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Scalabrini

JUAN BAUTISTA SCALABRINI, OBISPO DE NUESTROS DÍAS

27 de enero de 2020

II PARTE

Scalabrini, entre profecía y comunión.

Hablando de la profecía de Scalabrini quiero de entrada definir lo que entiendo por profecía: la visión de Dios aplicada a la historia, es leer los acontecimientos desde la perspectiva de Dios.
Con esta premisa pienso poder afirmar que Scalabrini queda en estafeta con el profetismo bíblico y de todos los tiempos. Hay una lectura de la realidad, que él hacía de visu, a contacto con la gente y las instituciones; luego sigue en él un hundirse en Dios para escudriñar su plan de salvación y hay un regreso a la historia que se puede articular en denuncia, propuesta, providencia, para desembocar en una dimensión de comunión. La profecía bíblica se ancla en la historia como locus revelationis et salvationis. Es el lugar del manifestarse de Dios y Scalabrini se siente interpelado como Obispo para decir una palabra sobre lo que se refiere a la ciudad del hombre, para que sea ciudad de Dios, en expresar su visión en la vida social, política y en sus relaciones con el mismo papado. Hay dos expresiones que enfocan estas dos directrices de su vida:

a – dimensión de diaconía hacia el mundo.
“Arrodillarnos delante del mundo y pedirle como una gracia el permiso de servirlo, esta es mi única ambición como Obispo.”

b – obediencia y libertad.
“Le he recordado al Papa que pronto tendrá que dar cuentas a Dios del ejército de almas que se van perdiendo y del mal que se hace a los Obispos, pero también que contará con mi obediencia como la de Cristo hasta la cruz”.
Se trata de dos actitudes, una hacia la sociedad civil laica y autónoma y la otra hacia la iglesia, en este caso representada por la máxima jerarquía, el Papa. Son dos territorios que Scalabrini siente de estar llamado a cruzar y que considera con motivaciones y cortes distintos de su competencia.
Un noto escritor italiano de su tiempo definía a Scalabrini el hombre sin medida obediente y sin medida libre. Estos dos enfoques hacen de Scalabrini el hombre y el obispo de nuestros días. La situación política italiana de su tiempo, con un parlamento masón y un catolicismo dividido entre unos partidarios del nuevo curso histórico y otros instalados en la defensa de un poder temporal del papado, que Scalabrini veía claramente rebasado por los acontecimientos y el evangelio, lo sellaron como Obispo más allá del horizonte de su tiempo. Será Papa Pablo VI, definiendo 100 años después la toma de Roma y la consecuente caída de la Iglesia como estado y gobierno civil, aquel día como felix culpa a liberar un veto puesto por otro papa sobre la beatificación de Scalabrini. El tiempo de Dios no coincide con nuestro tiempo, pero sí se impone siempre como kairós.

En la cuestión migratoria habla de la libertad de emigrar y no de la libertad de hacer emigrar, denunciando abiertamente las responsabilidades del gobierno que no tutelaba el derecho del pobre a quedarse en su tierra. Él que siempre a sus misioneros y en las numerosas conferencias tenía el refrán: religión y patria, no duda en definir como patria la tierra que da el pan al hambriento, porque el pobre conoce a su patria bajo las dos oprobiosas fachadas de los impuestos y del servicio militar obligatorio.
Otro aspecto es su relación con el movimiento laical, que trata de hallar un espacio afuera de la esfera política, puesto que era prohibido entrar en ella como católicos con motivo del non expedit (no conviene). Scalabrini queda muy abierto y será exactamente en el movimiento de la Opera dei Congressi (asociación laical católica) que encontrará el apoyo para su misión religiosa y social a favor de los migrantes. Por otro lado defiende la autonomía del Episcopado en contra de aquellos que él define los Obispos en cilindro (por el tipo de sombrero que llevaban los laicos en aquel tiempo). Hoy tal vez tendríamos que cuidarnos de losobispo de corbata o pintados con los colores de un partido.
En la diatriba con el director del Osservatore Cattolico de Milán, el sacerdote Don Albertario, que lo atacaba continuamente por sus aberturas políticas y defendía a los Obispos en cilindro y lo acusaba de liberalismo, Scalabrini defiende siempre el papel del Obispo. Por otro lado cuando este director termina en la cárcel incriminado por el gobierno, será Scalabrini mismo a pedir el permiso a las autoridades para que pueda celebrar misa, lo visita en la prisión y termina con una reconciliación donde las lágrimas del Albertario, podemos decir con Agustín, borraron toda mancha del pasado.

Scalabrini y la migración.

La visión y la respuesta de Scalabrini delante del reto de la migración masiva de su tiempo son marcadas por un sentido histórico y una dimensión teológica, que hace de la migración un evento de la providencia, que guía la humanidad a veces hasta en medio de catástrofes.

Emigran las semillas sobre las alas del viento, emigran las plantas de un continente a otro, llevadas por las corrientes de aguas, emigran los pájaros y los animales y más que todos, emigra el hombre, en forma colectiva o individual, pero siempre instrumento de aquella Providencia que guía los destinos humanos, hasta en medio de catástrofes, hacia aquella meta última que es la perfección del hombre en la tierra y la gloria de Dios.

