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Mundo Misionero Migrante

UNA ESCALA PELIGROSA

27 de enero de 2020

Estiman que sólo uno de cada cinco ilegales llegan a Estados Unidos.

Guadalajara, México

A la Ciudad arribaron 13 con la mira de llegar al Norte. Eran más cuando comenzaron la travesía, posiblemente serán menos los que la terminen.

Como sombras esquivas que se esconden en las ruinas y los matorrales intentando no ser vistos, los centroamericanos indocumentados que pasan por Guadalajara han sorteado peligros, delincuentes y autoridades en su paso hacia Estados Unidos, aunque aún les falta la mitad del recorrido.

La Zona Metropolitana de Guadalajara forma parte de una de las tres rutas por las cuales los indocumentados avanzan a través de las líneas ferroviarias hacia el País del norte en busca del mítico sueño americano, persiguiendo la quimera que les promete ganar los dólares que aseguren su futuro y el de sus familias.

Salieron de su destino siendo unos completos desconocidos, pero las penurias del camino crearon fuertes lazos de amistad.

Reconocen que tarde o temprano tendrán que separarse, o dejar atrás sin voltear la mirada a aquellos que no logren continuar, pero mientras estén juntos seguirán compartiendo sueños y proyectos.

Se ocultan en construcciones abandonadas a lo largo de las zonas donde pasan las vías. Después de un largo recorrido que llega a durar un mes, desde la frontera con Guatemala, pasando por Tabasco o Chiapas, los migrantes están expuestos a la extorsión y asalto tanto de criminales como de policías.

Desafían todo porque ya no les queda nada.

Con los bolsillos vacíos, pantalones rotos en los que ya no cabe otra mancha de suciedad y el rostro maltrecho por el camino, son víctimas hasta de los maquinistas que les piden dinero a cambio de no echarlos de los vagones, a veces tienen que pedir limosna para poder entregar lo que junten a los ferrocarrileros.

En Tesonique, Chiapas, eran un grupo de más de 500 hondureños que se fueron aislando en la ruta. Otros grupos eligieron irse por otros recorridos.

De acuerdo con algunas asociaciones que ayudan a los indocumentados, únicamente uno de cada cinco indocumentados que sale de centroamérica llegará a Estados Unidos.

Marlon salió desde Honduras el 25 de febrero, platica sus desventuras entre risas ahogadas, como quien quiere verle el lado amable a las tragedias. Tiene 23 años, pero luce mucho más viejo. Su rostro moreno se oscurece aún más con el polvo y el hollín acumulado en el viaje. Se pudo bañar hace 10 días con una manguera que usaron a escondidas de los dueños de una finca de Veracruz y, como sus demás compañeros, hace dos días que no prueba bocado.

Se aguantan el hambre en busca del trabajo que impida que sus familias sigan con el estómago vacío, están acostumbrados a la sensación; luego de algunas horas sin alimentos, se pasan los calambres en el vientre. Lo más difícil de aguantar es la sed.

“Caminamos por la vía dos días por el monte porque no podíamos agarrar el tren, pero como estuvo lloviendo, pues agua fue lo que nos sobró”, dice Marlon, desatando las risas de sus compañeros de travesía.

Mucho habían escuchado sobre los migrantes que han sido mutilados o matados por los trenes en marcha, pero una cosa es que se los cuenten y otra es verlos con sus propios ojos, como en Medias Aguas, Veracruz, donde Marlon y sus compañeros observaron cómo una joven paisana de 25 años de edad se cayó al tratar de abordar el ferrocarril. Las ruedas le cercenaron las dos piernas y la mujer murió desangrada ahí mismo.

“Estuvo feo, pero no queda más que seguir pa’ adelante”, dice Carlos, otro miembro del grupo.

Marlon cree que a él no le ha ido tan mal, aunque no ha salido ileso. Muestra el pulgar de su mano derecha, se lastimó con un fierro al subirse al vagón, por lo que tuvo que arrancarse la uña a pedazos.

Sin embargo, se muestra optimista, el dedo le ha dejado de sangrar.

Hay que sacar fuerzas de donde sea para llegar a su destino, ninguno quiere regresar con las manos vacías, qué importa que en ello les vaya la vida.

Fuente/Autor: José Alonso Torres – Mural

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