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MIGRACIÓN: AL ENCUENTRO CON EL OTRO…

27 de enero de 2020

Cuando pienso en el tema de la migración, que es el Carisma de la Congregación Scalabriniana, siempre recuerdo el chiste o la anécdota que nos contaba un sacerdote sobre el angelito que vivía en el cielo y que deseaba conocer el infierno por lo que había escuchado de ese lugar (pido una disculpa para quienes han escuchado anteriormente esta historia). Sucedió entonces que el ángel habló con Dios para pedirle permiso y una vez que lo obtuvo, tramitó su visa para ir a conocer el infierno. Cuál sería su sorpresa que se encontró con un lugar maravilloso, lleno de lugares bonitos, con mucha alegría, con unos paisajes encantadores. Casi llorando se despidió de aquel lugar, y cuando regresó al cielo, no estaba tranquilo, pues él quería regresar al infierno pues lo consideraba el mejor lugar para estar. Consiguió otro permiso, y una vez arreglada su visa, fue y estuvo otro tiempo ahí.
Nuevamente el ángel se maravilló del lugar, pues lo trataban muy bien, todos parecían muy amables con él. Entonces fue que tomó una decisión más radical: pediría a Dios la oportunidad de poder trasladarse a vivir al infierno.
No le fue fácil conseguir sus documentos para cambiar su status en el infierno, y cuál sería su sorpresa que al llegar con sus nuevos documentos, lo mandaran inmediatamente a una de las calderas a trabajar echando carbón al fuego. Las paredes eran oscuras y el lugar sofocaba por el calor. Entonces el ángel preguntó a uno de los demonios: “¿Dónde están todas las cosas bellas que conocí anteriormente?”
El demonio lo miró sonriendo y le contestó: “Mira, hijo, hay una cosa que tienes que entender, turismo es turismo, pero migración es otra cosa”.
Quienes han tenido en su vida la experiencia de emigrar, pueden descubrir la enorme verdad que encierra este chiste, pues saben en carne viva que moverse de un lugar a otro es una experiencia que a veces se torna muy difícil y no siempre es satisfactoria.
Inclusive si esta migración es por un tiempo determinado.

EL MUERTO Y EL ARRIMADO A LOS TRES DÍAS HUELEN.

Este refrán popular encierra una gran verdad: cuando una presencia se prolonga las cosas se ven de diferente forma. Recuerdo mi experiencia como estudiante en Chicago, IL. Al principio todo corre de maravilla, el lugar es muy bonito, la ciudad te entusiasma, tratas de ver el lado bonito de las cosas, te sientes lleno de una emoción por estar en un lugar agradable. Quieres conocer todos los lugares y caminar por todas las calles y visitar todas las atracciones turísticas.
Sin embargo, a medida que pasan los días te vas dando cuenta que no todo es tan maravilloso, que las cosas no son como pensabas, que extrañas tu país, que quisieras regresar a tu casa y volver a estar cerca de las personas que quieres.
También comienzas a descubrir que, aunque al principio todas las personas te tratan de maravilla y tratas de estar bien con todo mundo, poco a poco las diferencias se hacen más evidentes y comienzan a originarte problemas.
Lo mismo pasa con tus documentos. Si conseguir la visa de turista no es fácil, cuando vas a conseguir otro tipo de visa tienes que enfrentar más dificultades. Además, conseguir otros documentos no es tampoco una tarea que resulte cómoda. En fin, comienzas a darte cuenta que ir de turista es una cosa, pero que mudarte al lugar ya es otra cosa. Otro ejemplo es que si al principio la nieve me emocionaba, luego de tener que lidiar cada día con ella para salir de casa, apalearla para evitar que las personas resbalaran, limpiar las puertas de la casa y de la Iglesia, arrojar sal para evitar el hielo, la situación cambia; descubres que ya no hay la emoción de verla por un momento sino que tienes que convivir con ella.

NO SE ENTIENDE LA RIQUEZA DEL QUE EMIGRA.

