Para salir de una pandemia, es necesario cuidarse y cuidarnos mutuamente.

Papa Francisco
A – Domingo 23o. del Tiempo Ordinario
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No hay nada oculto
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Meditando La Palabra

A – Domingo 25o. del Tiempo Ordinario

27 de enero de 2020

Primera: Is 55,6-9
Salmo 144
Segunda: Fil 1,20c-27a
Evangelio: Mt 20, 1-16a
Nexo entre las lecturas

Los planes de Dios superan siempre, y con mucho, los planes humanos. En estas palabras nos parece encontrar un punto de unidad para la meditación en este domingo. El oráculo del profeta Isaías lo dice de modo muy plástico: como el cielo es más alto que la tierra, así mis caminos son más altos que los vuestros. Es decir, para entender el modo de proceder de Dios, tenemos que hacer un esfuerzo de elevación. La mente humana es muy pequeña, muy frágil y sujeta al error. El hombre debe ser consciente de que Dios tiene sus propios planes, y que al ser humano le corresponde amoldarse y acoger el plan de Dios, y no viceversa (1L). Esta misma verdad aparece en el evangelio, que nos habla del Reino y nos lo presenta como un amo del campo que sale a contratar a los jornaleros. Un natural sentido de justicia, nos llevaría a pensar que los jornaleros que han soportado todo el peso de la jornada, deberían recibir más que aquel que apenas ha trabajado alguna hora. Pero, si examinamos con calma, veremos que aquí no hay injusticia alguna. Quien ha trabajado toda la jornada, ha recibido aquello que le había sido prometido. Por lo tanto, dar lo mismo al primero que al de la hora undécima no es injusticia, sino simple liberalidad del amo del terreno. El tema de los planes de Dios, se hace así, el tema de la benevolencia del amor de Dios, que premia, superando con mucho, los méritos humanos. Lo importante, no es tanto la materialidad de las obras, sino el amor que se coloca en ellas. Puede uno pasar el día entero trabajando que obtendrá poco, porque ama poco. Por esta razón: los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos (EV). Esto supone toda una revolución del pensamiento humano, que desea siempre y de modo espontáneo, asegurarse un lugar de preeminencia en las cosas de los hombres. Por otra parte, en este domingo XXV iniciamos la lectura de la carta a los filipenses con un texto espléndido: para mí la vida es Cristo. Lo importante es que llevéis una vida digna del evangelio (2L).

Mensaje doctrinal

1. La grandeza del plan de Dios. La liturgia de este domingo nos pone de frente a la grandeza de los planes de Dios. Planes que no han sido conocidos por la mente humana, ni vistos por ojos humanos, ni escuchados por oídos de hombre. Los planes de Dios no son los planes de los hombres. Los hombres ven la apariencia, el provecho inmediato, Dios ve el corazón y a Él le mueve sólo el amor infinito por su creatura. El hombre entra en contacto con este plan de Dios gracias a la Revelación: Dios se revela a sí mismo, manifiesta su vida íntima. Nos dice quién es y cuáles son sus sentimientos en relación con el hombre. Nuestro Dios es rico en perdón (1L). Nuestro Dios es aquel que está cerca del que lo invoca (Cf. Salmo 144). Es aquel que desea el regreso, la conversión del malvado de su mala conducta.

Sin embargo, no resulta fácil al hombre conformar su pensamiento con el pensamiento de Dios. Demasiados altos son tus caminos para poder entenderlos, parece decir el hombre ante cada paso de Dios, ante cada una de sus actuaciones. Pero, Dios, fiel a su amor, nos muestra el camino de la salvación en su Hijo querido. Por medio de Cristo, camino, verdad y vida, el “misterio insondable, oculto desde la eternidad” se manifiesta, se hace presente, se revela. Y este misterio es que Dios es amor y que Dios nos ama. La parábola de los jornaleros nos muestra que Dios quiere nuestra participación en la construcción de su plan. No desea que seamos espectadores pasivos en la plaza sin hacer nada. Nos desea colaboradores activos, trabajadores de su viña; hombres que aguantan la sed y el calor, y que imprimen un ritmo y una impronta “cristiana” a la sociedad humana, a la vida pública. Pero, hemos de saber que lo importante no es llegar a primera o a última hora en las tareas de la construcción de este Reino; lo importante es tomar conciencia de que, desde el momento de ser llamados, “nuestra vida ha quedado definitivamente comprometida con Dios” y que, por tanto, hemos de trabajar con todas las fuerzas de nuestra alma en la construcción de este Reino en el mundo. No he de perder un solo minuto, no he de permitir que los enemigos de este Reino, el demonio, el mundo y mi propio egoísmo me detengan, me retrasen o me impidan la instauración del Reino de Dios. El Reino no se construye en base a las cualidades humanas y a los esfuerzos terrenos que pongamos, sino en base al amor y liberalidad de Dios que no conocen límite. Sin embargo, este esfuerzo y esta participación humanos son necesarios. Son los “cinco panes y dos peces” indispensables para la multiplicación del alimento. Ante Dios, siempre somos de los “últimos”, aquellos que sólo han trabajado un poco en comparación con los trabajos que Cristo padeció por nosotros. “Para jornal de Gloria no hay trabajo grande”, reza una poesía contemporánea. Conformemos, pues, nuestro pensamiento con el de Dios. Advirtamos que no podemos “conformar nuestra mentalidad con la mentalidad del mundo”, sino por el contrario, debemos impregnar la mentalidad de este mundo con el pensamiento de Dios que es amor que se da sin medida.

