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FORMADOS

27 de enero de 2020

En preparación al DOMUND ((Día Mundial de las Misiones), que se celebra el Domingo 23 de Octubre, publicamos cada día en esta sección de nuestra Página Web unas REFLEXIONES, que nos ayuden a prepararnos adecuadamente a esta cita misionera, que nos atañe a todos.

Las primeras cuatro partes las pueden encontrar abajo en el listado.

QUINTA PARTE

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Para ser un buen evangelizador necesitas formarte. Quizás alguna vez pensaste que te bastaba con la buena voluntad y te lanzaste, pero pronto te diste cuenta de que, hicieras lo que hicieras, te sentías inseguro. Y es que no puede ser de otra manera, porque un evangelizador no nace, se hace. La fe que anuncias necesita ser entendida, porque no crees en un absurdo. Tu capacidad de pensar la tienes que poner también al servicio de la verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo que transmites en la evangelización. Tu propia capacidad de entender y la capacidad de los destinatarios de tu tarea debe quedar “tocada” por el mensaje que llevas entre manos. La fe se aloja más a gusto en una mente abierta, capaz de pensar, de razonar y de preguntar que en una mente cerrada por la ignorancia. Son muchas más las dudas de fe que proceden de la ignorancia que las que proceden de una mente abierta, ávida de entender.

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La verdad que anuncias no te la inventas tú ni se la inventa la Iglesia de tu tiempo. Tú y todos los evangelizadores somos un eslabón de la transmisión de la verdad contenida en la Palabra de Dios. No somos ni el primer eslabón ni el último. Nos ha llegado a nuestras manos una verdad recibida, que ha pasado de mano en mano, de boca en boca, de corazón a corazón en una larga transmisión (tradición), que dura ya 2.000 años. Debes engancharte en esa larga tradición, para transmitir la verdad con fidelidad. En la fidelidad a la verdad revelada nos jugamos la eficacia de la evangelización. Debes, por eso, cultivar un amor intenso a la Sagrada Escritura y aprender a leerla “como Dios manda”. Consciente de que la Palabra de Dios la recibes en lenguaje humano, debes ejercitarte para llegar a ella y recibir su mensaje con sencillez madura. Aprende a manejar la Biblia, no sólo materialmente, para saber encontrar los textos, sino, sobre todo, aprendiendo, al menos lo imprescindible, para saber captar su mensaje. No te encandiles con quien se la sabe de memoria y la recita como un papagayo, que no es la letra la que salva, sino el Espíritu que da vida.

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La verdad que Dios ha querido comunicarnos para nuestra salvación se contiene en la Sagrada Escritura, en el Antiguo y Nuevo Testamento, pero es una verdad viva. Recoge vida y transmite vida. No es un texto guardado en un cofre, para que sea intocable. Se parece más a una simiente que, plantada en la tierra, desarrolla todo lo que lleva dentro hasta que se va convirtiendo en un árbol, que da los frutos ya contenidos en la semilla. Por eso, fíjate: no es más fiel quien guarda la simiente por miedo a sembrarla. Es más fiel quien la siembra y se deja impresionar por su progresivo desarrollo. La fidelidad consiste en que los frutos no sean de otra especie que la simiente. Si la simiente era de peras no esperes que te dé naranjas; y si te las diera es que no ha habido “fidelidad en el desarrollo”. Eso pasa con la verdad de la Sagrada Escritura: es una verdad sembrada en la tierra de la Iglesia, que se ha ido desarrollando y dando frutos. Por eso no puedes quedarte con un conocimiento profundo de la simiente; debes conocer también cuál ha sido su fructificación a lo largo de la historia de la Iglesia y cuál está siendo esa fructificación en el tiempo en que te ha tocado vivir. Debes conocer la verdad no sólo en su inicio, sino en todo su desarrollo. El Espíritu Santo es el garante de la fidelidad del desarrollo y el que hace que tu acogida de la verdad sea, hoy, viva y actual.