Sin embargo, no todo es negativo. Hay una riqueza en los migrantes que muchas veces no ha sido tomada en cuenta ni reconocida.
Se habla en muchos casos de los problemas que acarrean los migrantes, de la pérdida de valores que ello conlleva, y de todas las consecuencias negativas que eso genera, pero pocas veces se habla de los beneficios que acarrea la llegada de personas diferentes.
Hay un sentimiento nacionalista mal entendido y que a veces genera una serie de odios, de prejuicios y discriminaciones, que nos muestran la actitud tan cerrada ante nuevas situaciones y el miedo absurdo que es originado por lo cuadrado de nuestra mentalidad y la ignorancia de reconocer la riqueza que esto conlleva.
Recuerdo cuando se habló del caso de Gabriel Caballero, este jugador que fue naturalizado y que jugó con nuestra selección en el mundial de Japón y Corea en el 2002. Cuántos comentarios se generaron con su inclusión en el equipo nacional. Se habló de unos sentimientos nacionalistas que no vienen al caso y que mostraron la cerrazón de ideas en lo que significa abrir las puertas a los extranjeros. Y esos sentimientos de que nos van a quitar el trabajo son los mismos sentimientos de los estadounidenses cuando se habla de migración.
Un miedo que es absurdo y del que no se habla en muchos otros casos. Uno lo puede entender cuando estos sentimientos de xenofobia vienen de alguien que ha vivido en carne propia la discriminación, lo cual ni los justifica, ni los aplaude, porque eso demuestra que la persona no ha superado la herida que la propia experiencia le ha dejado y que se ve que este sentimiento revanchista quedó profundamente marcado.

DE QUE LA PERRA ES BRAVA HASTA A LOS DE LA CASA MUERDE.

Este sentimiento de discriminación se ve de forma muy especial cuando uno se percata que son las personas del mismo país quienes se encargan de poner los mayores obstáculos a los que vienen llegando. Por ejemplo, para nadie es un misterio que, además de enfrentar las dificultades naturales para llegar a los Estados Unidos, los migrantes tienen que enfrentar el rechazo y las dificultades presentadas por los mismos “paisanos” que ya se encuentran allá o de los hijos de los “paisanos” que han nacido allá y que parecen actuar con mayor rigidez y fuerza en contra de quienes les recuerdan su pasado de tantas heridas.

Y LA FRONTERA OLVIDADA.

Para nosotros los mexicanos es muy fácil hablar de lo que les sucede a nuestros compatriotas en su intento de ingresar al país vecino, y también se nos olvida que nuestro país tiene la frontera sur, llamada por muchos “la Frontera Olvidada.”
Una frontera que se nos ha quedado en el olvido cuando no queremos acordarnos de lo que nuestros hermanos y hermanas, que vienen de Centro y Sudamérica con el deseo de llegar a Estados Unidos, y que tienen que atravesar nuestro país y que tienen que enfrentar nuestro sentimientos xenofóbicos y que recrudecen el trato hostil hacia quienes buscan una mejor oportunidad de vida.

DE LA HOSTILIDAD A LA HOSPITALIDAD

Hay mucho que hacer. Jesús nos enseñó a través de la parábola del Buen Samaritano que los extranjeros ocupaban un lugar en su corazón y que a través de la caridad, las personas podemos acercarnos al otro y reconocerlo como parte de la misma familia de Dios.
Y este Dios nos dejó la enseñanza de que el forastero junto a la viuda y al huérfano, tienen un lugar muy especial en su corazón. Por ello, pasar de la hostilidad a la hospitalidad es un movimiento del corazón que requiere sentimientos de hermandad y que nos coloca ante la perspectiva de que un día todos podremos compartir juntos en la misma mesa en la Casa de Dios, a la que todos vamos caminando como peregrinos aquí en la Tierra.
Para ello trabajamos los Misioneros de San Carlos, para llevar a todos los migrantes la esperanza de que a donde vayan siempre habrá personas caritativas que deseen recibirlos y puedan sentir el gesto humanitario de hospitalidad que los haga sentir que son bien recibidos.
Y ojalá que también en los Jóvenes Sin Fronteras se siga alimentando este sentimiento de abrir no solamente las puertas de la casa a quienes van de camino, sino abrir las puertas del corazón y derribar las fronteras y los obstáculos que tenemos en nuestras mentes, para poder todos un día hacer realidad el sueño de Scalabrini de “Llevar a cada Migrante el consuelo de su fe y la sonrisa de su patria.”

Fuente/Autor: Padre Chan, c.s.

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