Para salir de una pandemia, es necesario cuidarse y cuidarnos mutuamente.

Papa Francisco
JUAN BAUTISTA SCALABRINI, OBISPO DE NUESTROS DÍAS
01/27/2020
Glorificó a Dios, fue glorificada por Dios
01/27/2020

Scalabrini

Donde está el pueblo que trabaja y sufre, allí está la Iglesia

27 de enero de 2020

De los Escritos de Juan Bautista Scalabrini

La Iglesia de Jesucristo, que ha impulsado a los obreros evangélicos entre los pueblos más bárbaros y en las comarcas más inhóspitas, no ha olvidado y no olvidará nunca la misión que le fue confiada por Dios de evangelizar a los hijos de la miseria y del trabajo. Ella con el corazón trepidante velará siempre por tantas almas pobrecitas que en un aislamiento forzado, van perdiendo la fe de sus padres y con la fe todo sentimiento de educación cristiana y civilizada. Sí, señores, donde está el pueblo que trabaja y sufre, allí está la Iglesia, porque la Iglesia es la madre, la amiga, la protectora del pueblo y por esto tendrá siempre una palabra de consuelo, una sonrisa, una bendición. (La Emigración italiana en América – Piacenza – 1887)

“Es un nuevo y consolador despertar que la Iglesia va suscitando”

Como todos ven, es un nuevo, maravilloso y consolador despertar que la Iglesia va suscitando en favor de los no pudientes y de los desheredados, y mil veces bendito el que sabrá coadyuvar esta obra de regeneración religiosa y social. Es tiempo, como grita el Apóstol, que cuando goce un miembro, gocen todos los miembros; y si un miembro sufre, concurran para aliviarlo todos los miembros. Si el pasado fue triste, si hasta ayer nuestros hermanos fueron dejados a su suerte allá en las interminables llanuras de América, entre los Andes, sobre las Cordilleras y las Rocosas, a orillas de los extensos lagos del Norte, a orillas del Plata, del Amazonas, del Orinoco y del Misisipi, a orillas de los mares y hasta en los bosques, la caridad cristiana y la civilización actual nos imponen poner un límite a un estado de cosas tan deplorable e indigno de un pueblo grande y generoso.

La alocución que yo señalo a la reflexión y a la acción del clero y del laicado italiano es grande, noble, inexplorada, gloriosa y pueden encontrar en ella un lugar digno tanto el óbolo de la viuda como la ofrenda del rico, la humilde actividad de las almas más tranquilas, como el ímpetu generoso de los espíritus más ardientes. (La Emigración italiana en América – Piacenza – 1887)

“Esos infelices, verdaderamente infelices”

Resuena en mi interior todavía en forma muy dolorosa la voz de un pobre campesino lombardo, que vino hace dos años a Piacenza desde el extremo valle de Tibagy en Brasil, para pedirme en nombre de esa numerosa colonia un misionero. “¡Ah, Padre, me decía con voz emocionada, si supiese cómo hemos sufrido! ¡Cómo hemos llorado ante el lecho de nuestros queridos moribundos que nos pedían consternados un sacerdote… y no poderlo tener! ¡Oh Dios, nosotros no, no podemos vivir más así!” Y continuaba el pobrecito, con rústico pero elocuente lenguaje, narrándome escenas realmente desgarradoras. Lo confieso: nunca como entonces deseé poseer el vigor de los veinte años, nunca como entonces lloré la imposibilidad de cambiar la cruz de oro de Obispo por la de madera de Misionero para volar en auxilio de esos infelices, verdaderamente infelices, porque entre los demás peligros se agregaba para ellos el de caer en el abismo de la desesperación. (La Emigración de los obreros italianos – Ferrera . 1899)

Fuente/Autor: UJna Voz Viva

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