Para salir de una pandemia, es necesario cuidarse y cuidarnos mutuamente.

Papa Francisco
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B – Domingo 7o. del Tiempo Ordinario
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Meditando La Palabra

B – Domingo 4o. del Tiempo Ordinario

27 de enero de 2020

Sagrada Escritura:

Primera: Deut 18, 15-20
Salmo 94
Segunda: 1Cor 7, 32-35
Evangelio: Mc 1, 21-28

Nexo entre las lecturas

“Enseñar”, “enseñanza” son palabras frecuentes en los textos del Nuevo Testamento. Aparecen también varias veces en la liturgia de este cuarto domingo ordinario. Jesús es presentado por san Marcos como el maestro “que enseña con autoridad”, “una enseñanza nueva” (Evangelio). No es una enseñanza cualquiera, sino la de un profeta, al estilo de Moisés, prototipo del profetismo en la mente de los israelitas, maestro y forjador de su pueblo (primera lectura). San Pablo, como profeta del Nuevo Testamento, imparte a los corintios su enseñanza sobre el matrimonio y el celibato, dos estados y dos caminos para vivir la dedicación y entrega al apostolado en la Comunidad eclesial (segunda lectura). Esta enseñanza profética, nueva y dada con autoridad, se dirige al hombre para que la acoja y sea receptor activo de su eficacia.

Mensaje doctrinal

1. Jesús, el maestro. El hombre, al nacer, no es un ser ya formado; posee sólo la capacidad de educarse. Necesita, por tanto, de maestros. En la historia de la humanidad han existido diversos ámbitos en que el niño y el joven reciben la enseñanza de sus mayores: la familia, la escuela o la universidad, la sinagoga o la iglesia, el ágora, o el foro, la academia o el club de debates, el periódico o la televisión. Todas las enseñanzas que se reciben son -o al menos pueden ser- útiles y enriquecedoras en la obra de la educación de una persona. Jesús no es un concurrente de tales enseñanzas, sino un Maestro que con su enseñanza infunde un alma a todas las demás. Porque su enseñanza incide en la historia, pero mira además al mundo del futuro, más allá de la historia. Jesús tampoco se presenta ni aparece en los evangelios como un contrincante de los maestros religiosos del pueblo judío -y podríamos añadir de los pueblos paganos-, sino como el Maestro que lleva a plenitud toda la enseñanza religiosa del pasado y sobre todo goza del poder de Dios para hacerla eficaz en la vida de los hombres y al servicio de su bien integral. Así es como Jesús, ante la enseñanza de los escribas, pobre de fuerza divina y hecha de fórmulas cristalizadas en la tradición de los mayores, se muestra en el evangelio como el Maestro por excelencia, que posee propia autoridad en virtud del poder de Dios que en él actúa, y que hace pensar a los oyentes en una enseñanza nueva, es decir, definitiva, porque en ella se funden palabra y acción, sentido y eficacia.

2. Prefiguración y prolongación de la palabra. Ya en la tradición judía el profeta de la primera lectura era interpretado como prefiguración del Mesías, que debería aparecer ante sus contemporáneos como otro Moisés, es decir como un profeta y maestro legislador y forjador del nuevo pueblo. No es difícil imaginar que Jesús mismo -y con él los primeros cristianos- se apropiaran esta prefiguración al ser Jesús el Mesías esperado y al ser la comunidad cristiana el nuevo pueblo forjado por la enseñanza y la acción de Jesucristo entre los hombres. Siendo Jesús el profeta por excelencia, él es la clave de toque del verdadero o falso profetismo, como es igualmente el punto de referencia y el juez de cualquier otra forma de profetismo extrabíblico (en tiempo del deuteronomista eran los profetas cananeos del dios Baal). Pablo, por su parte, (vale lo mismo para cualquier otro “maestro” de las comunidades cristianas ¿no es un profeta o maestro autónomo, sino que su enseñanza hace referencia a Cristo Maestro o es una enseñanza iluminada por la presencia de Cristo glorioso en los labios o en la pluma de Pablo, bajo la acción viva y vivificante del Espíritu Santo. Pablo enseña con autoridad, pero no propia, sino la misma autoridad de Cristo presente en él por el poder del Espíritu. Pablo enseña que hay dos estados de vida: matrimonio y virginidad, ambos don de Dios, ambos llamados a la dedicación y entrega en el apostolado. Pero a la vez enseña que el célibe está en condiciones de vivir más radicalmente esa dedicación y entrega apostólicas que quien vive en compromiso matrimonial.

