Para salir de una pandemia, es necesario cuidarse y cuidarnos mutuamente.

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Meditando La Palabra

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27 de enero de 2020

Primera: Is 43,18-19.21-22.24-25; Salmo 41; Segunda: 2Cor 1,18-22; Evangelio: Mc 2, 1-12

Nexo entre las lecturas

El binomio pecado-perdón llama la atención en la liturgia de este domingo. Al pueblo en el exilio babilónico y que ha “cansado” a Dios con sus pecados, Isaías anuncia el mensaje liberador de Dios: “Soy yo, yo sólo, quien por mi cuenta borro tus culpas y dejo de recordar tus pecados” (primera lectura). Jesús dice a paralítico: “Perdonados te son tus pecados” (Evangelio). Pablo, a su vez, ante las acusaciones de ambigüedad y falta de seriedad de parte de algunos corintios, reacciona dejando claro que su actitud, al igual que la de Jesucristo, ha sido un sí al hombre, a su bien integral; en Jesús, efectivamente, “todo ha sido sí, pues todas las promesas de Dios se han cumplido en él” (segunda lectura).

Mensaje doctrinal

1. La presencia del pecado. El pecado es una realidad con la que todo hombre tiene que vérselas. Y no solamente el hombre, sino también los grupos humanos y la sociedad. Porque existe el pecado personal, pero hay también pecados sociales, estructuras de pecado. Al hombre y a las sociedades humanas parece costarles renunciar al pecado, aprender de modo definitivo la lección de la gracia y de la misericordia divina. Como nos recuerda la primera lectura, los hombres sea como individuos que como sociedad fácilmente nos cansamos de Dios , y dejamos de invocarle y de darle culto. Así hicieron los desterrados de Babilonia, sin escarmentar ante la desgracia en que viven, lejos de su patria y de la santa ciudad, por su infidelidad.. El pecado está presente también en la sociedad y en los hombres contemporáneos de Jesús, en cuya mentalidad hay una estrecha relación entre enfermedad y pecado: la parálisis y el pecado, el mal físico y el mal moral, el crimen y el castigo. Y las acusaciones de que es objeto Pablo por parte de sus hermanos en la fe -acusaciones sin fundamento y quizá también malévolas-, ¿no es muestra patente de la realidad del pecado en la misma comunidad cristiana? Allí donde existe una comunidad humana, – y cristiana- hay que contar siempre con esta realidad del pecado, bien que no sea la única ni la más importante. Reconocer esta presencia pecadora en el hombre y en el mundo, es ya un paso notable hacia el perdón, la reconciliación fraterna, la misericordia de Dios, Padre y Señor de la humanidad. Porque lo acepte el hombre o no, la autoabsolución no existe, por más métodos psicológicos o psicoanalíticos que se usen para convencer al hombre de ello.

2. La presencia del perdón liberador. Nuestro Dios no sería un Dios rico en misericordia, Padre de nuestro Señor Jesucristo, amigo de los hombres, si ante la presencia del pecado se quedase impasible, indiferente. Deseando y buscando el bien del hombre, le manifiesta su amor sea con el “castigo” pedagógico sea con el perdón. El pecado no merece jamás ni por ningún motivo el perdón, pero el perdón es uno de los nombres del amor. Por eso dice Dios en la primera lectura: “Soy yo, y sólo yo, quien por mi cuenta borro tus culpas y dejo de recordar tus pecados”. Las ataduras del pecado sólo Dios las puede desatar; la deuda del pecado sólo Dios la puede borrar; la memoria del pecado sólo Dios la puede olvidar. Jesucristo no se opone a esta afirmación fundamental de la fe israelita; la confirma más bien, insinuando con el poder sobre la parálisis que cura, que en su humanidad Dios se hace presente entre los hombres. De este modo, el pecado de todo el hombre es perdonado en todo el ser humano: en su espíritu e interioridad (perdón de los pecados¿ y en su corporeidad (curación de la parálisis). El perdón, por otra parte, no pertenece al pasado, sino que es siempre actual y presente, como el mismo Dios. Dios perdonó el pecado de Israel, liberándolo de la esclavitud de Egipto, haciéndole pasar a pie enjuto el mar Rojo, pero ahora el perdón de Dios creará algo nuevo: trazará un camino en el desierto para que el pueblo pueda retornar a Jerusalén. Ahora Jesucristo, la Iglesia en nombre de Cristo, siguen diciendo sí al pecador que se arrepiente: “Perdonados te son tus pecados”, para que también nosotros glorifiquemos a Dios con nuestro sí. En efecto, por el bautismo hemos recibido el Espíritu del sí, ese sí que por el pecado se hace no, pero cuya fuerza liberadora vuelve a recuperarse por el perdón.

