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CONFIADOS

27 de enero de 2020

En preparación al DOMUND ((Día Mundial de las Misiones), que se celebra el Domingo 23 de Octubre, publicamos cada día en esta sección de nuestra Página Web unas REFLEXIONES, que nos ayuden a prepararnos adecuadamente a esta cita misionera, que nos atañe a todos.

Las primeras tres partes las pueden encontrar abajo en el listado.

CUARTA PARTE

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La tarea evangelizadora te exige hoy, y con urgencia, tener confianza. Porque tienes más dificultades, porque te asaltan más dudas y te sientes tentado a no complicarte más la existencia…, pero, sobre todo, porque sientes a tu alrededor mucha más indiferencia, cuando no hostilidad, al mensaje que intentas transmitir. Cuando se te pide que no te quedes encerrado en el templo, que salgas al mundo, a la vida, a los ambientes donde vives, sufres, esperas, amas y luchas con los hombres y mujeres de tu pueblo… sientes dentro de ti una especie de inseguridad: “voy a ir, pero no me van a escuchar”. Y experimentas la tentación de colaborar sólo con aquello que no te pide la salida hacia fuera. Pero el Señor sigue preguntando, hoy: “¿a quién enviaré?”, “¿quién irá por mí?”. Y es que no hay vuelta de hoja: para anunciar el evangelio hay que salir al mundo, que es su destinatario.

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Necesitas confianza en Dios. Sin esa confianza tienes el peligro de hacerte un evangelizador prepotente, impositivo, intolerante, agresivo…, porque crees que estás defendiendo tus propios “intereses”, y, al verlos rechazados, te enfadas y reaccionas atacando. Quien pone su confianza en Dios lo hace desde su propia experiencia de ser pobre, pecador, perdonado, necesitado. Cuando te sientes así en tu vida, experimentas la necesidad de apoyarte en Dios, de hacer de Él tu roca, tu alcázar, tu refugio, tu baluarte… Descubres que creer es fiarte de Dios para construir tu vida desde Él; y te llegas a convencer de que Él actúa, aunque las apariencias engañen. Tu confianza en Dios te dará paciencia en tu trabajo pastoral. La necesitas. No para fomentar la pereza; sí, para no ponerte nervioso cuando ves que las cosas no van como tú mismo las habías diseñado. El diseño no es tuyo; es de Dios. Y, a veces, te puede desconcertar.

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Tienes que confiar sin límites en el Evangelio, no sólo como una doctrina, sino como un estilo de vida. Si dudas de la fuerza salvadora del Evangelio, estás al cabo de la calle. Realizarás tu tarea sin convencimiento. Tu confianza en el Evangelio crece a medida que tú mismo vas haciendo la experiencia de que, tomado como norma de tu propia existencia, funciona, porque te sientes como una criatura nueva. No se trata sólo de que “cumplas” los mandamientos (de que “no robes ni mates” como dicen muchos de nuestros paisanos); tu confianza en el Evangelio tiene que darte un talante, una manera espontánea de vivir desde valores que pongan en movimiento todo lo bueno que llevas en tu propio corazón. Llegarás a percibir que en el Evangelio de Jesús has encontrado un tesoro por el que merece la pena venderlo todo. Si no tienes esa persuasión, toda tu vida, incluida tu tarea pastoral, irá a remolque, y todo lo que hagas lo harás a regañadientes.

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A medida que vas haciendo esa experiencia de vida evangélica, aumentará también la confianza en la oferta que haces a los demás, cuando les propones el Evangelio como posibilidad de salvación de su existencia. Tu contacto con la gente te muestra que, de una manera u otra, los hombres queremos salvar cosas en la vida (las que nos dan gozo y alegría) y salvarnos a nosotros mismos (contra todo lo que nos hace sufrir, nos limita y nos suprime). Que todos los caminos que tomamos son intentos de salvación, incluso aquellos que nos pueden parecer más raros y extravagantes, incluso errados y desviados (la droga, el alcohol, el “pasotismo”, la posesión de cosas y de personas…). La oferta del Evangelio de Jesús como “camino, verdad y vida” no la haces al margen de todos estos tanteos salvadores que el hombre realiza afanosamente. No predicas una especie de “añadido” a la vida del hombre; le ofreces una salida al sentido mismo de su existencia. Fíjate: incluso aquellos que no crean, deben percibir en tu oferta una fuerza humanizadora, capaz de provocar un primer acercamiento, lleno de respeto y esperanza. Pero debes estar convencido de que tu oferta tiene que ver con la vida concreta de la gente.

