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Scalabrini

CENTENARIO SCALABRINIANO

27 de enero de 2020

Seguimos publicando artículos y reflexiones sobre Juan Bautista Scalabrini a los 100 años de su muerte.

El Beato Juan Bautista Scalabrini es hoy recordado y admirado sobre todo como el Apóstol de los Emigrantes, signo que la Iglesia (y obviamente el buen Dios) se interesa por aquellos que viven el más vasto y grave drama social de la época moderna. Pero él puede ser adecuadamente comprendido y evaluado, inclusive en este rol providencial que le es reconocido en la sociedad y en la Iglesia, únicamente si se lo ubica en el contexto de su más amplia y universal vocación, como Obispo de la Iglesia.
Su compromiso en el frente migratorio no fue un simple “hobby”, por cuanto genial y generoso; sino que fue la expresión más alta y más verdadera de su ministerio episcopal. A tal punto que alguien llegó a afirmar que Scalabrini debe ser considerado, de todas maneras, uno de los mayores obispos italianos, aunque no hubiese hecho nada por los emigrantes. Así lo definió San Pío X, que por decenios se había sentido apremiado por las aspiraciones y por las iniciativas pastorales del intrépido Obispo de Piacenza.
Con el paso de los años, y a medida que de personaje de la crónica llega a ser personaje de la historia, su figura de obispo se nos presenta siempre más gigantesca y multifacética. Viviendo en el agitado Ochocientos, uno de los períodos más atormentados y cruciales de la Iglesia, él, aunque atento a los problemas de su época, parece haber superado todo límite de tiempo, llegando a ser contemporáneo nuestro; o más aún, un precursor. Así lo consideró su amigo y admirador José Toniolo: “Aquel hombre tuvo la intuición de los hechos futuros, que es propia de las mentes superiores y de los corazones grandes, o más bien de aquellos a los que el Señor llama a hacerse instrumentos especiales y oportunos de sus profundos y misteriosos designios”. El, por lo tanto, pertenece al futuro no menos que al pasado. Por su profundo sentido de la Iglesia, de la santidad, de su universalidad y de su misionariedad, Scalabrini es comparado a los antiguos Padres de la Iglesia. Su fervor reformador nos trae a la memoria aquellos tenaces ejecutores del Concilio de Trento como fueron San Carlos Borromeo y San Francisco de Sales. Pero sus clarividentes intuiciones nos permiten imaginarlo hasta entre los protagonistas del Concilio Vaticano II.
El 4 de junio de 1988, Juan Pablo II, visitando la Catedral de Piacenza, deteniéndose frente a la tumba de Scalabrini, dio de él una definición lapidaria: “Un gran hombre, un gran obispo”. El Papa puso de relieve de esta manera su doble dimensión, la espiritual y la social.
Sin embargo, si penetramos más profundamente en la rica personalidad de Scalabrini, descubriremos que él escapa a cualquier clasificación no sólo porque sirvió a Dios y al Hombre con el mismo heroísmo, sino también porque supo armonizar en sí mismo, con extraordinario equilibrio, toda posible antítesis. Fue al mismo tiempo dinámico y contemplativo, prudente y audaz, tempestuoso y ponderado, fuerte y dulce, concreto y creativo, ligado a los valores del pasado y abierto a las novedades de la historia, fidelísimo a la verdad revelada y dispuesto al dialogo con todos, obediente y libre. Fue Fogazzaro quien precisamente lo definió: “Devoto sin medida y sin medida libre”.
Anticipando aquello que expondremos, nos place señalar inmediatamente un carisma particular de Scalabrini, aquel de la totalidad.
En su primera Carta Pastoral, Juan Bautista Scalabrini se presentaba a la diócesis de Piacenza de esta forma: “Abrazaré a todos con mi ministerio_ trabajando especialmente en socorrer y evangelizar a los pobres”. Y aplicándose a sí mismo la célebre frase de San Pablo (1Cor 9, 22), expresaba su ardiente deseo que “entregándome todo para todos, pueda ganar todos a Cristo”.
Esta totalidad será verdaderamente el distintivo, tanto de su entrega a Dios, cuanto de su compromiso apostólico. Él, en efecto, será también definido “hombre totalmente de Dios, totalmente para Dios”.
Este tema de la totalidad fue retomado por él en su última Carta Pastoral, publicada diez días antes de su muerte. En ella, anunciaba su sexta Visita Pastoral y retomando con espíritu profético las mismas palabras de su primera Carta Pastoral, exclama: “Yo estaré contento si al final de la Visita pueda verdaderamente repetir con el Apóstol: “Me hice todo para todos, para ganar a todos a Cristo”. Ganar todos a Cristo, he aquí la constante, suprema aspiración de mi alma”.

Fuente/Autor: Un misionario scalabriniano

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