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Scalabrini

El Sentido de la Cruz de Cristo en la Espiritualidad del Beato Scalabrini

27 de enero de 2020

1. La espiritualidad cristiana es comunión con el Señor crucificado y resucitado.
El camino de liberación y salvación de Jesucristo remata en su cruz y en su resurrección y glorificación. La efusión del Espíritu sobre todos es fruto de la resurrección (cf. Hch 2,33s; Jn 7,39). El Espíritu Santo nos otorga comunión con la muerte y resurrección de Jesús en el sacramento del bautismo. Ahí se identifica el hombre con la muerte de Jesús y ahí se funda la esperanza de que también estaremos injertados en él en su resurrección (cf. Rm 6,5). El Espíritu Santo hace posible la vida con Jesucristo.
Como vida en el Espíritu Santo, la espiritualidad cristiana significa vida con Jesucristo. La comunión con Jesús crucificado puede darle fuerza al hombre para soportar las cargas y contrariedades de la vida. El diálogo de Jesús con el Padre encuentra eco en la plegaria del cristiano. La apuesta de la vida, el amor hasta la entrega de la misma, es también el modelo fundamental de la conducta humana y cristiana .

2 Espiritualidad cristocéntrica de Scalabrini
La espiritualidad de nuestro Fundador consiste básicamente en la «imitación de Cristo» por medio de una fe vivida, que comprende las tres virtudes teologales. Vivir de fe es vivir sobrenaturalmente, es dejarse «divinizar» por el amor de Cristo. La encarnación es divinización de la humanidad de Cristo y, en consecuencia divinización de toda la humanidad. Ningún acontecimiento está separado di Cristo. Toda la realidad está implicada en la historia de la Salvación; todo gira al rededor de Cristo, ha sido creada por Él, en Él y para Él y está totalmente en tensión y en camino hacia Dios a través de Cristo .
La fe del Beato Scalabrini es esencialmente cristológica y eucarística; es, por encima de todo, conocer y reconocer a Cristo; es creer en el sentido de adhesión a Él, teniendo fe en su palabra (esperanza), y amándolo en la obediencia a su palabra (caridad).
La fe es visión, es ver quien es Cristo, es ver en Cristo al Padre, es ver a Dios. Una vez conocido Cristo, y en Él a Dios, se lo reconoce en todo: Video Dominum innixum scalae . Toda la realidad creada es una escalera. Dios se dona al hombre y desciende hacia él, en la encarnación del Hijo. Toda la creación es asumida por el Verbo Encarnado y sube con Él hacia Dios. Jesucristo, presente fisicamente en la Eucaristía, es el centro de la creación, es la escalera que desciende desde Dios y hacia Dios sube, y por lo tanto todas las cosas descienden de Dios y hacia Él retornan .
La espiritualidad del Fundador está cimentada totalmente en la persona humano-divina de Cristo, presente en la Eucaristía y en la Cruz; es decir, en la continuación del misterio pascual, que remarca la historia de la humanidad y de cada hombre. El centro y el punto de consistencia de la creación, el vértice de la historia es Cristo, único mediador entre Dios y lo creado. El hombre se realiza sólo como imagen de Dios, pero la verdadera imagen de Dios es Cristo. Quien quiera ser imagen de Dios tiene que ser imagen de Cristo. Es éste el verdadero significado de la «imitación de Cristo» y el verdadero proceso de «divinización»: quos praescivit et praedestinavit conformes fieri imaginis Filii Sui (Rm 8,29) .
La humanidad ha sido divinizada a través de la Encarnación del Verbo. Nuestra humanidad individual es divinizada a través de la extensión de la Encarnación en cada uno de nosotros. Scalabrini precisa que «es salvado todo lo que ha sido asumido», pero ha sido salvado a través de la «Kénosis» del Verbo Encarnado, a través del misterio pascual de la muerte-resurrección. Es ésta la razón por la cual él no separa nunca la Eucaristía de la Cruz, la piedad eucarística de la devoción al Crucificado, el gozo de la comunión sacramental del «embriagamiento» de la Cruz.
