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“La Biblia se vuelve más y más bella en la medida en que uno la comprende.”

GOETHE
Semana Vocacional 2021
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Temas

Semana Vocacional 2021: Taller para docentes de religión

27 de abril de 2021

PROYECTO DE VIDA: “MI VIDA TIENE SENTIDO”
Clase para grados 9°,10° y 11.
Objetivo
Proporcionar en el contexto escolar durante la semana vocacional, un espacio de
sensibilización y despertar vocacional que, motive a los jóvenes a reflexionar sobre la
vocación en su proyecto de vida e iniciar un discernimiento que le ayude a iluminar el
sentido de su vida.
1. Dinámica de Integración “Habla sobre ti”: Hacer preguntas para que todos digan algo acerca de ellos.

2. Desarrollo del tema: San José y la vocación
Contextualización: Mensaje del Santo Padre Francisco en el año de San José.
El pasado 8 de diciembre, con motivo del 150 aniversario de la declaración de san José
como Patrono de la Iglesia universal, comenzó el Año dedicado especialmente a él. “Por
mi parte, escribí la Carta apostólica Patris corde para «que crezca el amor a este gran
santo». Se trata, en efecto, de una figura extraordinaria, y al mismo tiempo «tan cercana a nuestra condición humana». San José no impactaba, tampoco poseía carismas particulares
ni aparecía importante a la vista de los demás. No era famoso y tampoco se hacía notar,
los Evangelios no recogen ni una sola palabra suya. Sin embargo, con su vida ordinaria,
realizó algo extraordinario a los ojos de Dios.
Dios ve el corazón (cf. 1 Sam 16,7) y en san José reconoció un corazón de padre, capaz de
dar y generar vida en lo cotidiano. Las vocaciones tienden a esto: a generar y regenerar la
vida cada día. El Señor quiere forjar corazones de padres, corazones de madres;
corazones abiertos, capaces de grandes impulsos, generosos en la entrega, compasivos en
el consuelo de la angustia y firmes en el fortalecimiento de la esperanza. Esto es lo que el
sacerdocio y la vida consagrada necesitan, especialmente hoy, en tiempos marcados por la
fragilidad y los sufrimientos causados también por la pandemia, que ha suscitado
incertidumbre y miedo sobre el futuro y el mismo sentido de la vida. San José viene a
nuestro encuentro con su mansedumbre, como santo de la puerta de al lado; al mismo
tiempo, su fuerte testimonio puede orientarnos en el camino”.
Palabras claves para la vocación
San José nos sugiere tres palabras clave para nuestra vocación: sueño, servicio y fidelidad.
Sueño

Todos en la vida sueñan con realizarse. Y es correcto que tengamos grandes expectativas,
metas altas antes que objetivos efímeros —como el éxito, el dinero y la diversión—, que no
son capaces de satisfacernos. De hecho, si pidiéramos a la gente que expresara en una sola
palabra el sueño de su vida, no sería difícil imaginar la respuesta: “amor”. Es el amor el que
da sentido a la vida, porque revela su misterio. La vida, en efecto, sólo se tiene si se da, sólo
se posee verdaderamente si se entrega plenamente. San José tiene mucho que decirnos a
este respecto porque, a través de los sueños que Dios le inspiró, hizo de su existencia un
don.
Es el amor el que da sentido a su vida: Los Evangelios narran cuatro sueños. Eran
llamadas divinas, pero no fueron fáciles de acoger. Después de cada sueño, José tuvo que
cambiar sus planes y arriesgarse, sacrificando sus propios proyectos para secundar los
proyectos misteriosos de Dios. Él confió totalmente. Pero podemos preguntarnos: “¿Qué
era un sueño nocturno para depositar en él tanta confianza?”. Aunque en la antigüedad se le
prestaba mucha atención, seguía siendo poco ante la realidad concreta de la vida. A pesar
de todo, san José se dejó guiar por los sueños sin vacilar. ¿Por qué? Porque su corazón
estaba orientado hacia Dios, ya estaba predispuesto hacia Él. A su vigilante “oído interno”
sólo le era suficiente una pequeña señal para reconocer su voz. Esto también se aplica a
nuestras llamadas. A Dios no le gusta revelarse de forma espectacular, forzando nuestra
libertad. Él nos da a conocer sus planes con suavidad, no nos deslumbra con visiones
impactantes, sino que se dirige a nuestra interioridad delicadamente, acercándose
íntimamente a nosotros y hablándonos por medio de nuestros pensamientos y sentimientos.
Y así, como hizo con san José, nos propone metas altas y sorprendentes.