3. A la escucha de la palabra. Toda palabra o enseñanza es como una llamada que espera una respuesta. La enseñanza, por tanto, tiene una estructura dialogal por su misma naturaleza. Se puede aceptar, rechazar o discutir la enseñanza, pero es obligado dialogar con ella. Cuando se trata de la enseñanza evangélica y cristiana , no cabe otra respuesta que la acogida. Una acogida que es primeramente aceptación de la enseñanza recibida, porque es “enseñanza de Dios”. Una acogida que lleva una carga no pequeña de estupor, porque se trata de enseñanzas nuevas, que no se escuchan de “otros maestros” a los que diariamente uno escucha. Una acogida que comporta quizá algo de temor reverencial, porque en definitiva se trata de acoger “el misterio” de Dios en nuestra vida tan impregnada de materia y de pensamientos terrenos. Una acogida que, sin embargo, lleva el sello de la victoria sobre las cosas importantes (el sentido de la vida y de la muerte, la realidad del más allá, el amor a Dios y al prójimo como esencia de la existencia). Una acogida, finalmente, que no puede callarse, sino que conduce a la difusión de la enseñanza aprendida, porque “no podemos callar lo que hemos visto y oído”.

Sugerencias pastorales

1. Una palabra viva. En el gran mercado de la palabra, hay existente y agobiante, no es fácil encontrar una palabra viva y vivificadora. ¿Cuántas palabras , cuántas “enseñanzas” llegan hoy al oído del hombre, del cristiano? ¡Millones! Entre todos esos millones de palabras, ¿dónde está la palabra que dé vida y alimente el alma en ese día? El maestro cristiano (sacerdote, padre de familia, catequista…), actualizando la enseñanza de Jesucristo debe decir palabras vivas, palabras con fuerza de eternidad, que no pasen sino que perduren y den sentido y sirvan de crisol a todos los millones de otras palabras escuchadas. Ante esta realidad tan estupenda, uno siente la tentación de preguntarse por qué a veces son tan aburridas las clases de religión o las homilías dominicales. ¿Qué estamos haciendo con la Palabra Viva? ¿Por qué, siendo viva, no logra vivificar el corazón del predicador cristiano y del oyente? Algo está pasando que hace de la Palabra viva y eficaz una palabra quizá estéril y muerta, o al menos sin garra o impulso vital y transformador. Oremos todos para que los maestros de la Palabra lleven siempre en sus labios y en su corazón la Palabra de Vida.

2. Actitud ante el maestro. Cuando la palabra del maestro no es viva ni vivificante, no podemos esperar otra actitud sino el aburrimiento y el rechazo. Esto es tan evidente casi como un axioma. Pero, ¿por qué, incluso cuando la palabra está llena de vida e infunde vida, no es escuchada ni acogida? Ya Jesús tuvo que afrontar este rechazo de su Palabra, porque los hombres encontraban “duras” sus enseñanzas. Y Pablo, ¿no tuvo acaso que hacer frente a tantos que no mostraban interés por su evangelio o simplemente lo rechazaban? No nos debe extrañar que la Palabra Viva sea como un parteaguas que divide a los hombres entre quienes la acogen o la rechazan. La Palabra Viva se escucha en la libertad y para hacer hombres libres, pero hay quienes eligen ejercer su libre albredío rechazando la fuente de la libertad. La Palabra Viva es como una semilla que cae en tierra buena, pero está dura, no tiene profundidad, está repleta de hierbajos. Pidamos a Dios que con su gracia limpie y cultive su campo, de modo que los hombres -nuestros feligreses, nuestros alumnos, nuestros hijos- acepten la Palabra Viva para que dé en su corazón y en sus obras frutos abundantes.

Fuente/Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net

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