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EN EL PAÍS DE LOS CIEGOS, EL TUERTO ES EL REY

27 de enero de 2020

“En el país de los ciegos el tuerto es el rey” así es como dice un refrán popular. Y es que los refranes populares encierran una sabiduría que se ha rescatado de la convivencia de las personas y también de situaciones que nos van pasando y que encierran una enseñanza.
Un maestro en la Universidad nos decía bromeando que en este mundo había dos clases de personas, las listas y las tontas y que las primeras vivían de las segundas. Esto se convirtió en un lema que usábamos en la escuela, sabiendo que al prepararnos como administradores de empresas, eso nos abriría las puertas hacia una vida productiva lo que redituaría en ingresos suficientes para llevar una vida decorosa. Esta era una realidad que no podíamos evadir.

LO MALO DE LA SABIDURÍA POPULAR ES QUE ES ALTAMENTE DIFUNDIDA

Dejaría de llamarse “sabiduría popular” si no fuera altamente difundida y altamente conocida, y resulta que uno va descubriendo que son muchas las personas que tienen esta filosofía de vida –que supuestamente habíamos aprendido como secreto- y que no solamente la conocían sino que la llevaban a la práctica.
Desilusión grande al saber que nuestro “secreto” para triunfar, no era tan secreto, y que llevarlo a la práctica requería de mayor habilidad que la que supuestamente creíamos tener.
Poco a poco uno descubre que la política, la economía, la sociología y hasta la mercadotecnia en nuestro país, se mantienen muchas veces usando estas dos “máximas populares.”

¿POR QUÉ EL PAÍS DE LOS CIEGOS?

Es triste saber que vivimos en un país donde la ceguera abunda. Y no me refiero a la carencia física de la vista, porque no quiero parecer en contra de quienes carecen de este sentido vital; me refiero a otro tipo de ceguera, la que no tiene que ver con los ojos, la que se refiere al espíritu, al corazón, a la razón.
Me refiero a la ceguera que el mismo Jesús condenó, a la que teniendo los dos ojos en buen estado, nos negamos a ver. Y es que en nuestro país ocurren muchas cosas que aparentemente todos conocemos y que nadie “queremos ver.”
Cito algunos ejemplos de los muchos que ocurren en nuestro país, en nuestro estado, en nuestra ciudad y hasta en nuestra comunidad local. Se dijo hace poco que estaba prohibido el tomar las calles como si fueran estacionamientos públicos, toda vez que hay los lugares indicados para ello. Se habló que los que lo hicieran se harían acreedores a una multa.
Basta pasar por las calles aledañas al Estadio Jalisco o a la Plaza de Toros en Guadalajara para ver “los botes,” las “cajas de madera” y toda clase de objetos que se usan “para apartar la calle” y utilizarla como estacionamiento público con su respectiva “tarifa” cada evento que hay en estos lugares.
Y aparentemente, nadie ve que esto ocurre. Ni hablar de los “revendedores” de boletos, y no me refiero a quienes tratan de vender un boleto o dos, me refiero a los que compran por “bloques” los boletos y los venden en el estacionamiento del estadio, casi frente a las narices de las autoridades y “nadie ve” y decimos que ya estamos acabando con la reventa aunque en el fondo sonreímos pues sabemos que es un mero discurso demagógico.
Como Scalabriniano, cuántas veces he escuchado que en nuestro país no existe la discriminación, que somos muy hospitalarios, tanto que nuestro lema es: “Mi casa es su casa.” Obviamente, esto no aplica para quienes se ven en la necesidad de atravesar nuestro país en camino hacia el norte. No, para ellos, no aplica esta frase porque México no es su casa. Con ellos ponemos toda clase de barreras, de trabas, de obstáculos.
Lo mismo hacemos con los indígenas a quienes hacemos sentir que este país no es su casa. Sin embargo, estas cosas no las vemos. Cuando comparto con algunas personas sobre esto, me miran como si estuviera hablando cosas de otro lugar, y algunos me dicen: “¿Estás hablando de tu experiencia en Estados Unidos, verdad? Porque eso en México no existe.”

