Para salir de una pandemia, es necesario cuidarse y cuidarnos mutuamente.

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Mundo Misionero Migrante

Por favor, Dios, que alguien se interese

27 de enero de 2020

Apostolado del Mar – Buenos Aires, Argentina.

“P. José, podrías ayudar a este marino. Recibí un mensaje de texto de Elen Sevilleno de Bantayan quien es la líder de un grupo de esposas de marineros en Cebu, Filipinas y es mi amiga. Ella tiene un hermano, Edgar, que fue hospitalizado hace 3 días. Desde entonces ella no sabe cual es la condición de su hermano… Elen me pidió ayuda para contactar a alguien en San Lorenzo o en algún puerto cercano que se pueda informar acerca de su situación”. Este mensaje enviado por correo electrónico lo recibí de Roy Paul, un representante de la ITF en Londres. Inmediatamente traté de informarme cual era la situación pero los datos acerca del hospital no eran correctos.

Con la ayuda del Capitán Rodolfo Vidal, inspector de la ITF en los puertos del litoral del río Paraná (zona a la que pertenece el puerto de San Lorenzo), logré obtener el número telefónico de la clínica en la cual Edgar había sido internado. Una vez que me comunique el médico que lo atendía, me informó que tenía un cuadro psicótico. Quedé muy impresionado por una frase que el doctor dijo por teléfono: “Vaya, después de 3 días al menos alguien pregunta por él.”

Lo habían desembarcado y el agente lo llevó a la clínica para que le hicieran un chequeo médico pero después las cosas salieron de control. Habían intentado trasladarlo a Buenos Aires pero él se ponía muy violento cada vez que intentaban subirlo a un auto. Tampoco aceptaba ninguna medicación y a cualquier pregunta que le hacían solo respondía si o no. Una vez se escapó del hospital y lo encontraron en el puerto. La mayor preocupación del doctor era que Edgar necesitaba atención psiquiátrica y ahí no lo podían atender como correspondía. Sin embargo, nadie quería hacerse cargo de la situación. El doctor estaba sobrepasado, lo mismo que la agencia marítima. Posteriormente volvieron a intentar trasladar a Edgar a Buenos Aires, pero todos los esfuerzos fueron infructuosos.

Una vez que tuve noticias me comuniqué con su familia. Ellos estaban muy preocupados por Edgar, al mismo tiempo muy agradecidos de que alguien se interesara en ayudarlos. La embajada filipina también fue informada de la situación. Tres días después de que supimos acerca de Edgar, el cónsul Raúl Dado y yo, fuimos a San Lorenzo.

Cuando llegamos al hospital, encontramos a Edgar en un cuarto justo junto al área de neonatología. El cuarto estaba completamente desordenado y su aspecto físico era descuidado. En la mesa de luz del hospital había muchos papeles desordenados. Entre todos los papeles destacaba uno escrito con letras muy grandes y que decía: “Please help me.” Tratamos de hablar con él, le dijimos que su familia nos había pedido lo ayudáramos. Al principio se sorprendió de escucharnos hablar en Tagalog. No creía que el cónsul fuera cónsul y que el cura fuera cura. Más que confundido, me parecía que tenía miedo. Pero por más que intentamos no logramos ganarnos su confianza. Le mostré un correo electrónico que su sobrino le había escrito pero ni eso fue suficiente. Ni mi cuellito, ni las credenciales del cónsul lograron convencerlo que éramos el cónsul y el sacerdote que su sobrino mencionaba en el correo electrónico. Llegó un punto en que resultaba casi imposible hablar con él. ¿Cómo podíamos ayudarlo si no nos permitía ayudarlo?

Hablando con el médico acordamos que lo mejor era trasladarlo a un hospital en el cual pudieran darle la atención que él requería. El cónsul pidió al médico que fuera trasladado en una ambulancia y que personal médico lo acompañara. El mayor problema que teníamos era que teníamos que trasladarlo contra su voluntad y alguien tenía que hacerse responsable legalmente.

Esa misma noche recibí por correo electrónico el informe del capitán del barco que la agencia había entregado a la familia. El informe decía que Edgar había sido el único testigo de un robo en el barco. Después de este incidente lo habían notado muy preocupado, comía poco, estaba aislado y que se sentía enfermo. Trataron de que cambiara su estado de ánimo pero cada vez se le veía más triste y desesperanzado. Cuando el barco llegó al puerto de San Lorenzo, el capitán solicitó que Edgar fuera desembarcado y examinado por un médico. Después de leer el informe, sin ser expertos, nos quedaba claro que lo que había pasado en el barco había sido el detonador de la crisis psicótica ¿Qué fue lo que realmente pasó en el barco? ¿Porqué tenía tanto miedo y desconfianza?

Al día siguiente regresamos al hospital. El cónsul autorizó que se hicieran los procedimientos necesarios para que pudiera ser trasladado a Buenos Aires. Finalmente, fue llevado a una clínica psiquiátrica en Buenos Aires, donde fue atendido adecuadamente.

Diez días después de que Edgar fue trasladado a Buenos Aires, llegó su hermana Elen, acompañada por un representante de la agencia marítima. Ver a Elen fue un gran alivió para él. Pudieron hablar un largo rato y Edgar le contó lo que había sucedido abordo. Elen me contó que cuando le preguntó si el cónsul y el sacerdote lo habían ido a ver a San Lorenzo, él empezó a llorar. Después le dijo que si, pero que el no había creído que realmente fuera cierto que un cónsul y un sacerdote se interesarán por él. Al día siguiente acompañé a Elen a visitar a Edgar. Cuando lo salude en el hospital, el estaba muy apenado conmigo y me dijo: “Talagang pari ka pala. Sorry po.” (Realmente eres sacerdote, discúlpame).

Ahora Edgar y Elen están de regreso en Filipinas, donde él está recibiendo atención psiquiátrica antes de volver a reunirse con su esposa y su tres hijos, y el resto de su familia, en la isla de Bantayan.

Antes de volar a Manila Elen me dijo: “Dios ha sido muy bueno con nosotros. Nos ha dado muchos sufrimientos pero también ha escuchado nuestras oraciones haciendo que muchas personas se hayan interesado por ayudarnos en una situación tan difícil como esta”. Elen es voluntaria del centro Stella Maris de Cebu, y supo donde y como encontrar la ayuda que Edgar y su familia necesitaban. ¿Cuántos otros marinos experimentan situaciones en las que necesitan ayuda pero no saben a quien recurrir? ¡Que Dios Nuestro Señor siga interesándonos por los marinos!

Fuente/Autor: P. José Juan Cervantes, c.s.

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