“No hay alegría más pura y más santa que en el atenderse unos a otros, comunicarse unos con otros”.

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Bush le cambió el rostro a la frontera

27 de enero de 2020

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El Parque Estatal Border Field ocupa 13 kilómetros cuadrados (5 millas cuadradas) entre San Diego y Tijuana, el área metropolitana más grande de la frontera.

IMPERIAL SAND DUNES, California

Cuando puede, Gene Elwell va al desierto los fines de semana y recorre con su buggy las dunas más altas que encuentra. Unos 350 kilómetros (casi 200 millas) al oeste, en la costa californiana del Pacífico, el reverendo John Fanestil se pasa los domingos en el Parque de la Amistad, donde personas de ambos lados de la frontera con México se toman las manos a través de los agujeros de un cerco.

Las dunas y el parque no cambiaron por décadas. Pero en los últimos meses del gobierno de George W. Bush se aceleraron los trabajos para completar la construcción de cercos y barreras para vehículos a lo largo de 1.078 kilómetros (670 millas) de la frontera. Los sectores que Elwell y Fanestil tanto quieren cambiaron radicalmente de la noche a la mañana.

Un cerco recorre las dunas de Imperial Sand e impiden que la gente se pase al lado mexicano. Antes, los traficantes de drogas se mezclaban sin problema entre los visitantes y llegaban a la ruta Interestatal 8, que en determinados sitios se acerca a pocos cientos de metros de la frontera.

El Parque de la Amistad, inaugurado en 1971 para promover los lazos entre Estados Unidos y México, cerró sus puertas.

Cuadrillas de obreros destruyeron la playa de estacionamiento y eliminaron árboles y bancos para picnics, para abrir paso a dos cercos altos. Pronto reemplazarán la valla que permitía que alguien tocase la mano de un ser querido o comprase productos a vendedores del otro lado de la frontera.

Lo mismo sucede a lo largo de los 3.144 kilómetros (1.954 millas) de la frontera. En Eagle Pass, Texas, un campo de golf quedó encerrado entre el río Bravo y el cerco. En Columbus, Nuevo México, los visitantes observan el cerco desde las partes elevadas del Parque Estatal Pancho Villa, llamado así porque el caudillo mexicano lanzó un ataque en ese lugar en 1916.

El gobierno de Bush erigió cercos a lo largo de 360 kilómetros (224 millas) en los últimos dos meses y medio de su gestión. De este modo, ya hay cercos en 968 kilómetros (602 millas) de la frontera. La Patrulla Fronteriza planea erigir más cercos este año en una extensión de 1078 kilómetros (670 millas), según su portavoz Lloyd Easterling. Nadie sabe qué sucederá más adelanta.

La secretaria de seguridad interna Janet Napolitano dijo en su audiencia de confirmación ante el Senado que los cercos pueden ayudar en las ciudades, pero que no tiene mucho sentido construir vallas a lo largo de toda la frontera, desde San Diego hasta Brownsville, Texas.

“No haría una buena recomendación si dijese que esa es la forma de proteger la frontera”, manifestó Napolitani, quien fue gobernadora de Arizona, un estado fronterizo.

Pero haga lo que haga el gobierno de Barack Obama, ya ha habido cambios profundos en la frontera.

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El extremo sur del área de recreación de las dunas de Imperial Sand, donde se filmó “La guerra de las galaxias: el retorno de Jedi”, parece el desierto del Sahara. Atrae familias con niños porque las dunas son más bajas que las del norte, que congrega visitantes más revoltosos.

Elwell, un nativo de San Diego que vende equipo de oficina, pertenece a una familia con raíces en el sur de California y en Arizona. Todos sus parientes están acostumbrados a recorrer las dunas de día y de noche, a dormir en remolques y prender fogatas. Les encanta vagabundear por las lomas de las dunas.

“No hay un sendero particular. Uno va a parar a la montaña o incluso al desierto, donde busca un sendero y lo sigue. Uno está en su propio mundo”, dijo Elwell, quien tiene 54 años.

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El Parque Estatal Border Field ocupa 13 kilómetros cuadrados (5 millas cuadradas) en el sudoeste del país, entre San Diego y Tijuana, el área metropolitana más grande de la frontera. Tiene una magnífica playa y numerosos senderos para caminar y andar a caballo. Uno de sus principales atractivos es el Parque de la Amistad, una enorme plaza de cemento construida sobre un promontorio desde el que se ve el océano Pacífico.

En Tijuana hay una replica de la plaza, con una torre eléctrica, una plaza de toros, una cadena de restaurantes de comida de mar y una playa muy popular.

La plaza tiene un obelisco que demarcó la frontera tras el Tratado de Guadalupe Hidalgo que puso fin a la guerra entre México y Estados Unidos en 1848. Cuando la primera dama Pat Nixon inauguró la plaza hace 38 años, declaró: “Odio ver cercos aquí”.