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La verdad de la fe la acoges y la vives en la comunidad eclesial. No transmites “tu” verdad, sino la verdad de la que es depositaria la Iglesia, con quien estás en comunión. No te extrañe que la Iglesia sea tan celosa en la fidelidad a la verdad. Sabe ella muy bien que tampoco es una verdad suya; que también ella la ha recibido y que es su deber mantenerla íntegra y anunciarla en su totalidad. Cuando la pone en tus manos de evangelizador es porque se fía de ti. No sólo de tu buena disposición, sino de tu capacidad de conocerla, de vivirla y de transmitirla fielmente. No quiere la Iglesia que la verdad te haga intransigente e impositivo; tampoco que seas orgulloso y fundamentalista. Sólo quiere que conozcas bien la verdad que llevas entre manos, para que estés seguro de la oferta que haces para la salvación de los hombres, tus hermanos.

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Mira desde ahí la insistencia con que se te reclama tu formación permanente como evangelizador. Formarse de manera continua y perseverante exige un esfuerzo. Normalmente nos gusta más ser convocados para hacer cosas que para prepararnos. Pero una buena preparación es la mejor garantía para hacer cosas con una cierta envergadura. Como creyente necesitas formar tu fe. Es imposible que te arregles durante toda tu vida con lo que aprendiste para hacer tu primera comunión. Tu crecimiento como persona te exige tu crecimiento como creyente. Como evangelizador, debes entender tu formación como un “acto de justicia” con relación a las personas a las que te diriges. Una fe no formada produce rechazo y desconcierto y es, con frecuencia, causa de desinterés y de ironía. La sospecha de infantilismo y de desfase que mucha gente tiene respecto a la verdad de la fe procede, a veces, de una mala presentación por parte de los evangelizadores. No es para asustarte, sino para que ahondes el deseo sincero de ser un evangelizador con una fe permanentemente formada.

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Con frecuencia se da una gran indiferencia en los evangelizadores respecto a los medios de formación. No puedes tener la sensación de haber nacido ya formado y de que te las sabes todas, de una vez para siempre. La humildad del discípulo te debe acompañar durante toda tu vida de evangelizador. La lectura, el estudio, la reflexión compartida y enriquecida con las aportaciones de los demás, las reuniones específicas de formación… son para el evangelizador momentos importantes, para dar envergadura y calado a su tarea. Te debería inquietar si percibes que, habitualmente, das de lado a los medios de formación, como si no fueran contigo. Porque, a veces, ocurre algo curioso: no hay evaluación en la que no se pida más formación para los evangelizadores; y no hay indiferencia mayor que la que rodea a los medios concretos ofrecidos para la formación. Se echa en falta, se desea, pero no existe el esfuerzo necesario para llevarla a cabo. Además de una buena oferta de formación (que falta en ocasiones), se precisa también de tu decisión firme de formarte permanentemente.

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La verdad de la fe no es un simple aprendizaje; ni su transmisión, un indoctrinamiento. Es una verdad de vida que pide ser respondida por quienes la recibimos. Tu respuesta como creyente es fundamental. Si ésta no existiera, tú mismo te sentirías incómodo. Además de “teólogo” (que no te asuste la palabra), un evangelizador es también un “testigo”. La formación te ayuda a afianzar tu testimonio; tú mismo necesitas “razones para creer”. Que la fe sea un don de Dios no significa que tú mismo no debas poner mucho de tu parte para establecer un diálogo constante entre ella y tu propia razón. De lo contrario, tienes el peligro de mantener durante toda tu vida una fe infantil, con la posibilidad, incluso, de caer en la superstición. ¿Te has preguntado alguna vez por la responsabilidad que tenemos los evangelizadores cuando, por nuestra falta de formación, pretendemos que la gente “comulgue con ruedas de molino”? No es para desanimarte; más bien, para que, dándote cuenta de tu responsabilidad, tengas una verdadera pasión por tu formación, como un gran servicio que prestas a todos aquellos a quienes eres enviado.

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La formación da envergadura y calado a tu acción evangelizadora y, personalmente, a ti te da seguridad. Muchas personas no se deciden a colaborar como evangelizadores, porque se sienten inseguras. Intuyen cosas, tendrían ganas, pero no dan el paso. Y es que la falta de formación es una de las razones que más retraen a la hora de participar, o inclina a la participación en actividades que no exigen confrontarse con el pensamiento y la cultura de nuestro tiempo. La falta de formación “recluye en la sacristía”. Si queremos salir al mundo, necesitamos evangelizadores formados para poder dialogar en “igualdad de condiciones”: tu formación es un gran servicio a la fe. Recuérdalo cuando percibas que te exige dedicación y sacrificio. No sólo evangelizas cuando “haces cosas”; lo haces también cuando te preparas para “dar razón de tu esperanza”.

