Para salir de una pandemia, es necesario cuidarse y cuidarnos mutuamente.

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B – Domingo 4o. del Tiempo Ordinario
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Meditando La Palabra

B – Domingo 2o. del Tiempo Ordinario

27 de enero de 2020

Primera: 1Sam 3,3-10.19
Segunda: 1Cor 6,13-15.17-20
Salmo 40
Evangelio: Jn 1, 35-42

Nexo entre las lecturas

La llamada o vocación ocupa el centro de las lecturas de este domingo, con que inicia el tiempo ordinario. Una llamada al seguimiento, es decir, a permanecer con Jesucristo, como los dos discípulos del Evangelio. Una llamada a la que hay que dar una respuesta generosa, como hizo Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha” (primera lectura). Una llamada que implica una “expoliación”, un no pertenecerse a sí mismo, sino a Dios y a su Espíritu; de ahí, la clara conciencia y exigencia de una vida pura, lejos de la lujuria y de todo aquello que contravenga la pertenencia al Señor (segunda lectura).

Mensaje doctrinal

1. La llamada. En el origen de la concepción cristiana de la vida está la realidad de una llamada. Dios que llama a la existencia, a la fe cristiana, a la vida laical, consagrada o sacerdotal, al encuentro feliz con Él en la eternidad. Esta llamada implica ya en sí la conciencia de que el hombre no es absolutamente autónomo. Depende de Alguien que pronuncia su nombre, le llama. En el origen mismo de la existencia está el llamado de Dios, y el mismo desarrollo de la vida no será sino el desarrollo de las llamadas divinas. En este contexto general de la llamada, se sitúa la vocación sacerdotal, esa llamada que Dios dirige a unos pocos hombres para estar con Él y para establecer puentes entre Él y los hombres. Todo hombre, todo sacerdote, es un “llamado”, y en la correcta respuesta a la llamada se juega su identidad, su realización personal, y su felicidad temporal y eterna. Un lugar y un modo de llamar. Cada vocación a la vida sacerdotal, – vale igual para la vida consagrada – es irrepetible en el tiempo, en el espacio y en el modo. Y, además, no somos los hombres los que determinamos estas circunstancias, sino el mismo Dios que llama. Dios puede llamar a los 12, 15, 18, 23 ó 34 años, sin que tengamos los hombres derecho alguno para replicar: ¿Por qué me llamaste tan temprano? ¿Por qué me llamastre tan tarde? El lugar y el momento es también Dios quien lo elige. En la escuela, en casa, en una discoteca, en una iglesia. ¿Y qué decir sobre el modo tan variado como Dios va llamando a los hombres al ministerio sacerdotal? ¿Y sobre el proceso tan original mediante el cual Dios manifiesta su voluntad y lleva al hombre hacia una respuesta?

2. Algunos aspectos del llamado. El primer paso de la llamada es la búsqueda que el mismo Dios siembra en el corazón del hombre. La inquietud, que entraña la búsqueda, surge espontánea en el hombre, pero es Dios quien la ha puesto, como paso previo de la vocación. Así la llamada divina aparece, a los ojos del hombre, como una desembocadura de su inquietud y de su búsqueda. A los dos discípulos que iban tras él, junto a la ribera del Jordán, Jesucristo les pregunta: ¿Qué buscáis? No buscarían si Dios no hubiese metido en ellos el deseo de buscar, pero la búsqueda misma es algo personal, intransferible; es ya una primera respuesta. A quien de alguna manera “busca”, Dios no le llama, al menos de modo ordinario, por vía directa, sino a través de las mediaciones humanas: Elí fue el mediador entre Dios y Samuel, Jesús lo fue entre Dios y los primeros discípulos. Para el cristiano, la Iglesia, que es el “lugar” de la salvación, es también el lugar de la “mediación”; es en ella y a través de ella que Dios continúa llamando a los hombres. Una llamada al sacerdocio al margen de la Iglesia es inconcebible. En todo caso, habrá que decir que no es una llamada divina.

