Para salir de una pandemia, es necesario cuidarse y cuidarnos mutuamente.

Papa Francisco
A – Domingo 25o. del Tiempo Ordinario
01/27/2020
He venido a salvar a los hombres
01/27/2020

Meditando La Palabra

A – Domingo 26o. del Tiempo Ordinario

27 de enero de 2020

Primera: Ez 18,25-28
Salmo 24
Segunda: Fil 2,1-11
Evangelio: Mt 21, 28-32

Nexo entre las lecturas.

Uno de los temas de fondo de este domingo, y sobre el cual nos gustaría meditar, es el de la conversión del alma a Dios. En efecto, el texto del profeta Ezequías hablándonos de la responsabilidad personal, quiere mostrarnos que cada uno tiene el grave deber y la hermosa responsabilidad de convertir su alma a Dios. La retribución de nuestras obras es algo personal. Cada uno será premiado o castigado por sus propias obras, en consecuencia, es necesario que cada uno oriente su vida hacia Dios con amor y se arrepienta de sus pecados (1L). En el evangelio esta enseñanza se profundiza ante la predicación del Bautista y ante la llegada del Mesías, Cristo el Señor. No basta obedecer sólo de palabra los mandamientos de Dios, es necesario que las obras acompañen nuestras palabras. Esto es verdadera conversión. Por esta razón, como dice el evangelista, los publicanos y las prostitutas precederán a los maestros de la ley en el Reino de los cielos. Mientras los primeros dijeron “no” a la voluntad de Dios, pero después se convirtieron de su mala conducta; los segundos, es decir, los maestros de la ley, creyéndose justos, no sentían la necesidad de convertirse y de hacer penitencia por sus pecados. Con sus palabras decían “sí” a Dios, pero sus obras eran distintas. ¡Qué grande peligro el de sentirse justo y no necesitado de arrepentimiento! (EV). La carta a los filipenses, por su parte, nos ofrece el modelo del cristiano: la humildad y el abajamiento de Cristo el Señor que cumple en todo y fielmente la voluntad Padre. (2L).

Mensaje doctrinal

1. La responsabilidad personal y la conversión. El capítulo 18 del profeta Ezequías ha sido llamado con razón el capítulo de la responsabilidad personal o de la retribución personal. Para entender de qué se trata es preciso enmarcar históricamente el texto. El pueblo se encuentra en el exilio después de la caída de Jerusalén. La tradición teológica interpretaba lo sucedido como el resultado de las prevaricaciones y las infidelidades del pueblo a lo largo de su historia. En realidad, se trataba de una situación fatal e ineludible que la generación presente debía arrostrar. Ellos soportaban las culpas y pecados de sus antepasados y no les quedaba otro destino. Al mismo tiempo, el pueblo experimentaba que el castigo era superior a las culpas que él mismo había cometido. Se sentía tratado injustamente.

En este estado de cosas, surgía la pregunta esencial: ¿dónde ha quedado el amor de Dios? ¿Dónde está el Dios de Abraham, de Issac, de Jacob? ¿Qué ha sido de la promesa del Señor? Daba la impresión de que Yahveh rompía su Alianza: el templo había sido destruido; Jerusalén, la ciudad santa, había sido saqueada y devastada, ardía en llamas; el pueblo, deportado… Todo era, pues, desaliento, decaimiento y derrota.

El profeta Ezequiel se levanta con fuerte y firme voz y encamina al pueblo por distinta ruta. Así, enuncia el principio general: “Cada uno sufrirá la muerte por su propio pecado”. Es decir, la responsabilidad es personal y cada uno responderá de sus propios actos. Asimismo, la retribución también es personal. Efectivamente los actos pasados influyen y condicionan de algún modo el presente, pero no son una herencia fatal, un “fatum” al estilo de una tragedia griega. Ciertamente será difícil liberarse de las condiciones del pasado, pero es posible porque “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. Así, el tema de la responsabilidad personal apunta al tema, aún más profundo, de la conversión del pecador.