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No pongas como pretexto que, para que lo que haces, no necesitas mucho más de lo que ya sabes. Porque no te formas sólo para “hacer cosas”. Cuando lo piensas así, sólo te interesa aprender a llevar una reunión, o a dar una sesión de catequesis. Pero tú mismo te das cuenta de que “Ilevas las cosas con alfileres” y de que, cuando te sacan de tu “librillo” te sientes perdido. Eso te está diciendo que la formación en la fe la necesitas, en primer lugar, para tener tú mismo una síntesis que te ayude a darte una envergadura creyente. Descubrirás que tu propia vida se ilumina con una luz nueva. Y que esa luz la irradias en todo lo que haces. Se te irán los miedos de que alguien te coja en algún “renuncio”. Es verdad que tu fe no es racional, como dos y dos son cuatro, pero tu fe es “razonable” y no temerás “sacarla a relucir” para ofrecer sentido a los problemas de tu vida y de la vida de los demás. El miedo al ridículo lo sientes cuando tienes una fe infantil, aquella que algunos llaman la “fe del carbonero” (¡como si el carbonero no pudiera tener una fe madura!) un tipo de fe no formada, que siempre ha sido impresentable y que, hoy, se percibe, a todas luces, como insuficiente.

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Tu formación en la fe ha de ser una formación integral. No se trata sólo de que sepas mucho. Cuando la formación es integral, te lleva a lo que la Sagrada Escritura llama la sabiduría, que no tiene que ver sólo con tu entendimiento, sino con tu madurez personal. Los “saberes de la fe” te agarran en todas las dimensiones de tu vida, a las que dan una nueva orientación fundamental. Tu formación te hace ahondar en esa “sabiduría” que Dios te regala para orientar la totalidad de tu existencia. Para que, desde Dios, te encuentres en la vida “como pez en el agua”. Un evangelizador formado no es un evangelizador “sabiondo”; es el que aprende a “gustar” la vida desde el sabor que viene de la fe. La invitación a la formación permanente integral nos la hace la misma Sagrada Escritura: “gustad y ved qué bueno es el Señor; dichoso el que se acoge a Él”.

OBJETIVOS:

1. Hacer caer en la cuenta a todos los evangelizadores de la necesidad de formación permanente, actualizada y abierta.

2. Adquirir un sentido gozoso, respetuoso y acogedor de la tradición eclesial, como punto de partida para la actualización

3. Estimular la acogida de los medios de formación que el evangelizador va a ir encontrando en el sector desde el que trabaja.

PARA LA REFLEXIÓN

1. ¿Estoy seriamente preocupado por mi formación permanente, como creyente y como evangelizador? ¿Leo algún libro, revista o artículo? ¿Estoy inquieto por saber dar razón de lo que creo y espero? ¿Aprendo a saber leer la Sagrada Escritura?

2. ¿Procuro formarme en diálogo y en comunión con otros evangelizadores? ¿Me doy cuenta de la responsabilidad de caridad y justicia que tengo hacia los demás, en el sentido de formarme para exponer la verdad del modo más convincente? ¿Siento que la formación me da seguridad a la hora de hacer la propuesta de la fe?

3. ¿Cómo acojo los medios de formación que me ofrece el sector pastoral donde trabajo? ¿Tengo siempre excusas para no asistir a las reuniones formativas? ¿Veo la formación sólo como un medio para hacer mejor las cosas, o percibo también la necesidad que tengo de ella para aclarar y vivir mi propia vida desde la fe?

ORACIÓN:

Señor Jesús, que nos envías el Espíritu de sabiduría, para conocer al Padre, a ti, que eres su Enviado, al hombre y al mundo en el que vivimos, estimula en nosotros el deseo de una formación permanente, actualizada y abierta a las necesidades de nuestros hermanos, para que, siendo fieles a la verdad que acogemos con amor y agradecimiento, sepamos proponerla con sencillez y hondura, dando razón de nuestra esperanza, y ayudando a que nazca en el corazón de todos la escucha y la respuesta a tu Palabra.

AMEN

Fuente/Autor: Pedro Jaramillo, Vicario General de Ciudad Real (España)

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