La vocación sacerdotal es una llamada al despojamiento, a la expropiación de uno mismo para llegar a ser propiedad exclusiva de Dios. Aquí radica el motivo fundamental del celibato sacerdotal, y el derecho de la Iglesia a pedirlo. Pero, la vocación es despojamiento que entraña revestimiento, expropiación que implica apropiación, expoliación que conduce a la posesión. En este proceso el hombre no se “enajena”, no sufre una alienación de su personalidad. Al contrario, alcanza el máximo grado de identidad y de autorrealización al responder en plena conciencia y libertad a la voz divina.

3. Respuesta al llamado. Cuando alguien llama a otra persona, ésta tiene que dar necesariamente una respuesta. Puede ser positiva, negativa, neutra e indiferente. Lo que el hombre no puede hacer es dejar la llamada sin respuesta. Cuando Jesús a los dos discípulos les dice: “Venid y veréis”, éstos ¿qué hicieron? “Se fueron con él, vieron dónde vivía y pasaron con él aquel día”. Y cuando Samuel se entera de que es Dios que le llama, no duda en responder: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”. El hombre es libre para dar una u otra respuesta, pero está obligado a dar una respuesta, dada su intrínseca condición de llamado.

Sugerencias pastorales

1. Respuestas audaces. En nuestro mundo, en nuestro ambiente Dios continúa llamando al sacerdocio y a la vida consagrada, como lo ha hecho a lo largo de toda la historia de la salvación. Sin embargo, se constata un descenso muy notable en el número de respuestas afirmativas y, consiguientemente, en el número de vocaciones sacerdotales, aunque en el último decenio la flexión descendente se ha detenido y parece que comienza de nuevo un movimiento ascendente en el número de vocaciones. Si bien hay factores culturales e históricos que han podido influir, – y son de todos conocidos -, no pienso que los cristianos estemos exentos de cierta responsabilidad en todo este asunto. Quizá no hemos hecho lo suficiente – o incluso hemos hecho muy poco – para promover, renovar y reavivar nuestra fe, después del gran acontecimiento eclesial que fue el Concilio Vaticano II. Tal vez hemos pensado que las vocaciones es cuestión de la que se deben interesar los “curas” y, si somos curas, los encargados de la pastoral vocacional. El ambiente en que crecen los jóvenes hoy en día requiere de respuestas audaces y contra corriente. La comunidad parroquial y diocesana debe sostenerles y apoyarles en tales respuestas. Está en juego el futuro de la comunidad creyente y de la misma Iglesia. Con la ayuda de todos, la audacia de la respuesta será más sólida y convincente.

2. ¿A qué llama el Señor? Ante todo, llama a pertenecerle y a estar con Él. El llamado al sacerdocio tiene que estar convencido de que su vocación es una relación particular con Dios y con nuestro Señor Jesucristo. Sin una espiritualidad consistente y bien fundada, el llamado cederá fácilmente a los reclamos del mundo y se derrumbará, como un castillo de naipes. Dios, pues, llama ante todo a ser radical y exclusivo en el amor a Él, para con Él y desde Él abrir el alma y el corazón a todos los hombres. Por eso, Dios llama también al ministerio de la salvación. El sacerdote sirve al hombre, proponiéndole la salvación de Dios. Aquí está su propuesta específica. Todo lo demás está en función de ella. ¿No ha sucedido en estos últimos decenios, en no pocos casos, que el sacerdote se ha dedicado más al servicio social que al ministerio de la salvación? He aquí un tema de reflexión para todos los sacerdotes. Si la Iglesia es la comunidad de los que esperan la venida del Señor, ¿no es verdad que fácilmente se han olvidado en la predicación, en la instrucción catequética, en el consejo y en el acompañamiento espiritual la gran realidad de las verdades últimas de la existencia terrena del hombre? Hay aquí una importante tarea que realizar al inicio del tercer milenio de la era cristiana.

Fuente/Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net

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