A la pregunta, si la emigración es un bien o un mal, Scalabrini contesta: en su origen es una desgracia, que hay que evitar por todos los medios, pero es inevitable; en la casi totalidad de los casos, no es un placer, sino una necesidad ineludible y entonces es un derecho. En su visión a largo plazo Scalabrini considera la migración como un signo de su tiempo y del futuro y esto en contra de la misma Santa Sede que consideraba el fenómeno pasajero y se oponía entre otras cosas a la fundación de una Congregación religiosa, que no hubiera tenido futuro. Sabe analizar los acontecimientos sociales y con el carisma de las grandes vocaciones entreve un cambio radical y permanente en el mapa mundial. En el análisis que Scalabrini hace de la migración toca todos los aspectos, rebasando aquellas falsas divisiones de competencia que seguido matan la profecía de la caridad. Se dirige al Parlamento y a la sociedad civil, habla con sus cohermanos Obispos, funda una Congregación de misioneros y misioneras, invita personas laicas de buena voluntad para crear la Sociedad San Rafael, que pudiera ser diríamos hoy, la Comisión de derechos humanos, para con los migrantes en los puertos de salida y llegada.
Una característica esencial de su cuidado para con los migrantes, y que sigue en nuestros días, es la solicitud para con los migrantes como hijos que salen de la familia sin por ello llegar a desterrarlos u olvidarlos. Si para el gobierno y los políticos el migrante constituye una válvula de escape a la presión social, para la Iglesia el migrante queda hijo y evangelizador. Como pastor y conocedor de la cultura y de la psicología del migrante siente el deber de acompañarlo con sacerdotes y hermanos misioneros que hablen su idioma, que sean conciudadanos de la fe y de la cultura. Un elemento esto que me permito destacar en nuestros días, donde unas diócesis no perciben aún el deber de acompañar de una forma u otra a sus hijos e hijas que salen para el extranjero.
Su insistencia en Roma en el seno de la Congregación de Propaganda Fide para que se consideren a los migrantes objeto y sujeto de evangelización, lo lleva a mostrar estadísticas a la mano, que los católicos que se pierden por la migración rebasan de mucho los convertidos por las misiones ad gentes. Hoy en día podría citar dos ejemplos:
– el primero en EEUU donde hay diócesis que han renacido por la migración hispana y
– el otro es el caso de Japón, donde por un decreto de los últimos años, por lo cual todos los descendientes de japoneses pueden migrar a Japón, el número de los católicos procedentes de Brasil y Perú han rebasado hoy a todos lo católicos convertidos en 500 años de evangelización.
En su memorando al Papa Pio X, escrito unos meses antes de su muerte, Scalabrini planea una Congregación mundial que pueda seguir a los migrantes en todo el mundo, según el modelo de Propaganda Fide y directamente relacionada a la Santa Sede. Tan solo en 1912 y luego con Pablo VI se constituye la Pontificia Comisión para la Pastoral de la Migración.
Una vez más en su respuesta a esta cita histórica de la migración, Scalabrini se presenta con los dos ejes ya mencionados: hombre y obispo, ciudadano y cristiano.

Scalabrini hombre sin fronteras.

Benito XV a los 10 años de la muerte de Scalabrini en una carta personal al Superior General de la Congregación escribía: Recuerdo sus grandes virtudes y antes que nada su caridad que le hizo apretados los confines de su vasta diócesis y lo impulsó a buscar nuevos rebaños en los lejanos emigrados italianos.
Quisiera a este punto aplicar a Scalabrini una frase que me impactó desde mi llegada a México hace 20 años, cuando un amigo me dijo: América latina se entiende desde su futuro.
Scalabrini contemplaba y juzgaba las cosas desde el horizonte del mañana. La Eucaristía como fuente de su contemplación y de su liturgia lo llevaba a ser punto de encuentro del proyecto de Dios sobre la historia y del arrastrarse a veces a tientas de la ciudad del hombre. En un equilibrio que llevaba en aquel tiempo en Italia a unos Obispos a caminar sobre el filo de la navaja entre la Roma del Gobierno y la Roma del Papa, Scalabrini logra subir a un nivel distinto, puente una vez más entre el pueblo ciudadano de Dios y del César.
Hasta en el carisma tan especifico, que dejó a su Congregación, al comienzo para los migrantes católicos italianos, abre las fronteras de la identidad religiosa y cultural para con los Indígenas del Brasil y enviará después de su viaje en América del Sur a dos misioneros entre los Guaraní y los Caiuá. Así había hecho con los migrantes polacos en Boston enviando dos misioneros. ¡A la mesa del Señor no hay fronteras! No es una de sus frases, pero le queda como anillo al dedo.
Hoy en un mundo que se está caracterizando entre otras cosas por una globalización planetaria, necesitamos esta visión de Scalabrini, arriba de miedos y reservas prejuiciales. El camino del ser humano y de Dios se parece a dos ríos que desbordan de vez en cuando pero que regresan siempre a su cauce común. Cuando se mueve la migración todo tipo de frontera se mueve, porque es una parte de nuestra humanidad misma que se mueve, con su cultura, con sus tradiciones, con su libertad: nunca es un solo individuo, siempre es un embajador de pueblo.

Termino citando otra vez una de sus frases más queridas:
“El camino de las ideas es de una lentitud exasperante, sobre todo cuando chocan en contra de intereses y pasiones, pero es continuo cuando las ideas son justas. Sigamos entonces para que toda lentitud llegue a la meta, sin que el cansancio venza a quien se ha propuesto ser el testigo de las mismas.”

Aquí en América Latina quiero concluir: es al andar que se hace camino.

– P. Flor Maria Rigoni, c.s. –

Fuente/Autor: Padre Flor Maria Rigoni

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