LA CEGUERA NOS IMPIDE RECONOCER AL OTRO

La ceguera no tiene solamente que ver con las situaciones que enfrentamos diariamente. La ceguera también nos impide reconocer a las otras personas, y la verdad es que muchas de ellas nos pasan desapercibidas.
Parece tan común “ver” a tantas personas que viven de la caridad, tanto “traga-fuego” en las esquinas, tantas personas vendiendo algo en la calle para sobrevivir, que dejamos de verlas, es decir, las ignoramos.
Y este dejar de verlas no tiene que ver solamente con la acción física, sino que no somos capaces de ver detrás de estas personas la necesidad y las estructuras injustas que llevan a estas personas a vivir de tal forma que parecen ser un reclamo callado para la sociedad en la que interactúan.
Y obviamente que si no somos capaces de “ver” a estas personas, muchas veces somos menos capaces de reconocer que hay estructuras que necesitan ser cambiadas; que hay “cegueras” que necesitan ser quitadas para que todos alcancemos la dignidad de hijos e hijas de Dios.

¿QUIÉN Y QUÉ PROVOCA NUESTRA CEGUERA?

Una de las cosas que tendríamos a nuestro favor al enfrentar la afirmación de Jesús que “no hay más ciego que el que no quiere ver” es que muchas veces nosotros no somos responsables directos de nuestra ceguera. Por ejemplo, los escándalos políticos que se están dando entre muchas otras cosas han servido para dejarnos “ver” los juegos y malabares políticos que se cuecen en nuestro país y los intereses partidistas que se juegan de por medio. Sin embargo, estos juegos políticos que se vienen dando en nuestro país han sido también una venda que nos impide ver la realidad de muchas cosas. Se distrae la atención pública hacia un punto determinado y por otro lado ocurren muchas otras situaciones a las que nadie presta atención. Es decir, muchas veces no es que no queramos ver, sino que nos impiden ver.
Ya lo hemos señalado en otras ocasiones que los medios de comunicación social tienen la enorme virtud de cegar al auditorio y enfocarlo hacia lo que ellos quieren que veamos. Y como esto resulta muy cómodo, saludable y dijeran por ahí algunos que saben sacar provecho de esto, hasta terapéutico, pues muchas personas deciden voluntariamente ponerse la venda en los ojos y contribuir con este sistema de ver lo que nos conviene, no lo que en realidad necesitamos ver.
Aquí en Guadalajara se habló del aumento en el precio del transporte, y comenzó el debate en ver si se aumentaba o no. Nuestro gobernador, fue muy hábil para “dejarse ver” como alguien que iba a defender los intereses del pueblo y al mismo tiempo “logró ver” la “intención” de los permisionarios de transporte de querer mejorar el servicio y las unidades. Es más, logró ver en las unidades “maquilladas” que usan para dar la vuelta cuando quieren presumir las mejoras al transporte, el compromiso de un verdadero cambio. Sin embargo, él pensó que haciendo el aumento en dos partes, nadie “lo vería.”
Sí, queridos JSF, así es como funciona nuestra realidad. Eso sí, cuando se trató de hacer un reclamo social, no fue capaz de ver el repudio de la gente en la marcha que se organizó, sino que de la marcha no se hicieron mayores comentarios para que hubiera la esperanza de que aquí nadie vio nada. Y como dice el refrán que “nadie vio y nadie supo” pues ahí seguimos.

QUE ESTO NO PASE CON NUESTRA VOCACIÓN

Nuestra vocación también puede verse afectada por la ceguera. Hay muchas cosas que nos impiden ver con claridad los signos de nuestro llamado. Unas de estas “vendas” son producto de las sociedades en que vivimos, que no quieren que veamos en ideales más profundos, y otras “vendas” nosotros mismos las fabricamos cuando nos encerramos en nuestro propio egoísmo y en nuestra persona.
Cuando esto suceda, debemos cuestionarnos si estamos siendo capaces de ver con claridad lo que Dios quiere de nosotros, y cuánto queremos ver en lo que nos rodea, la voluntad de Dios. Una amiga me habla mucho de las “señales” que recibe de parte de Dios durante el día, y que no tienen que ver con lo extraordinario, sino con el tener el espíritu abierto para sentir la presencia de Dios y cuestionarnos sobre lo que nos rodea.
Cristo se presentó como la Luz para ver nuestras tinieblas, no dejemos pasar pues esta oportunidad y veamos claro que el amor de Dios nos rodea y nos impele a buscar su Reino de justicia y amor aquí en la tierra.

Fuente/Autor: Padre Chan, cs

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