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Un buen evangelizador confía plenamente en los hombres y mujeres, destinatarios de su anuncio. Se nos está diciendo hasta la saciedad que el hombre de hoy es duro para creer, que está muy pagado de sí mismo y que ha arrinconado a Dios en el baúl de los recuerdos. Y, sobre todo, que no echa de menos a Dios para organizar su vida personal y social. Es uno de los desafíos más grandes para tu tarea de evangelizador, hoy. Podrías simplemente darte por vencido, persuadido de que no hay remedio; podrías reducirte a dar a este hombre secularizado las respuestas que te pide para continuar dando a ciertos momentos de su vida un barniz religioso (nacimiento, matrimonio, muerte). Pero, a pesar de todo, puedes seguir confiando en que el hombre de hoy no ha perdido la capacidad de preguntarse por las cuestiones fundamentales de su existencia, que lo abren a la respuesta del Evangelio. Sólo que debes tener la osadía de hurgar para que afloren.

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Tu tarea de evangelizador tiene, pues, mucho que ver, hoy, con tu capacidad para suscitar en la gente las preguntas fundamentales de su vida. La desazón que experimentan muchos evangelizadores procede de estar dando respuestas a preguntas que nadie se hace. Tú mismo puedes tener la sensación personal de que, cuando te has aprendido la respuesta, te has olvidado de la pregunta. No te sientes a gusto con una evangelización de “respuestas hechas” frías, desencarnadas, sin vida. Percibe ahí una llamada a la “evangelización de la pregunta”. Hay que meterse en ese nivel y, si las preguntas están dormidas, emplearse a fondo en un “ministerio de la inquietud”. Una cosa sería imprescindible: que los evangelizadores no hayamos dado por canceladas nuestras propias preguntas, instalándonos en la rutina y en el mero aprendizaje. Sin miedos, hay que hacer que el hombre se pregunte, despabilando las preguntas que ya lleva dentro de sí mismo y haciéndole caer en la cuenta de las preguntas nuevas a las que le abre el Evangelio, hasta llegar a percibirlas como propias. Si no vamos por aquí, la evangelización no llegará a la entraña misma del corazón humano.

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El hombre no se preocupa sólo de sí mismo; con más o menos intensidad y compromiso, se ha preocupado también de los demás, y también se preocupa hoy, a pesar del individualismo cultural, que tiende a aislarlo de todo proyecto común. Si no se descubren motivos fuertes para ser solidarios, la lucha entre egoísmo y solidaridad caerá siempre del lado del egoísmo. En los esfuerzos por hacer una sociedad más justa e igualitaria, más democrática y participativa, más abierta a los pueblos y países pobres… descubre el evangelizador un motivo de confianza en la orientación fundamentalmente solidaria de muchos proyectos políticos y sociales y, sobre todo, de muchos movimientos populares que expresan lo más noble del corazón humano. Lejos de estar ajeno a todo lo bueno y noble que expresa el sentido de solidaridad humana, el evangelizador descubre la fuerza solidaria del Evangelio que proclama, y la conversión al hermano que exige; y no deja de aportar lo que es específico de su fe evangélica: el arraigo de la fraternidad en la entraña misma de la revelación de Jesús: que Dios es Padre de todos, y la fraternidad universal, no un simple deseo, sino la expresión necesaria de la filiación acogida y vivida.

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Vive así la oferta del Evangelio; no como confrontación, sino como iluminación y fecundación de todo lo bueno, lo noble y lo bello que descubres a tu alrededor. Cuando, desde tu condición de evangelizador, tengas que denunciar situaciones y comportamientos contrarios al Evangelio, hazlo siempre con esta actitud estimulante del crecimiento y del progreso del hombre en todas sus dimensiones. El Evangelio no es nunca “anti-humano”, aunque sí choca con concepciones que reducen al hombre y su vocación desde miras puramente materiales y egoístas. No olvides que una determinada concepción del hombre, de su vocación y de su destino es imprescindible para que germine la siembra del Evangelio. Esa concepción de hombre es una gran aportación que haces como evangelizador, incluso a quienes no acojan el Evangelio desde la fe. Ten confianza en el modelo de hombre que promueves desde tu tarea evangelizadora.