En la playa, la frontera está marcada por postes de acero, entre los cuales hay separaciones suficientemente amplias como para que pase un ser humano con un poco de esfuerzo. Mexicanos venden tamales y maíz asado a estadounidenses, bajo la mirada de agentes de la Patrulla de Fronteras.

Fanestil, de 47 años, visita el Parque de la Amistad en la Navidad para cantar con residentes de ambos lados de la frontera. Este pastor de la iglesia metodista unida se mostró furioso cuando un agente de la patrulla fronteriza le dijo en junio que no podía seguir cruzando la frontera. Fanestil comenzó a oficiar servicios religiosos en la frontera los domingos.

“La gente ha estado pasando cosas por la frontera por generaciones. Tamales, dulces, brazaletes”, expresó el sacerdote luego de un servicio.

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En el extremo sudeste de California, las dunas tienen una longitud de 64 kilómetros (40 millas) y un ancho de ocho kilómetros (cinco millas). Los terrenos para acampar se llenan de casas rodantes los fines de semana cuando hay feriados. En las dunas hay buggies de todas las potencias.

La arena se adentra ocho kilómetros (cinco millas) en México. Hasta el año pasado, la única demarcación de la frontera eran unos obeliscos de cemento de 4,5 metros (15 pies), bastante espaciados entre sí.

En la década de 1980 Elwell ingresaba a México con su buggy y compraba tacos en la ciudad de Algodones.

Los narcos decoraban sus vehículos, repletos de marihuana, con banderas y calcomanías para pasar inadvertidos. El año pasado, un presunto traficante mató a un agente de la patrulla fronteriza llevándoselo por delante con su Hummer y luego huyó a México.

El gobierno construyó un cerco de 6 millones de dólares que consiste en tubos de acero de más de cinco metros (16 pies) de alto rellenos de cemento, colocados uno junto al otro. Hay soportes triangulares que no están atornillados al piso, para que puedan columpiarse con el viento.

La Patrulla Fronteriza lo describe como un “cerco flotante”.

Cada vez hay menos espacio y más gente en el parque. Elwell y sus amigos, a pesar de todo, admiten que el cerco hará que las dunas sean más seguras. Y coinciden en que el cerco es mejor que cerrar la zona o vetar el acceso a ciertos sectores.

La Patrulla Fronteriza asegura que los arrestos de presuntos narcotraficantes disminuyeron mucho luego de que empezó a construir el cerco el año pasado.

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En el Parque de la Amistad ya no hay el caos que había en los años 90, cuando los indocumentados cruzaban la frontera a voluntad. Pero Mike Fisher, director de la oficina de San Diego de la patrulla fronteriza, dice que la gente sigue abriendo agujeros en los cercos y colándose entre los postes de la playa.

“Quiero que la gente pueda venir al parque con sus hijos, sin tener que preocuparse de los contrabandistas”, expresó.

Hilda Olivares vino manejando desde Los Angeles un domingo reciente para hablar con su madre, su hermana y su cuñado a través del alambrado. Pudo haber ido a Tijuana, pero quiso evitar las largas colas en la frontera. Su esposo, Paul, le pasó un dinero a sus parientes políticos.

Carlos Pérez, quien vive en Tijuana, lloró cuando vio a su hija Caszandra, de cinco años, por primera vez en tres años. Ella cruzó el cerco y lo abrazó, también llorando.

“El alambrado hace todo más difícil. Nos divide más todavía”, se lamentó Pérez.

La madre de la niña, Sandra Castillo, ciudadana estadounidense que vive en San Diego, acotó: “Por lo menos tenemos esta forma de conectarnos. Podemos tocarnos”.

En el Parque de la Amistad ya no hay el caos que había en los años 90, cuando los indocumentados cruzaban la frontera a voluntad. Pero Mike Fisher, director de la oficina de San Diego de la patrulla fronteriza, dice que la gente sigue abriendo agujeros en los cercos y colándose entre los postes de la playa.

“Quiero que la gente pueda venir al parque con sus hijos, sin tener que preocuparse de los contrabandistas”, expresó.

Hilda Olivares vino manejando desde Los Angeles un domingo reciente para hablar con su madre, su hermana y su cuñado a través del alambrado. Pudo haber ido a Tijuana, pero quiso evitar las largas colas en la frontera. Su esposo, Paul, le pasó un dinero a sus parientes políticos.

Carlos Pérez, quien vive en Tijuana, lloró cuando vio a su hija Caszandra, de cinco años, por primera vez en tres años. Ella cruzó el cerco y lo abrazó, también llorando.

“El alambrado hace todo más difícil. Nos divide más todavía”, se lamentó Pérez.

La madre de la niña, Sandra Castillo, ciudadana estadounidense que vive en San Diego, acotó: “Por lo menos tenemos esta forma de conectarnos. Podemos tocarnos”.

Fuente/Autor: AP

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