El Beato Scalabrini ve en la «imitación de Cristo» un sentir dentro de nosotros la presencia de Cristo. Nuestro vivir cristiano no es mas que la habitación de Jesucristo en nosotros: Cristo que vive en nosotros, Cristo encarnado, Cristo que nace, muere y resucita, Cristo que ama, piensa, habla y respira: «No solamente debemos vivir en Jesucristo, sino que todavía Él mismo tiene que ser nuestra vida y vivir en nosotros. Vivir en nosotros con su Espíritu, con su gracia, con la impresión de sus misterios, con la aplicación de sus méritos, con la eficacia de sus sacramentos y, sobretodo, con su cuerpo y su sangre, de manera que podamos decir con el apóstol: vivo autem jam non ego, vivit vero in me Christus. Esto quiere decir (…) que su espíritu se extiende, se dilata en nosotros, y como un calor vital, ejerce su señoría en nosotros, endereza todo, calienta todo, diviniza todo, y ama en el corazón, piensa en la mente, habla en la lengua, obra en las manos; (…) los deberes se cumplen por su gracia, los dolores se sufren por amor a Él, (…) su reino se eleva en medio del cristiano: regnum Dei intra vos est (Lc 17,21)» .
De este modo Scalabrini concibe la divinización efectuada por Cristo en nosotros, como una encarnación continuada, por la cual nuestra humanidad se vuelve instrumento de su amor hacia el hombre de modo similar a aquella de la cual es instrumento su humanidad individual hipostáticamente unida a la divinidad. Aceptando y viviendo el don de su amor, prestamos nuestra humanidad a Cristo para que en ella Él continúe a entender, hablar, obrar, mediar, glorificar al Padre .
El ascetismo cristiano mira a hacer de cada uno de nosotros, en la medida de lo posible, una copia de Jesucristo, y esto sucederá sólo «cuando nosotros juzgaremos todas las cosas como el mismo Jesucristo las ha juzgado. Cuando amaremos lo que Él ha amado y en el mismo modo en que Él lo ha amado. Cuando tengamos en nuestro corazón los mismos sentimientos y las mismas disposiciones que Él ha tenido en su corazón» .
Como hemos ya visto, de los grandes misterios de la persona de nuestro Señor Jesucristo, que Mons. Scalabrini admira y medita más, son básicamente tres: la Encarnación, la Cruz y la Eucaristía. De estos tres, la meditación y la imitación de Cristo crucificado ocupa el primer puesto en su camino de santidad.
En la imitación de de Cristo nos parece encontrar el fuerte de la ascética del Fundador: aquel «Fac me cruce inebriari» que encontramos en todas las páginas de su vida.
«Fac me cruce inebriari! Dios educa con las tribulaciones, con las humillaciones, con las penas, con los fastidios del ministerio, de las audiencias; nos conserva, nos ilumina, nos hace grandes: amar pues las cruces, la cruz. Amarla, unirla a los sufrimientos de Jesucristo: estrechar la cruz pectoral al corazón y repetir frecuentemente: Fac me cruce inebriari!.
Dios ha sido conmigo muy bondadoso, de una bondad muy particular: cuántas gracias extraordinarias para santificarme, cuántas cruces! Las cruces son inseparables del disegno de Dios (…) ¡que no me falten nunca! (…). Mas ¡Dios sea bendito! Te Deum laudamus! lo canté hace poco en la Catedral: Gracias a Dios y ánimo en la Cruz de Jesucristo Nuestro Señor» .
«Considerar las tribulaciones, las humillaciones, los desprecios como medios preciosos de santificación. No quejarme, no entristecerme, no desanimarme: ofrecerlo todo en unión a las penas de Jesucristo. Fac me cruce inebriari!» .

Fuente/Autor: P. Edison A. Osorio A., CS

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