No, Dios no es injusto en su proceder. Cuando nos encaramos con él y le acusamos de algún modo de nuestras desgracias, debemos de ir más a fondo en el alma y descubrir la verdad de nuestras miserias y la verdad de su amor infinito y paciente. Pero esto sólo lo descubrimos cuando experimentamos el amor de Dios en Cristo Jesús; cuando nos damos cuenta de lo que ha significado la Encarnación; cuando entramos en el misterio de la redención y comprendemos que tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16) A este respecto es muy ilustrativo lo que el Papa Juan Pablo II escribió en su libro Cruzando el umbral de la Esperanza, 11: “La elocuencia definitiva del Viernes Santo es la siguiente: Hombre, tú que juzgas a Dios, que le ordenas que se justifique ante tu tribunal, piensa en ti mismo, mira si no eres tú el responsable de la muerte de este Condenado, si el juicio contra Dios no es en realidad un juicio contra ti mismo. Reflexiona y juzga si este juicio y su resultado _la Cruz y luego la Resurrección_ no son para ti el único camino de salvación”. Así pues, la elocuencia del Viernes Santo es la del amor de Dios que quiere que ninguna se pierda, sino que el pecador se convierta de su mala vida.

En el evangelio se hace evidente la tragedia de los que se creen justos. Los sumos sacerdotes y los ancianos del templo no acogen el mensaje de penitencia. Creen que no tienen necesidad de él. Ellos observan la ley, se consideran justificados, practican las normas externas y se muestran seguros de su excelencia; los otros eran pobres ignorantes de la ley. ¡Cuán errados estaban! Al excluirse del grupo de los pecadores, se auto-excluían de la misericordia de Dios, de su perdón y su eterna bondad. Por ello, con sus palabras decían “sí” a la voluntad de Dios, pero sus obras no eran buenas, no practicaban la justicia y el derecho, eran hipócritas, sepulcros blanqueados, no amaban la verdad. En cambio, los pecadores públicos, aquellos que claramente habían dicho “no” a Dios y a su voluntad, al escuchar la predicación del Bautista, cambian, se arrepienten, se sienten interpelados en su conducta, se dan cuenta de su miseria moral delante del poder y la majestad de Dios, y se convierten. Primero dicen “no”, pero luego dicen “sí”.

Aquí, es importante recordar las palabras de la encíclica Redemptoris missio: “Todo hombre, por tanto, es invitado a convertirse y creer en el amor misericordioso predicado por él (por Cristo); el Reino crecerá en la medida en que cada hombre aprenda a dirigirse a Dios como a un Padre en la intimidad de la oración y se esfuerce en cumplir su voluntad” (Juan Pablo II, Redemptoris missio 13). En realidad se nos muestra que “todos estamos necesitados de conversión”. No hay quien pueda arrojar, sin pecado, la primera piedra.

2. Cristo es el Señor. El himno cristológico de la carta a los filipenses es uno de los textos fundamentales en la elaboración de la cristología. En este himno el centro en torno al cual gira la reflexión es la frase final: Jesucristo es Señor. “En la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés (cf. Ex 3, 14), YHWH, es traducido por “Kyrios” [“Señor”]. Señor se convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte el título “Señor” para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios (cf. 1 Co 2,8). (Cf. Catecismo de la Iglesia católica 446).

Así pues, el himno de filipenses indica claramente la perfecta divinidad y la perfecta humanidad de Cristo. Pues bien, Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. En este himno no se habla de los discursos del Señor, de sus enseñanzas, sino de sus obras: se despojó, tomó la condición de esclavo, se sometió incluso a la muerte. El nos enseña el camino que debe seguir el cristiano: el camino de la obediencia a los planes divinos, el camino de la humildad, el camino del cumplimiento de la voluntad de Dios en las obras, no solo en las palabras. Aquí admiramos el poder de Cristo: un poder muy distinto del humano que desea imponer y hacer la propia voluntad. El poder de Cristo es el poder de la obediencia al Padre, es el poder el amor y de la verdad, es el poder del que sirve y da la vida por los amigos. Cristo es Señor. Él tiene el nombre sobre todo nombre, y ésta es nuestra esperanza. Podemos esperar en el poder de Dios. Un poder que actúa en este mundo, lo cambia por dentro. Un poder que no se ejerce despóticamente, sino amorosamente. ¡Cristo es nuestra esperanza!