2. Invocad al Señor mientras está cerca. ¿Cuándo es el momento en el que Dios está cerca? Se pueden dar varias respuestas a esta pregunta. Por un parte hemos de decir que Dios está cerca “siempre”, porque en él vivimos, nos movemos y existimos.

Dios está cerca también mientras dura la vida. Mientras tenemos la vida, tenemos la ocasión de volver al Señor, de arrepentirnos de nuestra mala conducta, de encontrarlo en el fondo del alma.

Dios está cerca también cuando lo invocamos, aunque no lo sintamos sensiblemente. El salmo de este domingo reza así: Cerca está el Señor de los que lo invocan. Y esto, hasta tal punto de que, “quien le busca, de algún modo, ya lo ha encontrado”, porque Él es rico en clemencia, cariñoso con todas sus creaturas.

Dios está cerca, como lo atestigua la vida de los profetas, en los momentos de mayor abatimiento, cuando la vida parece perder su sentido y orientación, cuando la vocación ya no se ve con el mismo resplandor del día primero, cuando la enfermedad, la persecución, la aparente derrota tocan a las puertas de nuestras vida. Yo soy pobre y desdichado, pero el Señor cuida de mí.

Pablo es un testimonio de la cercanía de Dios hasta el punto de exclamar: Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia. “La vida es Cristo” significa que mi vida ha sido injertada en Cristo y reproduce sus misterios. Cristo vive y obra en mí. Cristo, el Señor, es más íntimo a mí mismo que mi misma interioridad según el pensamiento agustiniano. Que la vida sea Cristo significa que hago mío los amores y los pensamientos de Cristo. Como a él, a mí también me interesa la Gloria del Padre y la salvación de las almas. Mi vida consiste, pues, en ser heraldo del evangelio, anunciar el evangelio en el lugar donde he sido colocado. En la familia, en la vida profesional, en la vida pública, en el púlpito o en el monasterio, en la salud o en la enfermedad, en el éxito o en el fracaso, en el gozo o en las fatigas… toda mi vida es anuncio, toda mi vida es Cristo.

Así, se puede decir que la muerte es una ganancia. No es, ni mucho menos, rechazo o desprecio de la vida presente. Muy por el contrario, es una valoración, y muy honda, de las tareas y responsabilidades del cristiano: jornalero de campo, hombre de fatiga y de sol abrumador; es una valoración de la responsabilidad de ser luz puesta sobre el celemín, pregonero en lo alto de la ciudad, centinela que anuncia la mañana. ¡Qué hermosa es la vida para quien cree en Cristo con fe viva! Es un ofrecimiento, es un vivir junto con Cristo, en Cristo, las fatigas del evangelio. Sólo por esto, la muerte es una ganancia, porque es el encuentro definitivo con el Señor. Es el final del combate de la fe, es el final de la jornada, es el momento del salario de Gloria, es el encuentro definitivo con el amor.

Sugerencias pastorales

1. Adoptar criterios cristianos. Nuestra época, más que otras, nos invita a informar nuestra mente con criterios cristianos. La mentalidad del mundo es un mentalidad de grande confusión. Se ponen en duda valores primarios como el valor de la vida desde su concepción hasta su fin natural. Se ponen en duda valores esenciales, como el valor de la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer. Se ponen en duda los valores de la autoridad y se quiere someter todo a un relativismo que, por lo mismo, resulta un sistema impositivo. El relativismo, llevado a su última consecuencia, se convierte en un sistema totalitario, donde se debe suprimir a aquel que no comparte la idea de la relatividad de la verdad.

Los cristianos estamos llamados a dar un hermoso testimonio de nuestro amor a Cristo y de la belleza de la doctrina cristiana, que en su esencia, es una doctrina fundada en el amor. Ilustremos nuestra fe con lecturas que enriquezcan nuestras mentes. Lecturas sobre todo del Magisterio de la Iglesia que nos sirvan de luz y faro en nuestra travesía por la vida; lecturas de autores probados, hombres sabios, llenos de unción y de amor a Dios; lecturas que nos ayuden a comprender el pasado, a valorar el presente y a mirar el futuro con interés y esperanza. A partir de la edición del Catecismo de la Iglesia Católica, se ha despertado un nuevo interés por la doctrina cristiana. El llevar esta doctrina a todos los hogares, hacerla asequible a la gente sencilla, difundirla por medio de libros y mensajes fáciles de captar y asimilar, es una tarea que nos compete y a la que no podemos renunciar.

2. La laboriosidad. El pasado 1 de mayor (2002) Juan Pablo II mencionó que la laboriosidad es una virtud porque “el trabajo hace que el hombre se haga más hombre”. Descubramos, pues, el valor de nuestros trabajos. Los trabajos en la sociedad, en la vida profesional, en la vida pública; pero también, descubramos la importancia de nuestros trabajos domésticos en la construcción de la propia familia. Cada momento es importante. Cada tarea es irrepetible; cada gesto es un mensaje, cada palabra, un anuncio. “Al final de la vida sólo queda lo hecho por Dios y por los hombres”.

Fuente/Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net

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