“No hay alegría más pura y más santa que en el atenderse unos a otros, comunicarse unos con otros”.

Beato Scalabrini
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Meditando La Palabra

Solemnidad de la Inmaculada Concepción

27 de enero de 2020

Sagrada Escritura:

Primera: Gen 3, 9-15.20
Segunda: Ef 1, 3-6.11-12
Evangelio: Lc 1, 26-38

Nexo entre las lecturas

Las palabras del ángel a la Virgen María: “Ave María, llena de gracia” nos dan el sentido profundo de la solemnidad que hoy celebramos. El ángel se dirige a María como si su nombre fuese precisamente “la llena de gracia”(EV). A lo largo de los siglos la Iglesia ha tomado conciencia de que María “llena de gracia” por Dios había sido redimida desde su concepción. Se trata de un singular don concedido a María para que pudiese dar el libre asentimiento de su fe al anuncio de su vocación. Era necesario que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios para responder adecuadamente al plan de Dios sobre ella. El Padre eligió a María “antes de la creación del mundo para que fuera santa e inmaculada en su presencia en el amor” (Cfr. Ef 1,4). El así llamado “protoevangelio” del libro del Génesis, por su parte, hace presente la promesa de un redentor: pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo, éste te aplastará la cabeza y tú le morderás el calcañal (1L). En la carta a los Efesios (2L) san Pablo indica cómo el Padre nos ha elegido desde la eternidad en Cristo para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor. El primer fruto excelente de este plan salvífico es María, quien en previsión de los méritos de Cristo, fue preservada de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción.

Mensaje doctrinal

1. La eterna voluntad salvífica de Dios. “Pongo enemistad entre ti y la mujer entre su linaje y el tuyo…” (Ge. 3, 15) estas palabras pronunciadas en el exordio de la humanidad una vez que el hombre había cometido el pecado, anuncian la eterna voluntad salvífica de Dios. La transgresión de Adán y Eva había provocado el desquiciamiento de la estirpe humana. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios, sufre una herida de incalculables consecuencias. Por eso, siente miedo, experimenta la desnudez y el desamparo, su concepto de Dios se obscurece y corre a esconderse lejos de su mirada. Las palabras de Yahveh Dios: “¿Dónde estás?” ponen de manifiesto su dramática condición. El hombre es expulsado del paraíso pero al mismo tiempo recibe la promesa de un redentor.

2. Así, donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rom 5). En su eterno plan, Dios había creado al hombre por sobreabundancia de amor y lo había elegido para ser santo e inmaculado en su presencia ( Ef 1, 3-6) lo había colocado entre excelsos bienes. El pecado, sin embargo, introduce la desobediencia, el desorden y la pérdida de la armonía original, la armonía del “principio”, pero no cancela el plan amoroso de Dios. Había que rescatar al hombre también por sobreabundancia de amor. Si se busca, por tanto, la razón de la presencia de Dios entre los hombres y la razón de la Encarnación, ahí la tienes: el amor por el hombre. “El Señor se enamoró de su creatura” y el Verbo de Dios ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre (San Ireneo haer. 3,20,2; cf. por ejemplo 17,1; 4,12,4; 21,3). El Pastor se ha hecho oveja (San Gregorio de Nisa). Cristo ha venido a la tierra para tomar de la mano al hombre y presentarlo nuevamente al Padre según la gracia del principio.

3. María Inmaculada. En este extraordinario plan de salvación aparece María, como la primicia de la salvación, como la estrella de la mañana que anuncia a Cristo, “sol de justicia” (Cf. Mal 3,20), como la primera creatura surgida del poder redentor de Cristo, como aquella que ha sido redimida de modo eminente por Dios en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano. En un mundo pecador, la Gracia divina ha hecho surgir una creatura absolutamente pura y le ha conferido una perfección sin la más mínima sombra de pecado. El plan del Padre que quería enviar a su Hijo a la humanidad exigía, para la mujer destinada a llevarlo en su seno, una perfecta santidad que fuese reflejo de la santidad divina. Ella que no conoció el pecado, está en el centro de esta enemistad entre el demonio y la estirpe humana redimida por Jesucristo, la estirpe de los hijos de Dios. Ella aparece en medio de esta singular batalla como la aurora que anuncia la victoria definitiva de la luz sobre la obscuridad. Ella va al frente de ese grande peregrinar de la Iglesia hacia la casa del Padre. En medio de las tempestades que por todas partes nos apremian, ella no abandona a los hombres que peregrinan en el claro oscuro de la fe. Ella es signo de segura esperanza y ardiente caridad.

Es importante señalar que la preservación del pecado en María es obra sólo de la gracia, pues no había en María mérito alguno: la santidad concedida a María es solamente el fruto de la obra redentora de Cristo.

