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La Iglesia es esencialmente Misionera

27 de enero de 2020

“La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera, puesto que toma su orígen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre”. (AG 2)
Este corto párrafo con el que se inicia el capítulo primero de Decreto Conciliar sobre La Actividad Misionera de la Iglesia (Ad Gentes), constituye el hilo conductor de esta reflexión. A partir del “amor frontal o caridad de Dios Padre”, que quiere hacer de sus hijos dispersos por el pecado una sola familia llamándola a participar de su propia vida, decide “entrar en la historia humana de modo nuevo y definitivo enviando a su Hijo en carne nuestra”. “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo” con el encargo de anunciar y comunicar a todos los hombres sus planes de salvación.

Jesús se califica a sí mismo de “apóstol” o “misionero”, “enviado” (Jn 3, 17-34; 7,16; Lc 4,18; etc.) a proclamar e instaurar el Reino de Dios entre los hombres (Lc 4,43). Su misión o envío es totalizante, acapara todo su ser y todo su obrar: “proclama la Buena Nueva no sólo con lo que dice y hace, sino también con lo que es”. (RM 13) Su razón de ser es evangelizar y salvar a toda la humanidad mediante la predicación de su mensaje y por la inmolación de su propia vida de Redentor. Muriendo y resucitando, Jesús cumple la misión del Padre (Jn 10,18): la humanidad ha comenzado así su retorno al diseño original de Dios, que es el hacer de cada persona una donación a los hermanos como reflejo o imagen de Dios-Amor.

“Más lo que ha sido predicado una vez por el Señor, o lo que en Él se ha obrado para la salvación del género humano, debe ser proclamado y difundido hasta los confines de la tierra” (Hech 1,8), comenzando por Jerusalén (Lc 24,47), de suerte que lo que una vez se obró por todos en orden a la salvación, alcance su efecto en todos en el transcurso de los tiempos”. (AG 3)

Esta es la misión que el Señor confía a su Iglesia: continuar en la historia de la humanidad su presencia salvadora. Esta es la vocación de la Iglesia: ser portadora del mensaje salvador de Cristo y hacerle visible a Él, con su acción salvadora, en medio de todos los pueblos. Por ello, “enviada por Dios a las gentes para “ser sacramento universal de salvación””. (AG 1)

Como en Jesús, la misión acapara todo su ser y todo su obrar. “Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrifico de Cristo en la Santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa”. (EN 14)

Ahora bien, para la plena realización de esta obra, Cristo Jesús, que había prometido la luz y la fuerza de su Espíritu (Jn 14,26; Hech 1,7), “envió de parte del Padre al Espíritu Santo, para que llevara a cabo interiormente su obra salvífica e impulsara a la Iglesia a extenderse a sí misma”. (AG 4)

En Pentecostés, el Espíritu Santo se hace explícitamente presente como el que debe continuar la obra salvífica, basada en el sacrificio de la cruz y encomendada por Jesús a los apóstoles, a la Iglesia y, en ellos y por medio de ellos, ser “el protagonista trascendente de la realización de esta obra en el espíritu del hombre y en la historia del mundo”. (DV 42) De este modo, Jesús evangelizador, ya resucitado, continúa viviendo en medio de su Iglesia y sigue comunicándole la misión recibida del Padre y la fuerza misionera del Espíritu. En la Iglesia se prolonga la persona de Jesús, su palabra, su acción salvífica y sacrificial, su acción pastoral y la perspectiva de esta prolongación es siempre misionera y sin fronteras: “Por eso, vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos… Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo”. (Mt 28, 19-20)

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