No hay fe sin riesgo: Los sueños condujeron a José a aventuras que nunca habría
imaginado. El primero desestabilizó su noviazgo, pero lo convirtió en padre del Mesías; el
segundo lo hizo huir a Egipto, pero salvó la vida de su familia; el tercero anunciaba el
regreso a su patria y el cuarto le hizo cambiar nuevamente sus planes llevándolo a Nazaret,
el mismo lugar donde Jesús iba a comenzar la proclamación del Reino de Dios. En todas
estas vicisitudes, la valentía de seguir la voluntad de Dios resultó victoriosa. Así pasa en la
vocación: la llamada divina siempre impulsa a salir, a entregarse, a ir más allá. No hay fe
sin riesgo. Sólo abandonándose confiadamente a la gracia, dejando de lado los propios
planes y comodidades se dice verdaderamente “sí” a Dios. Y cada “sí” da frutos, porque se
adhiere a un plan más grande, del que sólo vislumbramos detalles, pero que el Artista
divino conoce y lleva adelante, para hacer de cada vida una obra maestra. En este sentido,
san José representa un icono ejemplar de la acogida de los proyectos de Dios. Pero su
acogida es activa, nunca renuncia ni se rinde, «no es un hombre que se resigna
pasivamente. Es un protagonista valiente y fuerte» (Carta ap. Patris corde, 4). Que él ayude
a todos, especialmente a los jóvenes en discernimiento, a realizar los sueños que Dios tiene
para ellos; que inspire la iniciativa valiente para decir “sí” al Señor, que siempre sorprende
y nunca decepciona.
Servicio

Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo: La segunda palabra que marca el
itinerario de san José y de su vocación es servicio. Se desprende de los Evangelios que
vivió enteramente para los demás y nunca para sí mismo. El santo Pueblo de Dios lo llama
esposo castísimo, revelando así su capacidad de amar sin retener nada para sí. Liberando el
amor de su afán de posesión, se abrió a un servicio aún más fecundo, su cuidado amoroso
se ha extendido a lo largo de las generaciones y su protección solícita lo ha convertido en
patrono de la Iglesia. También es patrono de la buena muerte, él que supo encarnar el
sentido oblativo de la vida. Sin embargo, su servicio y sus sacrificios sólo fueron posibles
porque estaban sostenidos por un amor más grande: «Toda vocación verdadera nace del
don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio. También en el sacerdocio y la
vida consagrada se requiere este tipo de madurez. Cuando una vocación, ya sea en la vida
matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma
deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la
belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración»
Disponibilidad de quien vive para servir: Para san José el servicio, expresión concreta
del don de sí mismo, no fue sólo un ideal elevado, sino que se convirtió en regla de vida
cotidiana. Él se esforzó por encontrar y adaptar un lugar para que naciera Jesús, hizo lo
posible por defenderlo de la furia de Herodes organizando un viaje repentino a Egipto, se
apresuró a regresar a Jerusalén para buscar a Jesús cuando se había perdido y mantuvo a su
familia con el fruto de su trabaja, incluso en tierra extranjera. En definitiva, se adaptó a las
diversas circunstancias con la actitud de quien no se desanima si la vida no va como él
quiere, con la disponibilidad de quien vive para servir. Con este espíritu, José emprendió
los numerosos y a menudo inesperados viajes de su vida: de Nazaret a Belén para el censo,
después a Egipto y de nuevo a Nazaret, y cada año a Jerusalén, con buena disposición para
enfrentarse en cada ocasión a situaciones nuevas, sin quejarse de lo que ocurría, dispuesto a echar una mano para arreglar las cosas. Se podría decir que era la mano tendida del Padre
celestial hacia su Hijo en la tierra. Por eso, no puede más que ser un modelo para todas las
vocaciones, que están llamadas a ser las manos diligentes del Padre para sus hijos e hijas.
San José, patrono de las vocaciones: san José, el custodio de Jesús y de la Iglesia, como
custodio de las vocaciones. Su atención en la vigilancia procede, en efecto, de su
disponibilidad para servir. «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre» (Mt 2,14),
dice el Evangelio, señalando su premura y dedicación a la familia. No perdió tiempo en
analizar lo que no funcionaba bien, para no quitárselo a quien tenía a su cargo. Este cuidado
atento y solícito es el signo de una vocación realizada, es el testimonio de una vida tocada
por el amor de Dios. ¡Qué hermoso ejemplo de vida cristiana damos cuando no
perseguimos obstinadamente nuestras propias ambiciones y no nos dejamos paralizar por
nuestras nostalgias, sino que nos ocupamos de lo que el Señor nos confía por medio de la
Iglesia! Así, Dios derrama sobre nosotros su Espíritu, su creatividad; y hace maravillas,
como en José.

