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Mundo Misionero Migrante

Olvida Guatemala a 237 desplazados

27 de enero de 2020

Olvida Guatemala a 237 desplazados

Cumplen 4 meses 68 familias de haber sido desalojadas de selva El Petén

Tabasco (26 diciembre 2011)

En un improvisado campamento, justo en el límite de México y Guatemala, entre Tabasco y el departamento de El Petén, donde ni siquiera hay alambrado alguno viven 237 guatemaltecos, de 68 familias, que fueron desalojados por militares de la selva de El Petén.

Han pasado ya cuatro meses y los habitantes guatemaltecos de la aldea Nueva Esperanza no tienen aún indicios de autoridades de que podrán regresar a su país.

A pesar de la ayuda que han recibido del Gobierno mexicano, estas familias que vivían de sus cultivos, se sienten desesperadas. Al huir de su aldea, cuenta Maynord Morales López, líder de la comunidad, no sólo perdieron sus casas, pertenencias, sino también tierras.

Según Morales López, su condición es similar a la de vagabundos que andan por las calles.

“Estar en la línea es como estar en la calle”, dice.

Para estos desplazados, como los identifica el Instituto Nacional de Migración, vivir en el destierro no sólo es perder las tierras selváticas que sembraban, sino también la posibilidad de heredar la nacionalidad a sus hijos, como fue el propósito de los padres de ocho niños que nacieron -antes del conflicto- en clínicas del municipio de Tenosique, Tabasco, y que recién optaron por la mexicana.

Leticia López Ramírez cuenta que ante la falta de servicios médicos, donde era la aldea, el 6 de mayo, su familia la trasladó a Tenosique, donde, por cesárea, nació Mayli Magali.

“Tuve que optar que mi hija fuera finalmente mexicana, porque las autoridades de Guatemala me han advertido que no le darían la nacionalidad porque vivíamos en un área protegida.

“Para mí es mejor que la niña sea mexicana, cuando el Gobierno guatemalteco no nos quiere”, comenta la humilde mujer al mostrar sonriente el acta de nacimiento, en el interior de una casita, de apenas tres metros de ancho por tres de fondo.

En la víspera de la Navidad las familias de ese caserío almuerzan como otros días, caldo de frijol, acompañado de tortillas. Los niños apenas juegan con latas y botellas de plástico.

En medio del ambiente paupérrimo, personal del Grupo Beta, de auxilio a migrantes, llega de avanzada a brindar atención médica y dejar un cargamento de despensas y juguetes para que una hora más tarde sea el Comisionado del Instituto Nacional de Migración, Salvador Beltrán del Río, quien encabece su reparto.

Una vez en el lugar, el funcionario recorre la franja fronteriza, incluido el interior de algunas casuchas y los espacios comunitarios, como el salón de clases y el de usos múltiples, donde se reparten los víveres en cajas con el texto “Feliz Navidad”.

La ayuda traída con anterioridad por la Cruz Roja, el Ayuntamiento y el Comité de Derechos Humanos del Usumacinta ha sido lo vital: lonas para viviendas, despensas y tanques para almacenar agua.

Por su constancia en su ayuda, a Fray Tomás González, presidente del Comité de Derechos Humanos del Usumacinta, lo identifican como un ‘ángel de Dios’, pero por lo oportuno en la víspera de la Navidad, aún cuando no saben ni su nombre, a Beltrán del Río, también lo reconocen.

“Toda esta ayuda que nos trae este señor de Migración es como un aliento de vida, porque estábamos muy tristes de que la íbamos a pasar sin juguetes para nuestros niños”, expresa Maynord Morales.

Beltrán del Río, como Santa Clos, también invita a los niños guatemaltecos a romper piñatas, donde sus agentes, quienes usualmente aseguran a los migrantes de ese país, son los que les reparten el turno.

Pero, Maynord insiste en la desesperación de no ser de México ni de Guatemala.

“Cualquier persona se sentiría desesperada de vivir sobre la línea fronteriza, a como estamos nosotros: Que no somos de Guatemala ni de México. Estar en línea fronteriza es como estar en la calle”, comenta.

Defienden propósito de ser un ‘pueblo’

Desde 1999 las 68 familias guatemaltecas que ahora viven fuera de su país, en tierras tabasqueñas, habitaban en la zona selvática de El Petén, declarada reserva ecológica por autoridades de Guatemala.

Ahí sobrevivían de lo que obtenían por sus cultivos y del cuidado de sus aves de corral.

La tierra para el cultivo, el cuidado de la selva de El Petén, como herencia para sus hijos, dice Maynord Morales, el líder de la comunidad, es la dualidad con la que buscan defender su propósito de “ser pueblo”, más allá de la nacionalidad guatemalteca.

“En 1999 ocupamos el área por lo abandonada en la que se encontraba, pero en el 2007, sobrevino el primer desalojo del Ejército. Nos quemaron nuestras casas, pero no acabaron nuestra visión de ser pueblo, que son nuestros hijos.

“Cuando nos desalojaron el pasado 23 de agosto, tuvimos que correr en varias direcciones hacia el monte, donde estuvimos una semana escondidos y todavía cuando ingresamos a territorio mexicano, los soldados de nuestro país ingresaban hasta acá a intimidarnos, pero gracias a la presencia de organización de derechos humanos y de periodistas ha cesado ese hostigamiento”, relata.

Falta menos de una semana para que termine el año y es el momento que desespera a la familia de ellos, porque será hasta el 5 de enero próximo, cuando tengan una respuesta por parte del Gobierno guatemalteco a la petición de que se les otorgue un predio en la selva de El Petén.

“Al Gobierno de Guatemala lo que le pedimos es que, a cambio de lo que nos han quemado de nuestras casas y cultivos, nos compre una mínima parte lo que nosotros teníamos, contemos con una casita y un terrenito cada familia.

“Lo que más nos desespera es que está por entrar el próximo año y nosotros como agricultores, ya tuviéramos crecidas nuestras matas de maíz y frijol allá, y si continuamos aquí, ya no estaremos comiendo de lo que sembramos”, explica Morales.

Fuente/Autor: Carlos Marí – Mural

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