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INMERSOS

27 de enero de 2020

En preparación al DOMUND ((Día Mundial de las Misiones), que se celebra el Domingo 23 de Octubre, publicamos cada día en esta sección de nuestra Página Web unas REFLEXIONES, que nos ayuden a prepararnos adecuadamente a esta cita misionera, que nos atañe a todos.

Las primeras cinco partes las pueden encontrar abajo en el listado.

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Todo lo que haces como evangelizador te pide que lo sientas por dentro. No puedes quedarte sólo en lo externo, ni cuando eres un creyente que acoge la salvación, ni cuando la transmites como evangelizador. Necesitas inmersión: sumergirte, ante todo, en el misterio de Dios, que te trasciende y te sobrepasa. Sólo quien se sumerge queda empapado, para poder comunicar sin esfuerzo lo que vive. Sólo si estás inmerso en el misterio de Dios, tendrás ojos dispuestos para descubrir su presencia en ti mismo y en los demás, en los acontecimientos de la vida, en la naturaleza… Él es más íntimo a ti que tú mismo. Sólo si te sientes “poseído” por Dios, podrás transmitirlo como vida para el hombre. La experiencia profunda de Dios es tu mejor garantía de buen evangelizador. También aquí se cumple el refrán de “que nadie da lo que no tiene”. Vívete en Dios y desde Dios, y toda tu existencia cóbrará una luz nueva en medio de tantas oscuridades.

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Sumérgete también en el misterio de Jesucristo. Tú participas en su vida de una manera real. No te relacionas con él como con un buen amigo muerto hace ya 2.000 años, al que recuerdas con entusiasmo y cuyas grandes cualidades intentas imitar. Jesús no es el “superman” de tus sueños. Cuando tú confiesas: “Jesús es el Señor”, estás afirmando una relación viva con él, una relación presente, actual y salvadora . Confiesas a Jesús Resucitado, el viviente, el que te está reclamando aquí y ahora con la misma cercanía con que reclamó el seguimiento de sus discípulos. No sigues la memoria de un muerto. Sigues al que vive, al Señor, que va delante de todos nosotros como “el primero entre muchos hermanos”. Acostúmbrate a esta relación personal e íntima con el Señor. Todo lo que él es, lo es para ti. El Espíritu te incorpora realmente a él que, resucitado, te sale al encuentro para que “por él, con él y en él”, tú mismo puedas ser para Dios y para los hermanos.

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Momento privilegiado de tu inmersión en el misterio de Jesucristo es tu vida sacramental. Los sacramentos son encuentros vivos y reales con el Señor Resucitado. Como evangelizador, te dan “identidad” y “familiaridad” con Aquel cuya Buena Noticia transmites. Es bueno que, como evangelizador, te ponga mal cuerpo la rutina, la falta de seriedad, la poca o nula motivación que percibes en el conjunto de la vida sacramental. Es un signo de tu real aprecio de lo que significan los sacramentos. Pero sería desastroso, si una mala o regular práctica sacramental en tu entorno, te llevara a apreciar poco o incluso a abandonar la vida sacramental. Estarías cortando el camino de tu inmersión en el misterio de Cristo. Tu vida de fe, como adhesión personal al Señor, tiene en los sacramentos un momento privilegiado de acogida de la gracia. Ni como creyente ni como evangelizador puedes permitirte el lujo de no acoger estas “mediaciones humanas” en las que el Señor te sale realmente al encuentro. Si tu vida sacramental es floja, ten por seguro que se resentirá en lo más hondo tu vida cristiana y tu tarea de evangelizador.

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Cuando te sumerges en el misterio de Jesucristo, haces de tu propia vida un sacramento. De alguna manera eres “Jesucristo para los demás”. Éste es el motivo más hondo de la necesidad de que imites a Jesucristo, de ser como él, de tener sus mismos sentimientos. No se trata de imitarlo solamente en lo externo y en los gestos. De lo que se trata es de que Jesús, por estar resucitado, se hace contemporáneo de los hombres y mujeres de todos los tiempos; y se hace, de muchas maneras. Una de las formas de hacerse Jesús contemporáneo a todos los hombres es a través de la vida de los evangelizadores. Como evangelizador tienes que conocer e identificarte con la vida histórica de Jesús. Aprende de él a relacionarte con el Padre y con los hombres, a tener entrañas de misericordia, a hacer de los pobres y marginados los destinatarios privilegiados de tu tarea, a entender tu propia existencia como “vida para los demás”, a vivir tú mismo en una actitud de confianza en Dios que te lleve por el camino de la pobreza y austeridad, a ir haciendo tuyos todos Ios sentimientos de Cristo Jesús, que “no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”.