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Confía también en la comunidad cristiana desde la que evangelizas. Es posible que no sea la comunidad ideal. Puestos a sacarle defectos, le encontrarás muchos. Pero es tu propia comunidad, en la que recibiste y desarrollas tu fe. Soñar en la comunidad ideal para poder evangelizar, equivaldría a no evangelizar nunca. El Evangelio es más grande que las comunidades que intentamos encarnarlo. No se trata de una invitación al conformismo. Tu propia comunidad es la primera que tiene que abrir el corazón al Evangelio para convertirse y ser ella misma evangelizada. Ayuda en esta tarea. Inquieta y estimula la conversión constante de quienes formáis la misma comunidad. Animaos unos a otros a crejer en fidelidad al Señor y a su Evangelio. Revisad vuestra propia vida a la luz de sus valores y exigencias. Pero, no la desprecies nunca porque aún no haya llegado a su meta. Confía en que, entre todos, podéis manteneros en marcha, aunque os duelan los parones y retrocesos.

40
Nunca vacíes tu vida de evangelizador de la confianza en el Espíritu Santo. Lo más grande que te ha podido pasar es ser instrumento de su acción, muchas veces, imperceptible. El Espíritu hace que tengas confianza en ti mismo, incluso cuando percibes que la tarea te supera. El Espíritu trabaja en el corazón de los hombres, incluso antes de que tú llegues. El Espíritu allana dificultades, incluso sin que tú mismo te des cuenta. El Espíritu te llama y te reclama desde los dones que ya ha repartido en aquellos a quienes te diriges. Acoge y aprende. El Espíritu hace de tu trabajo una auténtica tarea apostólica. Cuando hay un buen entendimiento entre el evangelizador y el Espíritu, la misión cobra una hondura que necesariamente deja huella en ti y en los demás. Sin ese buen entendimiento, puedes caer en un activismo estéril o en una propaganda inútil. Confía en el Espíritu Santo y ponte en sus manos como instrumento de su gracia.

OBJETIVOS:

Inspirar en el evangelizador una actitud confiada, teniendo en cuenta precisamente las dificultades especiales de la tarea, hoy.

Provocar una confianza en todas las direcciones: confianza en Dios, en el Evangelio como oferta salvadora, en los hombres y mujeres de nuestro tiempo como destinatarios, en el mismo evangelizador, en la comunidad a la que pertenece…

Conseguir un evangelizador abierto, capaz de reconocer lo bueno y noble que hay en el corazón y en los proyectos humanos como verdadera “preparación del evangelio”.

PARA LA REFLEXIÓN:

¿Recurro a Dios con sencillez y confianza, cuando siento las dificultades de mi tarea? ¿Busco en Él el punto de mi apoyo (fe), fundamental para todo el trabajo que hago? ¿Me fío de sus caminos, aunque, a veces, no los entienda?

Mi oferta es el Evangelio: ¿Lo conozco? ¿Lo valoro? ¿Confío en su estilo y su talante, aunque, a veces, “vaya contracorriente”? ¿Trato de responder desde el Evangelio a mis preguntas personales y a las preguntas de la gente acerca del sentido de la vida, del trabajo, del dolor, de la familia, del amor, del compromiso…? ¿O no “manejo” un “evangelio vivo”?

¿Tengo confianza en la gente? ¿Descubro y promuevo sus valores? ¿Estimo lo bueno de la gente, para apoyarlo? ¿Presento el Evangelio teniendo en cuenta la situación y los problemas de la gente, las dificultades que todos tenemos hoy para creer? ¿Estoy convencido de que la oferta que hago vale la pena? ¿Lo he comprobado en mi propia vida? ¿Suscito las preguntas fundamentales que tienen que ver con la inquietud religiosa? ¿La oriento hacia “la respuesta de Dios”?

ORACIÓN:

Señor Jesús, que nos enseñaste a poner la confianza total en el Padre, haz que Él sea el apoyo de nuestra vida y de nuestra misión.

Abre nuestro corazón al Evangelio, y haz que, encontrándote en él como camino, verdad y vida, lo propongamos con confianza, y lo ofrezcamos con seguridad a todos los hombres y mujeres, con quienes compartimos los anhelos y dificultades de la vida.

Que tu Espíritu nos haga confiados, para que, “como niños en brazos de su rnadre”, no temamos el momento y la tarea que nos encomiendas.

AMEN.

Fuente/Autor: Pedro Jaramillo, Vicario General de Ciudad Real (España)

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