Sugerencias pastorales

1. Liberar al hombre total. En la historia del cristianismo, al menos en algunos períodos, se ha insistido mucho en la liberación espiritual del pecado, y poco o bastante menos en la liberación del hombre en su totalidad (liberación espiritual o religiosa, política, económica, social, cultural). Hoy estamos tal vez más sensibilizados, al menos en el plano de la mentalidad común, a esta liberación que abarca a todo el hombre y a todo hombre, como gusta decir Juan Pablo II. El texto evangélico ofrece una buena base para la comprensión de esta liberación integral. Jesucristo perdona los pecados, pero no detiene su acción liberadora sólo ahí, sino que luego cura al paralítico, liberándole también de su enfermedad. Esta liberación integral -e integradora puesto que no desconecta una de otra- es obra de Dios, pero nosotros, cristianos, hemos sido llamados para facilitar esta obra divina, y para “manifestarla” entre los hombres en cuanto que Dios actúa en la historia con nosotros y por medio de nosotros. Importante es que tampoco nosotros separemos, siguiendo a Jesucristo, ningún tipo de liberación, so pena de reducir y empobrecer la fuerza liberadora del cristianismo y del Evangelio. Entre mis hermanos cristianos, con los que convivo y trabajo, ¿es la fe cristiana una fuerza liberadora? ¿se piensa que la fe cristiana libera al hombre en su totalidad? ¿Qué iniciativas se podrán emprender para, en nuestro medio ambiente y en nuestra sociedad, promover más, como cristianos, la plena liberación del hombre?

2. El sacramento de la libertad. Entre los siete sacramentos de la Iglesia hay uno que está relacionado de modo particular con el perdón de los pecados. En la historia, según diversas acentuaciones, ha recibido varios nombres: “la confesión”, “el sacramento de la penitencia”, “el sacramento de la reconciliación”. Me gustaría subrayar que es también el sacramento de la libertad. La gracia del sacramento no sólo libera del pecado, sino que libera la libertad para no pecar, otorga el Espíritu del sí al poder de la gracia. En un momento en que este sacramento no acaba de salir de la crisis que sufrió después del concilio Vaticano II, subrayar esta dimensión del mismo puede contribuir a su rehabilitación y a una recepción más frecuente. Esta dimensión encaja y da unidad a las demás: quien se confiesa, se libera de algo que pesa en su conciencia frente a Dios y frente al hermano; quien se arrepiente, al reconocer su culpabilidad, da el primer paso para que Dios le libere de su culpa y para que su conciencia se sienta liberada; quien se reconcilia con Dios y con la Iglesia, predispone su libertad para un ejercicio futuro verdaderamente libre. ¿Qué postura tienes tú ante el sacramento de la libertad? ¿Crees que es algo “pasado de moda”? Si eres sacerdote, ¿dedicas tiempo suficiente a la administración de este sacramento? Si eres religioso o consagrado, ¿encuentras en el sacramento un camino seguro de purificación y perfeccionamiento de tu libertad? Si eres laico, ¿eres consciente de que el sacramento no coarta, sino que potencia tu libertad, tu capacidad de ser enteramente libre, en alma y cuerpo?

Fuente/Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net

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