Fidelidad

Relación profunda con Dios: José es el «hombre justo» (Mt 1,19), que en el silencio
laborioso de cada día persevera en su adhesión a Dios y a sus planes. En un momento
especialmente difícil se pone a “considerar todas las cosas” (cf. v. 20). Medita, reflexiona,
no se deja dominar por la prisa, no cede a la tentación de tomar decisiones precipitadas, no
sigue sus instintos y no vive sin perspectivas. Cultiva todo con paciencia. Sabe que la
existencia se construye sólo con la continua adhesión a las grandes opciones. Esto
corresponde a la laboriosidad serena y constante con la que desempeñó el humilde oficio de
carpintero (cf. Mt 13,55), por el que no inspiró las crónicas de la época, sino la vida
cotidiana de todo padre, de todo trabajador y de todo cristiano a lo largo de los siglos.
Porque la vocación, como la vida, sólo madura por medio de la fidelidad de cada día.
No temer: ¿Cómo se alimenta esta fidelidad? A la luz de la fidelidad de Dios. Las primeras
palabras que san José escuchó en sueños fueron una invitación a no tener miedo, porque
Dios es fiel a sus promesas: «José, hijo de David, no temas» (Mt 1,20). No temas: son las
palabras que el Señor te dirige también a ti, querida hermana, y a ti, querido hermano,
cuando, aun en medio de incertidumbres y vacilaciones, sientes que ya no puedes postergar
el deseo de entregarle tu vida. Son las palabras que te repite cuando, allí donde te
encuentres, quizás en medio de pruebas e incomprensiones, luchas cada día por cumplir su
voluntad. Son las palabras que redescubres cuando, a lo largo del camino de la llamada,
vuelves a tu primer amor. Son las palabras que, como un estribillo, acompañan a quien dice
sí a Dios con su vida como san José, en la fidelidad de cada día.
Alegría cotidiana y sencilla: esta fidelidad es el secreto de la alegría. En la casa de
Nazaret, dice un himno litúrgico, había «una alegría límpida». Era la alegría cotidiana y
transparente de la sencillez, la alegría que siente quien custodia lo que es importante: la
cercanía fiel a Dios y al prójimo. ¡Qué hermoso sería si la misma atmósfera sencilla y
radiante, sobria y esperanzadora, impregnara nuestros seminarios, nuestros institutos
religiosos, nuestras casas parroquiales! Es la alegría que deseo para ustedes, hermanos y
hermanas que generosamente han hecho de Dios el sueño de sus vidas, para servirlo en los hermanos y en las hermanas que les han sido confiados, mediante una fidelidad que es ya
en sí misma un testimonio, en una época marcada por opciones pasajeras y emociones que
se desvanecen sin dejar alegría. Que san José, custodio de las vocaciones, los acompañe
con corazón de padre.

Oración

Señor, como tú quieras, debe sucederme y como tú quieras así quiero caminar; ayúdame
solo a comprender tu voluntad.
Señor, cuando tú quieras, entonces es el momento y cuando tú quieras, estoy preparado;
hoy y en toda la eternidad.
Señor, lo que tú quieras, eso lo acepto y lo que tú quieras, es para mí ganancia; basta con
que yo sea tuyo.
Señor, porque tú lo quieres, por eso es bueno y porque tú lo quieres, por eso tengo valor; mi
corazón descansa en tus manos.

3. Conclusión
Podemos concluir diciendo que la vocación no es sólo un llamado que nos invita a algo,
sino que es la declaración de amor de Dios al hombre, del Dios Papá que sueña y anhela la
felicidad y la plena realización de sus hijos. Ese llamado de Dios debe ser conocido y
realizado. Es importante reconocer que toda nuestra vida es una vocación y que, a lo largo
de ella, Dios nos llama, a la vida, a ser felices, a ser personas, al amor, a ser cristianos, a ser
santos, a dar testimonio de su amor por medio de una opción concreta de vida, en la que
trabajaremos por su Reino. Si yo me siento llamado por Dios, podré soñar una vida mejor y
trabajaré por ella.

4. Preguntas para la reflexión
1. Teniendo en cuenta lo trabajado en la clase ¿De dónde proviene toda vocación?
Explica.
2. ¿Qué consideras que es lo más difícil para responder a nuestra vocación? ¿Has
sentido un llamado especial en esta etapa de tu vida? Compártelo.
3. Si deseas profundizar más sobre la vocación comunícalo a tu profesor, quien te guiará
hacia personas como tu párroco o religiosos(as) quienes te orientarán de una manera
idónea sobre tus búsquedas y sueños.

 

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