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27 de enero de 2020

Sagrada Escritura:
Jon 3,1-5.10
Sal 25
1Co 7, 29-31
Mc 1, 14-20

Nexo entre las lecturas

Convertirse, he aquí la palabra clave de este domingo. Los ninivitas, ante la predicación amenazante de Jonás, hacen penitencia y se convierten. Jesús, según el evangelio de Marcos, comienza su predicación en Galilea invitando a la conversión: “Convertíos y creed en el Evangelio”. En la segunda lectura se nos señalan las consecuencias de la verdadera conversión, porque el verdadero convertido vive con la conciencia de que la apariencia de este mundo pasa.

Mensaje doctrinal

1. Dios quiere la conversión. Puesto que Dios ama al hombre y desea que éste sea feliz, quiere que se convierta y viva. Convertirse significa dejar el camino equivocado de una felicidad aparente y enderezar los pasos hacia el camino del bien, de la verdad y de la plenitud. Esto es lo que hicieron los ninivitas cuando Jonás predicó en su ciudad la destrucción a causa de su mala conducta. Esto es lo que hicieron igualmente Pedro y Andrés, Santiago y Juan cuando Jesús les llamó a su seguimiento: dejando el camino en el que se encontraban, siguieron el camino de Jesús. En la vida de la Iglesia, el bautismo es el lugar de la conversión primera y fundamental; pero la llamada de Cristo a la conversión, a impulsos de la gracia, sigue resonando en la vida de los cristianos, como tarea ininterrumpida de penitencia y renovación. (cf. CIC 1427-1428).

2. Conversión, fe, seguimiento. La conversión es a la vez una llamada y una respuesta. Dios nos llama a convertirnos y el hombre responde con la conversión, gracias al don de la fe. En base a la fe en Dios, el hombre se convierte y vive la experiencia nueva de vivir orientado hacia Él. La fe que previene la conversión, también la acompaña y la sigue para dar frutos de conversión en la conducta y vida diarias. Una conversión sin el acompañamiento de la fe no sería otra cosa sino un puro y momentáneo sentimiento, un “fervorín” suscitado por una experiencia fuerte. Es decir, se reduciría a algo superficial y desprovisto de futuro. Sin embargo, cuando la conversión se funda en la fe y es acompañada por ésta, entonces lo más natural es que culmine con el seguimiento: ir pisando las mismas huellas de Cristo en el camino de la vida. En tiempo de Jesús, eran los discípulos los que escogían al rabino o maestro; Jesús hace al contrario: es él quien elige y dice a sus elegidos: sigue mis pasos, camina tras mis huellas. Así serás mi verdadero discípulo.

3. ¿Por qué convertirse? San Pablo en la segunda lectura nos lo dice: “El tiempo se acaba… la apariencia de este mundo está a punto de acabar”. En otros términos, convertirse implica un doble motivo: primeramente, la conciencia de que este mundo no es eterno, es más bien efímero y pasajero; y en segundo lugar, la convicción de fe de que sólo Dios ha vencido el tiempo, no pasa, vive en el reino de lo eterno. La fugacidad de la vida humana y la eternidad de Dios, Padre rico en amor y misericordia, son dos verdades complementarias con las que se debe motivar toda verdadera conversión. Si hubiese otros motivos, habrá que pensar que son espurios y por tanto no dignos de consideración. ¿Es necesario convertirse? En el mundo y la mentalidad actuales, hay muchos que están alejados de Dios, adoptan comportamientos inmorales en el ámbito familiar o profesional, son extraños a la vida de la comunidad parroquial o eclesial… y con todo se creen que llevan una vida buena, que carecen de toda culpa, que no hacen mal a nadie, y por consiguiente que no tienen necesidad de conversión. ¿De qué habrá de convertirse cuando el hombre cree estar en el buen camino? Este es el verdadero drama de nuestro tiempo. La lujuria no es un pecado, simplemente es una evasión; el drogarse es en unos casos una necesidad, en otros se presenta como una exigencia del medio ambiente juvenil. El murmurar o calumniar al prójimo es un convencionalismo social o un requerimiento del propio medro. La infidelidad matrimonial se reduce a una “escapada” sea en la realidad sea en los sueños. Quienes así piensan y actúan no ven necesidad alguna de convertirse, porque su comportamiento es “normal” y es aceptado socialmente. ¿Qué es lo que ha pasado en la Iglesia, entre los cristianos, para que muchos hermanos nuestros en la fe actúen de esta manera? Merece que examinemos a fondo este punto, no sea que incluso los mismos sacerdotes estén pensando que la conversión no les atañe ni tienen necesidad alguna de ella.

Sugerencias pastorales

1. La fe opera la conversión. La fe es la respuesta del hombre a la revelación que Dios nos hace de su verdad y de nuestro bien. Siendo verdad de Dios, no nuestra, tiene la impronta de la objetividad y por tanto debe medir nuestro comportamiento. Esa verdad de Dios para nuestro bien la encontramos en la doctrina dogmática y moral de la Iglesia. Reconocer esto es indispensable para abrir el alma a la conversión, mientras que no reconocerlo es cerrar la puerta a toda posibilidad de convertirse. ¿Creemos los cristianos en todas las enseñanzas que la Iglesia nos propone a nuestra inteligencia y a nuestra fe? ¿Son las verdades de fe y de moral, enseñadas por la Iglesia, los parámetros con los que medimos nuestra conducta? ¿Predican los sacerdotes la conversión como realidad que nace de la fe, que es labor permanente, que tiene una regla objetiva? Año tras año, siglo tras siglo, milenio tras milenio, Jesucristo continúa invitando a la conversión. ¿Será escuchado en el tercer milenio que apenas estamos comenzando? Seguir a Cristo hoy no puede equivaler a un certificado de buena conducta, a algo bien visto en el ambiente social en que vivo, a una moda pasajera y extravagante. El auténtico seguimiento de Cristo no puede hacerse sin una verdadera conversión, obra de una fe objetiva, intensa y profunda.

Fuente/Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net

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