“No hay alegría más pura y más santa que en el atenderse unos a otros, comunicarse unos con otros”.

Beato Scalabrini
Aparición de Jesús a los once
01/27/2020
B – Domingo 7o. del Tiempo Ordinario
01/27/2020

Meditando La Palabra

B – Domingo 6o. del Tiempo Ordinario

27 de enero de 2020

Sagrada Escritura:

Primera: Lev 13, 1-2.45-46
Salmo 32
Segunda: 1Cor 10, 31 B 11, 1
Evangelio: Mc 1, 40-45

Nexo entre las lecturas

El tema que concentra nuestra atención es el poder de Cristo que perdona los pecados y cura al leproso de su enfermedad. El evangelio de san Marcos nos ofrece un signo fuerte del poder de Jesús cuando cura a un leproso (EV). Aquí Jesús revela su poder sobre las fuerzas naturales y su misericordia ante la desgracia de aquel hombre. En efecto, un hombre que sufría la lepra era alejado de la comunidad de acuerdo con el estado de su enfermedad. Se le consideraba “impuro” con impureza legal, pero también se le consideraba impuro por no tener la salud necesaria para participar en el culto comunitario. Se había alejado de Dios y, por eso, Dios lo había castigado con la enfermedad. Impureza legal e impureza moral estaban íntimamente relacionadas como aparece en la primera lectura del libro del Levítico (1L). Con su actitud y con su poder Jesús cambia este estado de cosas: restituye la salud al leproso, lo envía nuevamente a la comunidad y a los sacerdotes para que declaren públicamente su perfecto estado de salud. El salmo parece alegrarse con este perdón y esta salud: “dichoso el que está absuelto de culpa, a quien le han sepultado su pecado” Por otra parte el texto de la carta a los corintios (2L) nos manifiesta que el cristiano no debe dar escándalo con su vida cometiendo pecado, que es como una enfermedad de muerte, es como la lepra, pues destruye la vida temporal y eterna del hombre. En cambio, el cristiano debe hacer todo para la Gloria de Dios. Hermosa afirmación que constituye todo un programa de vida.

Mensaje doctrinal

1. Acudir al Salvador para exponer nuestras enfermedades. Es sorprendente cómo el leproso se acerca a Jesús contraviniendo de modo flagrante la ley que lo prohibía. Ningún leproso podía acercarse a donde se encontraban los miembros de la comunidad. Debía vestirse con andrajos y gritar a lo lejos “impuro, impuro”. San Marcos sólo nos dice: “se acercó un leproso y suplicándole de rodillas…” Su audacia fue premiada con las palabras de Jesús. De aquí se sigue que todo aquel que se encuentre con una enfermedad de muerte en su alma, todo aquel que descubra en su alma pecados inconfesables, debe con confianza acercarse a Jesús, rico en misericordia y capaz de curar hasta la más grave de las enfermedades. Muchas veces la conciencia de pecado crea una nueva obscuridad y el pecador ya no se atreve a acudir al médico que lo limpie y la salve. Así va acumulando pecado tras pecado y su situación se va haciendo siempre más trágica. Es necesario romper ese círculo vicioso y tener la valentía del leproso que se postra a los pies de Jesús entreviendo el desenlace: “Si quieres, puedes limpiarme”.

