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Scalabrini

Cuanto tiene gusto a sal el pobre pan del emigrado

27 de enero de 2020

De los Escritos de Juan Bautista Scalabrini.

Los peligros que lleva consigo semejante emigración son innumerables y también son innumerables los males que la afligen. Cuando yo, hace diez años, recogí el grito de dolor de nuestros pobres emigrantes en un pequeño escrito que tuvo mucho eco en el corazón de todos los hombres de buena voluntad, y que obtuvo en toda clase de personas un tan amplio consentimiento de pensamiento y de obras, yo estaba muy lejos de imaginar el cúmulo de males y de peligros a los que se expone el pobre emigrante. Todo, todo, conspira contra él y sus males con frecuencia comienzan antes del éxodo de la humilde casa, bajo la forma de un agente de emigración que lo conmina a partir, haciéndole vislumbrar la fácil conquista de riquezas y lo envía a dónde a él place y conviene, no dónde el interés del emigrante aconsejaría; y lo siguen los males durante el viaje, con frecuencia desastroso, y lo acompañan a su llegada en esos lugares infectados por terribles enfermedades, en los trabajos en los cuales se siente con frecuencia incapaz, bajo patrones inhumanos o por la ambición insaciable del oro o por la costumbre de considerar al trabajador como un ser inferior; y esos males se agravan bajo los mil acechos que la maldad les presenta en los países extranjeros, de los cuales ignora la lengua y las costumbres, en un aislamiento que es con frecuencia la muerte para el cuerpo y para el alma.

Y podría citar numerosos hechos que demuestran con cuántas lágrimas está regado y cuanto tiene gusto a sal el pobre pan del emigrado, de esos infelices, que llevados allá por vanas esperanzas o por falsas promesas, encontrarán una ilíada de desventuras, el abandono, el hambre y con frecuencia la muerte; allá dónde creyeron encontrar un paraíso; donde creyeron ver El Dorado, pintado por el espejismo de la necesidad, ¡sin pensar que el Simún violento de la realidad, dispersa en un instante las encantadas ciudades de los sueños! Infelices extenuados por los esfuerzos, por el clima, por los insectos, caen desconsolados sobre el terrón fecundado por sus sudores, sobre las márgenes de las florestas vírgenes, que supieron roturar no para sí, ni para sus hijos, golpeados por esa dolencia fatal y gentil que es la nostalgia, soñando quizás con la patria, que no les supo dar ni siquiera el pan, invocando en vano el ministro de la santa religión de sus padres para que alivie los terrores de la agonía con las inmortales esperanzas de la fe.

Señores, el cuadro no es alentador, sin embargo es la historia veraz de millares de nuestros compatriotas emigrados, como yo la he recogido en los informes de mis Misioneros y como me fue escrita y relatada por quien fue testigo y parte en esos tristísimos éxodos.

No quisiera, sin embargo, ser mal entendido o parecer pesimista. Las tristes cosas mencionadas no pueden decirse de todos nuestros emigrados. Muchos de ellos han encontrado en los países que los hospedaron pan suficiente, muchos, bienestar y algunos, riquezas y forman en su conjunto colonias de las cuales la madre patria puede considerarse orgullosa. Pero son también muchos los desgraciados, y en gran parte lo son por su ignorancia y por nuestro abandono. ( El proyecto de ley sobre la emigración italiana – Piacenza 1888)

Fuente/Autor: Una voz viva

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