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Para ser un buen evangelizador necesitas también inmersión en la vida de la gente, especialmente de la gente pobre, sencilla y necesitada. En medio de la vida dura de mucha gente, tu tarea de evangelizador no puede caer como si no tuviera nada que ver con sus realidades concretas. Ni tú, como evangelizador, puedes presentarte como si vinieras de las nubes, por encima del bien y del mal, como quien trae remedios para enfermedades que nadie siente. Debes estar entre la gente, porque tú mismo eres gente. El compromiso por la evangelización no te arranca de entre la gente; te mete aún más dentro. Una inmersión continuada que tiene en la encarnación de Jesucristo el mayor estímulo de presencia y cercanía. Un compromiso que te debe llevar hasta la identificación… De lo contrario, tu palabra será extraña; tu vida, misteriosa y ajena; tu experiencia, inasequible y tu lenguaje incomprensible. El Señor no pidió para ti que salieras del mundo, sino que, en medio del mundo, no te mezclaras con el mal. La tentación de “huir del mundo” la tienes que vencer desde tu propia realidad de hombre o de mujer que forma parte de este mundo, con sus miserias y grandezas.

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Que estés entre la gente no es el punto de llegada; se trata de un punto de partida. Pero si no estás dentro, no podrás entender tu tarea como acompañamiento. Imagínate que ya has llegado a la meta; y te instalas en ella, pidiendo a la gente que se anime. ¿Sabes lo que pasa? Que no te has hecho compañero de camino. Desde luego que debes tener claras las metas; de lo contrario, ¿cómo podrías ser guía de caminantes? Si no hay meta, tampoco hay camino. Pero buen guía es no sólo quien conoce las metas, sino el que es también experto en los caminos. No es buen guía aquel a quien le importan sólo los que llegan y no se siente solidario con quienes, a duras penas, tienen fuerza para caminar. Sé acompañante de la búsqueda de todos, con la sencillez del caminante. La seguridad de la meta no resta realismo a tu propio caminar. Jesús es el camino. Pero no será tu camino ni el camino de los demás si no aciertas a descubrir la meta y a proponerla a los demás como posible y deseable. Conocer la meta es imprescindible para no andar en tinieblas, incluso cuando el camino se hace duro.

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Nada significaría el que estés en medio de la gente, si no tienes algo nuevo que comunicar a los demás. Meterse en la vida de la gente no es sólo ser campechano, tratable, buena persona. Ese modo de ser te abre puertas y te da acceso a la gente. Cultívalo con sencillez y cercanía. Pero piensa que tu inmersión es mucho más. Es hacer vida el evangelio en medio de la gente. No sólo como una doctrina que enseñas, sino como talante y estilo de vida que se nota en tu manera de pensar, en los criterios con los que actúas, en los derroteros que cobran tus intereses más íntimos, en las motivaciones que le echas a la vida… Cuando te metes entre la gente de esa manera nueva, entonces sí que tu inmersión significa algo y comienza a plantear preguntas: por qué piensas, actúas, reaccionas, vives así…, a pesar de que suponga muchas veces ir contra corriente. Cuando eso se dé, piensa que has empezado a meter evangelio en la entraña misma de la vida que compartes con los demás. Si lo haces con sencillez y naturalidad, es que tu inmersión es obra del Espíritu.

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A medida que estés más cerca de la gente, te resultará más fácil dejarte afectar por su historia personal, familiar y social. Como evangelizador debes ser apasionado: lo que le ocurre a la gente nunca te puede dejar indiferente. Sobre todo, cuando es fruto del mal, del pecado o de la injusticia. Tendrás muchas veces que denunciar situaciones que causan dolor, que hacen sufrir y que dejan mal a la gente… Si denuncias “desde fuera” de los problemas, podrás llegar a ser un buen analista; si lo haces “desde dentro” te darás cuenta de que tú mismo estás en juego. Si te metes en medio de la gente, no caerás en la rutina…, irás “cargando” tu vida con los fardos de los otros, y percibirás que así el camino se hace más ligero para todos. En el camino con los demás, vete también dispuesto a aprender. El Señor te enseña de muchas maneras. No desaproveches la enseñanza que te envía a través de otros caminantes.