2. La reacción de Jesús es admirable por diversas razones. En primer lugar porque siente una profunda misericordia por aquel leproso. La situación de marginación de aquel hombre, su sufrimiento físico, su vida sin sentido, no podían dejar al Salvador indiferente. La compasión en la Biblia -y también aquí en este caso- es mucho más que un sentimiento de conmiseración, de pena, de dolor por el mal ajeno. Es, más bien, una pasión vehemente que hace todo lo necesario para aliviar el sufrimiento ajeno y que se traduce en actos concretos. En segundo lugar es admirable, porque Jesús extiende su mano y toca al leproso. Este acto contravenía la ley judía que prohibía gravemente el tocar a un leproso con el fin de salvaguardar a la comunidad y evitar el contagio. Jesús, por encima de esta ley, pone el amor misericordioso del Padre y dice con plena autoridad: “quiero, queda limpio”. Es decir, Jesús hace ver a aquel hombre que tiene el beneplácito de Dios, que Dios lo ama y quiere que viva. San Pablo en su carta a los Corintios hace suyo este sentimiento de Cristo: “Por mi parte yo busco contentar a todos, no buscando mi propio bien, sino el de ellos, para que todos se salven”. “Para que todos se salven” ésta es la máxima de toda vida cristiana, porque ésta es la voluntad de Dios (Cf. 1 Tm 2,4). Haceos imitadores míos como yo lo soy de Cristo. Estas palabras de san Pablo podrían parecer a primera vista un poco presuntuosas. En efecto, ¿quién se atreve a mostrarse como ejemplo para los demás? Cualquiera que se vea así mismo con sinceridad comprobará que hay en él infinitas miserias. Sin embargo, las palabras del apóstol son verdaderas. En la medida en la que imitamos a Cristo nos constituimos en modelo y ejemplo para los demás. Todo apóstol debe dar este testimonio en la propia familia, en la propia comunidad, en el propio ambiente de trabajo. En la medida en la que practicamos la virtud de la humildad, en esa medida somos capaces de mostrar a Cristo y llevar a Cristo a las almas. Es un don que Dios concede, más que una cualidad personal. Tengamos pues el valor de emprender la vida cristiana en todas sus exigencias, de forma que podamos decir, “ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí”. Cuanto más humildes seamos, tanto mejor seremos apóstoles y tantas más almas salvaremos.

Sugerencias pastorales

1. El sacramento de la Penitencia. La liturgia de este día nos invita a valorar el sacramento de la penitencia como un encuentro con Cristo, quien lleno de misericordia nos mira a los ojos y nos dice: “quiero, sé limpio”. Es decir, Cristo me dice: “quiero que vivas, quiero que tu vida sea feliz, que tu vida sea vida”. ¡Cómo nos aflige el caso de jóvenes atrapados en la droga o el sexo o en cosas aun más graves! Habrá que ayudarles mostrándoles la capacidad de redención; ayudarles conduciéndoles a Cristo misericordioso. En este sentido, cuánto bien se hace en esas vigilias de penitencia en las que la comunidad de jóvenes se prepara para recibir personalmente el sacramento del perdón. Cantos, textos, ambiente litúrgico que conducen al alma a una fructuosa recepción de la gracia. Lo hemos visto en el Circo Máximo en Roma en el Gran Jubileo de la redención del año 2000. Lo hemos visto en la jornada mundial de los jóvenes en Canadá en el año 2002, lo hemos visto en tantas parroquias que organizan estos tipos de encuentros y que ofrecen a los jóvenes un medio insustituible para vivir plenamente su vida de gracia y su vida cristiana. No cabe duda que estos encuentros irán preparando a los “centinelas de la mañana” de los que habla el Papa, es decir, a esos jóvenes que anuncian un nuevo amanecer y son signo de esperanza.

2. Haced todo para la gloria de Dios. La exhortación de san Pablo es de gran actualidad. En medio de nuestras tareas familiares, profesionales, religiosas debe haber un centro que las unifique y que les dé sentido: “haced todo para la gloria de Dios”. ¿De qué nos valdrá acumular mucho dinero? ¿O gozar de muchos placeres? ¿O tener gran poder sobre los demás? ¿De qué nos valdrá todo esto si con el paso de la vida y de los años todo se desvanece? La poca o mucha experiencia que tengamos ya nos lo dice fehacientemente: todo va pasando y sólo lo hecho por Dios y por mis hermanos los hombres y mujeres de este mundo, queda. Lo demás es paja que se lleva el viento.

Hacer todo para la gloria de Dios implica una grande pureza de intención, es decir, mis obras no buscan la gloria personal, no buscan la vanidad o la vanagloria, el egoísmo… Como san Pablo busquemos hacer todo para la gloria de Dios. En lo pequeño y en lo grande, en la vida de familia y en el trabajo, en el estudio y en los momentos de prueba.

Fuente/Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net

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