4. El pecado original y la lucha ascética. Sabemos que el pecado original, aunque es cancelado por el bautismo, normalmente deja en el interior del hombre un desorden que tiene que ser superado, deja una propensión hacia el pecado, que tiene que ser vencida con la gracia y con el esfuerzo humano (Cf. Conc. Trid. Decretum De iustificatione cap. 10). El hombre se da cuenta de que en su interior, por ser creatura herida por el pecado, se combaten dos fuerzas antagónicas: el bien y el mal. No todo aquello que nace espontáneamente en el interior del hombre, es bueno por sí mismo. Se requiere un sano y serio discernimiento de los propios pensamientos e intenciones para elegir, a la luz de Dios y de su palabra, aquello que es bueno y santo. Aquello que es verdadero: Facientes veritatem in caritate. En consecuencia, la vida humana y cristiana se revela como una “lucha” contra el mal (Cf. Gaudium et spes 13,15). Una lucha en la que Dios está de parte del hombre y en la que el hombre debe elegir libremente la parte de Dios. El cristiano, pues, tiene la misión de entablar este combate contra el pecado en sí mismo, pero al mismo tiempo debe luchar para que los demás no caigan en el pecado. Debe luchar para que la buena noticia de la salvación en Jesucristo, llegue a todos los hombres. El cristiano, así, se encuentra con María, en el centro de esa enemistad entre el demonio y la estirpe humana y su responsabilidad no es pequeña en la historia de la salvación. Con su vida y con su muerte debe dar testimonio de que la salvación está presente en Cristo Jesús, camino, verdad y vida, y que el amor de Dios es más fuerte que todo pecado.

Sugerencias pastorales

1. El cultivo de la vida de gracia. Al contemplar a María Inmaculada apreciamos la belleza sin par de la creatura sin pecado: “Toda hermosa eres María”. La Gracia concedida a María inaugura todo el régimen de Gracia que animará a la humanidad hasta el fin de los tiempos. Al contemplar a María experimentamos al mismo tiempo la invitación de Dios para que, aunque heridos por el pecado original, vivamos en gracia, luchemos contra el pecado, contra el demonio y sus acechanzas. Los hombres tienen necesidad de Dios, tienen necesidad de vivir en gracia de Dios para ser realmente felices, para poder realizarse como personas. Y la gracia la tenemos en Cristo. En el misterio de la Redención el hombre es “confirmado” y en cierto modo es nuevamente creado. ¡El es creado de nuevo! … El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo -no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes- debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo (Redemptor Hominis 10). Para vivir en gracia es necesario: orar y vigilar. La oración nos da la fuerza que viene de Dios. La vigilancia rechaza los ataques del enemigo. Vigilemos atentamente para rechazar las tentaciones que nos ofrece el mundo: el placer desordenado, la avaricia, el desenfreno sexual, las pasiones… Por el contrario, formemos una conciencia que busque, en todo, amar a Dios sobre todas las cosas.

2. Nuestra participación en la obra de la redención. La peregrinación que nos corresponde vivir al inicio de este nuevo milenio tiene mucho de peregrinación ascendente, de escalada alpina, de combate apostólico y de conquistas para la causa de Dios. Aquella enemistad anunciada en el protoevangelio sigue siendo hoy en día una dramática realidad, se trata de una especie de combate del espíritu, pues las fuerzas del mal se oponen al avance del Reino de Dios. Vemos que, por desgracia, sigue habiendo guerras, muertes, crímenes. Más aún, advertimos amenazas, en otro tiempo desconocidas, para el género humano: la manipulación genética, la corrupción del lenguaje, la amenaza de una destrucción total, el eclipse de la razón ante temas fundamentales como son la familia, la defensa de la vida desde su concepción hasta su término natural, el relativismo y el nihilismo que conducen a la pérdida total de los valores. Nuestro peregrinar cristiano por esta tierra, más que el paseo del curioso transeúnte, tiene rasgos del hombre que conquista terreno para su bandera. Nuestro peregrinar es un amor que no puede estar sin obrar por amor de Jesucristo, el Jefe supremo. Es anticipar la llegada del Reino de Dios por la caridad. Es avanzar dejando a las espaldas surcos regados de semilla. No nos cansemos de sembrar el bien en el puesto que la providencia nos ha asignado, no desertemos de nuestro puesto, que las futuras generaciones tienen necesidad de la semilla que hoy esparcimos por los campos de la Iglesia Santa Teresa de Jesús que experimentó también la llamada de Dios para tomar parte en el singular combate del bien contra el mal, nos dejó en una de sus poesías una valiosa indicación de cómo el amor, cuando es verdadero, no puede estar sin actuar, sin entregarse, sin luchar por el ser querido. Teresa había comprendido en profundidad lo que significaba el amor de Dios por sus creaturas, y el amor de la creatura a un Dios que la ama tanto. Todo ello tiene características de amor esponsal.

El amor cuando es crecido
no puede estar sin obrar
ni el fuerte sin pelear
por amor de su querido.

Fuente/Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net

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