Sugerencias pastorales

1. La práctica del examen de conciencia. Cada día debemos convertirnos un poco más al Padre de las misericordias. En efecto, al entrar dentro de nosotros mismos advertimos la “inadecuación” entre nuestro ser, nuestra identidad como hombres y como cristianos, y nuestro obrar diario. Observamos cuán frágiles y necesitados de perdón y misericordia estamos. Pues bien, un camino óptimo para realizar este camino de conversión es el diario examen de conciencia. Se trata de reservar unos minutos a la mitad de la jornada o al final de la misma, para examinar nuestro itinerario en la vivencia de nuestros compromisos; para revisar la andadura de nuestro amor, de nuestra entrega a los demás, del cumplimiento de nuestros deberes.

La falta del sentido del pecado, que es uno de los grandes males de nuestra época, se debe, en parte, a esta incapacidad para entrar dentro de nuestro corazón y ver que, junto a cosas muy buenas, hay también desamor, infidelidad, menor correspondencia al amor de Dios. Por ello, la promoción del examen diario de conciencia en un ambiente de fe y oración, de esperanza y sincera conversión, será uno de los medios que más pueden ayudar a los fieles en su vida diaria.

El examen, por otra parte, no es un momento de escrúpulo o desprecio de sí mismo. Por el contrario es el momento del resurgimiento interior, es el momento del “abrazo del Padre de las misericordias” a pesar de nuestras miserias y debilidades. El alma que hace examen de conciencia, descubre a Dios en su alma e inicia un camino de conversión y transformación que no conoce límite.

Un poeta de nuestro tiempo lo expresaba de este modo

Señor, hoy que he vuelto a encontrarte
después de tanto tiempo transcurrido,
no permitas que el corazón arrepentido
olvide nuevamente cómo amarte.

Después de tantos años sepultado.
entre las sombras del pecado prisionero,
no me abandones Señor, que yo no quiero
sentirme otra vez desesperado.

De mi vida anterior, perdóname la herida,
fui culpable y me arrepiento,
ayúdame Señor, dame fe, dame aliento
para que cuando llegue la muerte, me des vida.

(Andrés del Puerto Bello, Señor, Poesías inéditas)

2. Importancia de manifestar la propia fe en las obras de cada día. Una segunda aplicación pastoral se refiere a la importancia de que nuestra fe se exprese en obras. Ahora más que nunca, el mundo está necesitado de la manifestación de los hijos de Dios; ahora más que nunca, todo cristiano está llamado a no considerar su fe y su vida cristiana como algo exclusivamente privado. Como cristianos estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe. El mundo está necesitado de que cada cristiano asuma su propia responsabilidad. A imitación de Cristo, nos corresponde emprender aquellas tareas que más dignifican al hombre, lo hacen más hombre, lo promueven en su dignidad. Ante esas fuerzas misteriosas del mal presentes en el mundo y que se manifiestan de muchos y diversos modos, no debemos desalentarnos ni quedarnos pasivos, hemos de proclamar la verdad del amor de Dios en Cristo. Hemos de esforzarnos por influir en la opinión pública; hemos de poner en pie organizaciones a nivel parroquial o ciudadano que promuevan los valores cristianos: valores entre los jóvenes y entre las familias. ¡Cuánto bien podemos hacer simplemente con ponernos en pie y hacer cuanto esté en nuestra mano para comunicar la fe a quien se encuentra desorientado en la vida! Ojalá sintamos que el amor de Cristo nos apremia. Ojalá sintamos el sufrimiento ajeno como propio. Ojalá descubramos que son, casi sin límites, las posibilidades que hay en nuestras manos de hacer el bien.

Fuente/Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *