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Meditando La Palabra

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27 de enero de 2020

Ml 1,14b-2,2b.8-10
Sal 10
1Ts 2,7b-9.13
Mt 23, 1-12

Nexo entre las lecturas

El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido. En estas palabras se condensa el mensaje bíblico de este trigésimo primer domingo del tiempo ordinario. Jesús nos presenta en admirable síntesis el camino de servicio, de sacrificio y humillación que es propio del cristiano y, en especial, del sacerdote. El evangelio nos ofrece una dura crítica de Jesús a los escribas y fariseos, porque hacen todo sin pureza de corazón. Detrás de su celo por la observancia de la ley se esconden intenciones inconfesables (EV). Ya en el siglo V a.C. el libro de Malaquías amonestaba a los sacerdotes que no obedecían al Señor, ni daban gloria a su nombre. A estos sacerdotes se les amenaza con cambiar su bendición en maldición. Se han apartado del camino y han hecho tropezar a muchos (1L). Todo lo contrario a estos sacerdotes es el testimonio de Pablo en la evangelización de Tesalónica: él se preocupa de los fieles como una madre se preocupa de sus hijos; desea no sólo entregar el evangelio, sino su misma persona; trabaja, se fatiga, da ejemplo, para no ser gravoso a nadie. Se alegra porque acogen la Palabra, no como palabra humana, sino como es en verdad, como Palabra de Dios. Pablo es el apóstol que sabe humillarse y por eso es enaltecido (2L).

Mensaje doctrinal

1. La trascendencia de Dios y el culto de sus sacerdotes. La lectura del profeta Malaquías inicia poniendo de relieve que el Señor es rey soberano, señor de los ejércitos, rey grande. Todos estos títulos, comunes a la literatura profética, ponen de relieve, como lo hemos visto en domingos precedentes, la trascendencia de Dios. Dios es Dios. Es trascendente. Ante él tiemblan las naciones y nada se resiste a su poder. Las teofanías del Antiguo Testamento subrayan elocuentemente esta trascendencia: a Dios “no se le puede ver”, el “es el que es”, “en sus manos están los destinos del orbe”, es el creador y “no tiene necesidad de la ayuda de nadie”. Este Dios se muestra celoso ante los sacerdotes del Antiguo Testamento que se sirven del culto para sus propias ganancias. Ya no son servidores de la Alianza. La violan e invalidan los preceptos de Yahveh.

En el evangelio encontramos también una dura crítica a aquellos encargados de explicar la ley, de interpretarla y administrar justicia. Se trata de una llamada de atención a los escribas que eran los conocedores y maestros de la ley, y a los fariseos que se consideraban “puros” y separados, por la manera como observaban hasta los más mínimos preceptos de la misma ley. Jesús pone en evidencia su hipocresía: dicen unas cosas y hacen otras. Su testimonio de vida no corrobora sus palabras. Así, el Señor invita al pueblo a que hagan lo que ellos dicen, pero que no imiten sus ejemplos. A continuación pone al descubierto toda la incongruencia de sus vidas: lían fardos pesados a la gente, pero no están dispuestos a mover un dedo para ayudarlos; todo lo hacen para que los vean y estimen. Están dispuestos a sacrificar su misión de transmisores de la Palabra de Dios para asegurar sus puestos. No son pastores de las ovejas, sino pastores de sí mismos, como decía el profeta Ezequiel: Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos Ez 34,2. De ellos dirá san Pablo en la carta a los romanos: Pero si tú, que te dices judío y descansas en la ley; que te glorías en Dios; que conoces su voluntad; que disciernes lo mejor, amaestrado por la ley, y te jactas de ser guía de ciegos, luz de los que andan en tinieblas, educador de ignorantes, maestro de niños, porque posees en la ley la expresión misma de la ciencia y de la verdad… pues bien, tú que instruyes a los otros ¡a ti mismo no te instruyes! Predicas: ¡no robar!, y ¡robas! Prohíbes el adulterio, y ¡adulteras! Aborreces los ídolos, y ¡saqueas sus templos! Tú que te glorías en la ley, transgrediéndola deshonras a Dios. Porque, como dice la Escritura, el nombre de Dios, por vuestra causa, es blasfemado entre las naciones. Rm 2, 18-24

Cristo, enseña a sus discípulos que no es ése el camino del cristiano. Los cristianos tienen un solo maestro porque todos son instruidos por Dios. Poseen un solo Padre, el del cielo, al que llaman con el dulce apelativo de Padre Nuestro. Reconocen un solo Jefe, Cristo, el Señor. El único honor que deben pretender es de ser servidor es de sus hermanos. He aquí una hermosa definición del cristiano y del sacerdote: el servidor de Dios y de sus hermanos. ¡Qué palabras más maravillosas para la vida y de la misión del hombre en esta tierra! Su vida no es un sin sentido de dolor y sufrimiento, de muerte y de pecado. ¡No! Su vida es propiamente servicio, su vida es entrega, donación sincera de sí mismo a los demás. Y cuanto más altos sean los escaños de autoridad que posea, más profunda y perentoria es su obligación de servicio, a ejemplo del Señor que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. Así, se descubre cuál es el camino del cristiano: el camino de la humillación, el camino del que vence al mal con el bien, el camino del que sufre y lleva todas las adversidades de la vida con paciencia y humildad. ¡Qué distinta es nuestra vida cuando la medimos con los parámetros justos. Cuando vemos que nuestra existencia es un don que, a la vez, debe donarse para dar fruto!

