, nuestro organismo comienza a utilizar una sustancia llamada Adrenalina que genera una tonificación muscular y nerviosa, que despierta todos nuestros sentidos y que nos prepara para escapar de la amenaza.
Nuestro corazón late apresuradamente, nuestra respiración se acelera, nuestras pupilas se dilatan, tratando de responder al estímulo recibido de la mejor forma. El miedo está ahí presente, pero como un resorte listo para ser usado y escapar.
Otras veces, el miedo se presenta como un cosquilleo en nuestro estómago. Nuevamente la adrenalina hace su parte, sin embargo, a veces no es una amenaza que nos pone en peligro, sino que experimentamos miedo ante aquello que desconocemos. Muchas veces, este temor es como una “fuerza” que nos empuja a hacer aquello que desconocemos.
Se me ocurre pensar en el temor que se experimenta la primera vez que uno aprende a manejar; es un temor que está ahí; pero que nos ayuda a tener la adrenalina necesaria para dar el primer paso. O el miedo que se experimenta al subir a un juego de vértigo, o lanzarse del Bungee Jump, el miedo está ahí, nos hace gritar de emoción, pero no nos detiene.
Y en cierta forma, este miedo es como una especie de “alerta” interior que nos prevé ante lo que no conocemos, y nos ayuda a calcular la situación, a pensar en los pros y los contras, nos ayuda a ver con mayor atención aquello que desconocemos e investigar las consecuencias de nuestra elección.
Por ello la importancia de saber que el miedo forma parte del proceso de decisión que enfrentamos en nuestra vida y que como tal debe ser tomado en cuenta, para que se mantenga en el temor natural y no en un miedo que paraliza.

ELEGIR TAMBIÉN NOS ASUSTA

Cuando llegamos a un punto crucial en nuestra vida y que tenemos que tomar decisiones importantes, no es nada raro que lleguemos a experimentar cierto temor. Sobre todo cuando aquello que vamos a decidir no está del todo claro en nuestra vida.
Pudiéramos decir que ésta es la parte emocionante de nuestra vida. Hay decisiones que de verdad despiertan en nosotros cargas muy fuertes de adrenalina y nos hacen experimentar cosquillas en nuestro estómago.
Y tenemos que aceptar que este temor, es parte de nuestra vida. No estamos hablando de una “amenaza”, pues las verdaderas decisiones que son trascendentes en nuestra vida, no pueden ser tomadas como amenazas, o bajo amenazas. No estamos hablando de un miedo que nos paraliza, sino de un temor que nos empuja hacia una decisión consciente, que nos ayuda para analizar mejor la situación por la que queremos optar.
Para calcular las ventajas y desventajas de nuestra decisión, que nos hace que calculemos lo que tenemos, lo que somos y lo que queremos arriesgar para llevar a cabo las decisiones que hacemos. Es un temor que nos empuja a decidir “lanzarnos” a dar el siguiente paso.

EL MIEDO SE VUELVE UN FANTASMA

A veces las películas nos han mostrado unas imágenes muy tiernas de fantasmas, o unas imágenes demasiado aterradoras que a veces no entendemos lo que un fantasma significa.
Y no quiero hablar de los fantasmas como estos seres que “andan por ahí”, sino que quiero hablar de los fantasmas que a veces creamos y que son hijos e hijas de nuestros propios temores, y que no están “rondando” nuestras casas, sino que viven dentro de nosotros, y que hemos aprendido a vivir con ellos, que nos dominan y que nos asustan sin dejarnos tomar decisiones importantes en nuestra vida.
El primer fantasma que entra en juego cuando queremos tomar una decisión, es el fantasma llamado “Y si no puedo?” Y este fantasma aparece cuando queremos hacer algo que aparentemente es muy difícil, y que a veces ni intentamos, porque este fantasma apareció y nos paralizó.
Lo llamo un fantasma porque a veces no intentamos hacer lo que nos proponemos por vivir pensando que de verdad no podemos hacerlo. Y este fantasma está en nuestra vida, a veces porque lo hemos creado luego de una experiencia de fracaso, o porque alguien lo ha ido creando y alimentando en nuestra vida: “No sirves para nada,” “Para qué lo intentas, si todos sabemos que no puedes?” “Vas a fracasar porque todos sabemos que eso es mucho para ti.” Y esas frases se quedan como pirograbado en nuestra vida, y cuesta trabajo apartar este fantasma. La mejor arma: ¡Intentarlo! No existe otra oportunidad en nuestra vida de darnos cuenta si realmente no podemos hasta que no lo intentamos y reconocemos nuestros propios límites, lo cual no es vergonzoso como nos han enseñado, sino que esto nos ayuda a ver con la verdad nuestro potencial.

Otro fantasma que es primo del anterior, es el fantasma de “¿Y si me equivoco?” Y es primo del anterior porque se puede vencer de la misma forma: nunca vas a saberlo hasta que no lo intentes. Y eso es una virtud, aprender a reconocer que nos hemos equivocado. El problema con este fantasma es que nos paraliza y no nos deja hacer nada. Nos ata, nos controla, nos hace la vida imposible, y nos deja correr de lado el tiempo de la decisión, y cuando queremos retomarla, descubrimos que ya no es fácil, y que no podemos en muchos casos llevarla a cabo.

EL MIEDO A LA LIBERTAD

Por último, quisiera hablar del miedo a la libertad. Si en nuestra vida enfrentamos situaciones de discernimiento, es porque somos personas libres, sin embargo, esta libertad no hemos sabido usarla y en muchas ocasiones nos genera miedo.
Esta libertad que tenemos se ha convertido muchas veces en nuestra “enemiga”, porque nos traiciona y nos mueve hacia una nueva dimensión: la de una persona capaz de decidir por sí misma lo que mejor le conviene, y en el plano cristiano, es la capacidad de decidir por si mismos lo que es acorde con la voluntad de Dios.
Lo que más nos asusta en un determinado momento de nuestra vida, no es la capacidad de decidir, que nos da la libertad, sino que en muchas ocasiones lo que causa el temor son las consecuencias que nuestras decisiones acarrean en nuestra vida.
Y si la libertad nos asusta, es porque al elegir en libertad, lo hacemos nosotros mismos, las consecuencias de nuestra elección deben ser asumidas por nosotros mismos. Es decir, al elegir en libertad, no queda ninguna posibilidad de culpar a otros por nuestra elección.
Sin embargo, es necesario saber que tenemos que considerar la Presencia Activa de Dios en nuestra vida en la persona concreta de Jesús, quien nos ha dicho: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mt. 28:20)
Esta presencia de Jesús, por quien al final de cuentas optamos y decidimos, nos garantiza que cualquiera que sea nuestra decisión, si es buscando dar gloria a Dios y asumir la causa del Reino y la opción por los pobres, los excluidos y los marginados, en cualquier estado de vida que elijamos nos llevará a la Plenitud de la vida, y encontraremos nuestra realización, y es la presencia de Dios en la vida lo que hará de nuestras vidas, unas vidas con sentido y valor plenos.

Fuente/Autor: Padre Chan, cs

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