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Si te sumerges en la vida de la gente, serás compasivo y misericordioso. Aprende el estilo de Dios y manifiéstalo en tu propia vida y en tu tarea de evangelizador. Recuerda que eres mensajero de un Dios, cuyas “delicias es estar en medio de los hombres”; de un Dios que, en los momentos más difíciles del envío, siempre transmitió el ánimo desde la seguridad de su presencia: “Yo estoy contigo”; de un Dios que se llamó Dios-con-nosotros, como si no pudiera definirse a sí mismo sin contar con los hombres. En Jesús, que se llamó “Enmanuel” (Dios-con-nosotros) formamos parte de la definición de Dios. La gente tiene derecho a esperar que, en tu tarea de evangelizador, Dios siga recorriendo los caminos de la misericordia y el perdón. Dios no estará con los hombres, si los evangelizadores nos acurrucamos en nuestros nidos por miedo a la intemperie. Preséntale a él tus miedos, y volverás a escuchar: “no temas, Yo estoy contigo”. Verás cómo todo cambia. La intransigencia y la intolerancia no forman parte del equipamiento del evangelizador. Ábrete a un diálogo sincero, que no es renuncia a la verdad, sino propuesta de la misma con una sencillez que convence.

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No puedes separar nunca tu inmersión en Dios y en su misterio de tu inmersión en el mundo y con la gente. Son dos caras de una misma moneda: tu propia fe, vivida con hondura, y asimilada y madurada desde el modelo que tienes en Jesucristo. Ni la inmersión en Dios te puede hacer extraño a la gente; ni la inmersión en la gente te puede separar de Dios. Te podrá resultar difícil encontrar el equilibrio, pero es imprescindible para que evites una pastoral espiritualista y desencarnada, que no tiene en cuenta la espesura de lo humano; o una pastoral tan encarnada que no sea capaz de abrir el proyecto que llevas entre manos más allá de las medidas y cálculos humanos. Te cerrarías a la “sorpresa” de la gracia. Tu mirada creyente a Jesucristo es la mejor escuela para aprender a “meterte hasta el cuello” sin dejar de “hacer pie” en el misterio de Dios. El “Dios-Hombre” nos ha enseñado para siempre a no separar lo que Dios ha unido. Que tu mirada a Dios no te distraiga de tu mirada al hombre; y que tu mirada al hombre no sea tan chata que no te abra al misterio de Dios.

OBJETIVOS:

1. Ayudar la implicación interior del evangelizador, haciendo que se sienta dentro del misterio de Dios, de Jesucristo, y entre la gente con la que vive y a la que es enviado. Que comprenda lo que decía Pablo VI: “el mundo no puede ser salvado desde fuera”.

2. Desde la inmersión en el misterio de Dios y de Jesucristo, hacer un buen planteamiento de la vida y experiencia de los sacramentos.

3. Desde la inmersión en el mundo, destacar la calidad de signo. La inmersión no es “disolución” en el espíritu del mundo, sino ayuda a descubrir, desde dentro, lo bueno y positivo que hay que apoyar, y lo malo y negativo contra lo que hay que luchar. Pero siempre desde una profunda solidaridad y “simpatía” con la realidad.

PARA LA REFLEXIÓN:

1. ¿Entro con facilidad en el misterio de Dios? (la puerta la tienes abierta). ¿Me dejo sorprender por su presencia? ¿Soy fácil para la contemplación? ¿Cómo vivo la experiencia sacramental: rutina, encuentro, costumbre social…?

2. ¿He pensado alguna vez que, viéndome a mí, la gente se acerca o se aleja de Dios? ¿Me doy cuenta de lo que eso significa en mí vida de evangelizador? ¿Conozco bien el “estilo de Dios” que se manifestó en la historia de Jesús? ¿Cuáles son los rasgos de ese estilo que creo más necesarios para mi vida personal y para mi tarea de evangelizador?

3. ¿Estoy entre la gente o huyo de la gente? ¿Me intereso por los problemas de los demás? ¿Me afecta personalmente la vida de la gente, o “paso” de sus situaciones personales, familiares y sociales? ¿Qué imagen de Dios transmito en mi trato con la gente? ¿Estoy en el mundo, valorando lo bueno, pero no dejándome influenciar por los criterios antievangélicos: poder, dinero, prestigio, consumismo…?

ORACIÓN:

Señor Jesús, que nos haces posible adentrarnos en el misterio de Dios, para descubrirlo y vivirlo como Padre. Tú mismo te nos ofreces, para que podamos compartir tu vida de Hijo, otorgándonos, en el Espíritu, el don de tu filiación. En los sacramentos, sales a nuestro encuentro, para que podamos gozar de tu misma vida, como misterio de gracia y misericordia. Hechos semejantes a ti, nos quieres inmersos en el mundo, y entre la gente a la que tanto quieres, para ser testigos de la novedad de tu gracia y del proyecto de salvación que a todos propones por nuestro medio. Ayúdanos, para que no nos cansemos de hacer el camino con nuestros hermanos, mostrándoles cómo el Padre los ama, los acoge y los llama.

AMEN

Fuente/Autor: Pedro Jaramillo, Vicario general de la Diócesis de Villa Real, España.

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