2. La Palabra de Dios. Un segundo elemento doctrinal lo encontramos en las palabras del apóstol a la Iglesia de Tesalónica: no cesamos de dar gracias a Dios, porque, al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como palabra de Dios. Decíamos en el domingo pasado que cuando el apóstol va al encuentro de un pueblo que no ha recibido la Palabra de Dios para anunciarla, va al encuentro de una gracia especial. Dios se hace presente, ilumina la mente de los evangelizados y de los evangelizadores; hace sentir su presencia y su poder de transformación. Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón. Hb 4,12. La Palabra de Dios realiza lo que significa. La Palabra de Dios nos indica que Dios mismo es el autor de una comunicación y que, por eso, se le debe respeto, veneración y obediencia filial. Cuando Dios habla y se revela, se le debe humilde sumisión y el obsequio de la inteligencia y de la voluntad.

Nos corresponde, pro tanto, como a los Tesalonicenses, acoger la palabra de Dios cual es en verdad, como Palabra de Dios y no simplemente como palabra de los hombres que es un simple sonido que pasa.

Sugerencias pastorales

1. Los verdaderos pastores. El ejemplo de Pablo es elocuente y nos invita a todos a revisar nuestra carta de servicio y nuestras responsabilidades de frente a nuestra familia, a nuestra comunidad, a nuestra parroquia. Esta aplicación pastoral se refiere, de modo especial, a los sacerdotes que deben ser verdaderos pastores de la grey a ellos confiada. Ellos deben amar con sinceridad a las ovejas que están bajo su solicitud; ellos no pueden ser mercenarios de tiempo parcial que huyen ante los peligros; no pueden ser fariseos que usurpan la cátedra de Moisés y el lugar de Cristo para buscar sus propias ganancias. El sacerdote no es para sí mismo, sino para las almas, solía decir el Cura de Ars. Las almas deben constituir su máxima ilusión, y debe estar dispuesto a dar su vida por ellas, como san Pablo. Por ello, en el sacerdote no cabe la “ascensión de carrera”, la búsqueda de puestos de honor; la búsqueda de la gloria personal. Cuanto más humilde es el sacerdote, tanto más y mejor transmite a Dios. Sin que él se dé cuenta esta humildad vence las resistencias de su fieles y los conduce por vías de santidad. El sacerdote es el pastor de las ovejas: debe dar la vida por ellas. Y dar la vida es algo muy concreto: es predicar, es salir al encuentro, es visitar al enfermo, instruir al ignorante, aconsejar al que duda. Dar la vida, es afrontar el desafío de la nueva evangelización, es desgastarse un día y otro sin medida para que no se pierda ninguno. Dar la vida es gastarse y entregarse por las almas, sin perdonar cansancios o dificultades. Sobre todo, dar la vida es no perder nunca la esperanza de la conversión de sus almas. Los fieles tienen derecho a encontrar en su sacerdote al hombre que los anima a mirar al futuro con esperanza. El, a pesar de todos los problemas actuales, sigue siendo el punto de referencia moral y de instrucción religiosa. ¡Cómo nos estimula el ejemplo de los sacerdotes mártires del siglo pasado! El ejemplo de un Titus Brandsman que hace adoración eucarística en su barraca, después de todo un día de trabajos forzados, y que perdona en el último momento a la enfermera que le aplica la inyección fatal. El ejemplo de un Karl Leisner que es ordenado en el campo de concentración y alcanza a celebrar una sola misa. El ejemplo de un Jakob Gapp que en la noche antes de ser guillotinado escribe:

“He aquí que llego al final de la batalla.
Arrestado hace casi ocho meses por defender la fe cristiana,
el pasado día del Sagrado Corazón,
me anunciaron mi condena a muerte.

Me he batido sólo por una causa:
que los hombres alcancen libremente la salvación eterna.
He defendido la fe con mis palabras y con mis obras,
llega el momento de hacerlo con la vida entera.

Hoy tendrá efecto la sentencia.
A las siete me presentaré ante mi buen Salvador
a quien siempre he amado ardientemente.
No os entristezcáis por mí.
Todo pasa sólo el cielo queda
He vivido, sin duda, momentos muy amargos, desde mi detención.

He vivido días hundido en la más obscura tristeza,
pero he tenido la oportunidad de prepararme mejor para mi muerte.
Derramar la sangre por Cristo y por su Iglesia
ha venido a constituir mi mayor ilusión.

Después de haber luchado por largo tiempo contra mí mismo,
he llegado a considerar este día como el más bello de mi vida
Hoy el sacerdocio me aparece más claro y atractivo”.

(Extractos de la carta escrita por el P.Gapp el 13 de agosto de 1943 poco antes de ser guillotinado)

Fuente/Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net

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