Para salir de una pandemia, es necesario cuidarse y cuidarnos mutuamente.

Papa Francisco
A – Domingo 12o. del Tiempo Ordinario
01/27/2020
Confesión de Pedro
01/27/2020

Meditando La Palabra

A – Domingo 13o. del Tiempo Ordinario

27 de enero de 2020

Primera: 2 Re 4,8-11.14-16a
Salmo 88
Segunda: Rm 6,3-4.8-11
Evangelio: Mt 10, 37-42

Nexo entre las lecturas

El texto de la carta de Pablo a los romanos constituye una de las exposiciones más bellas y profundas del sacramento del bautismo. En ella se subraya el binomio muerte-nueva vida y nos ofrece una clave de lectura para la comprensión y profundización de las lecturas. San Pablo explica que el bautismo nos incorpora a la muerte de Cristo para que así como Cristo resucitó de entre los muertos, así también el cristiano camine por una vida nueva. En Cristo estamos muertos al pecado y a las obras de las tinieblas y en Él hemos nacido a una nueva vida (2L). En el evangelio el tema de la nueva vida en Cristo se presenta de modo dramático y excluyente: el que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. Sólo quien da prioridad total a Cristo en la vida, el que muere cada día a sí mismo y toma su cruz, encuentra la vida. Cristo nos pide que no antepongamos nada a su amor, sobre todo, que no antepongamos nuestro egoísmo y amor propio (EV). La primera lectura nos recuerda que toda fecundidad en la vida proviene de Dios. La nueva vida que concibe la sunamita, que era estéril y tenía un esposo anciano, es un don de Dios en respuesta a su apertura ante los planes divinos. Aquella persona que acoge y recibe al enviado de Dios por ser precisamente enviado de Dios, no quedará sin recompensa. Dios se hace presente y fecunda su vida de un modo inesperado y superior a las posibilidades humanas.

Mensaje doctrinal

1. No anteponer nada a Cristo. “No anteponer ninguna persona , ni cosa alguna al amor de Cristo” se lee en el capítulo cuarto de la Regla de san Benito. Se trata de una expresión muy concreta del evangelio de este domingo. Cristo nos pide que lo amemos a Él por encima del amor paterno, materno o filial. Nos pide que tomemos la cruz propia y le sigamos por esa senda que no es fácil, ni amplia, pero que conduce a la salvación. Para comprender apropiadamente esta exigencia del Señor es preciso volver la mirada a la Encarnación del Verbo: En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Gaudium et spes 22. Sólo en la comprensión del Verbo, consusbstancial al Padre, que se encarna por nuestro amor, podemos comprender el misterio de nuestra propia existencia , y sólo a la luz de Cristo todas las realidades humanas, incluso las realidades humanas más queridas, como son las relaciones familiares, encuentran su sentido más profundo. Sin Cristo o al margen de Cristo la vida humana permanece como un enigma indescifrable.

En Cristo y por medio del bautismo hemos nacido a una nueva vida. Antes vivíamos en el pecado, pero ahora hemos sido trasladados a un nuevo reino, a una nueva vida. Teodoro de Mopsuestia tiene un texto extraordinario sobre lo que Cristo, mediante el bautismo, ha obrado en nuestras almas: El fundamento de nuestra condición actual es Adán. Pero, el fundamento de nuestra vida futura es Cristo, porque así como Adán fue el primer hombre mortal y todos a continuación fueron mortales por su causa, así Cristo es el primer resucitado de entre los muertos, y ha donado el germen de la resurrección a aquellos que vendrían después de él. Nosotros entramos en esta vida visible con el nacimiento corporal, y por ello todos somos corruptibles. En cambio, en la vida futura todos seremos transformados por el poder del Espíritu y por ello resucitaremos incorruptibles. Y puesto que esto sólo tendrá lugar en los últimos tiempos, Cristo Nuestro Señor ha querido transferirnos a aquella vida de manera incipiente y simbólica, donándonos, con el bautismo, una nueva vida en Él. Este nacimiento espiritual es la figura presente de la resurrección y de la regeneración que deben realizarse plenamente en nosotros, cuando lleguemos a aquella vida. Por eso, al bautismo se le llama también regeneración.. Teodoro de Mopsuestia Comentario al Evangelio de San Juan l.II, CSEO 116, p.55.

2. La fecundidad espiritual. El texto de la sunamita nos ofrece la oportunidad para reflexionar sobre el misterio de la fecundidad espiritual. Se trata de un tema de gran importancia para todo cristiano llamado a dar frutos de vida eterna, pero especialmente importante para las personas consagradas, quienes habiendo renunciado a una fecundidad física, viven y anhelan una creciente fecundidad espiritual. Aquí encuentra razón de ser el tema de la paternidad y maternidad espiritual.

Este pasaje de la Escritura, como otros en los que se hace presente la intervención de Dios ante la esterilidad humana (Cfr. la historia de Abraham y de Sara Gen 18,10; a la de Ana 1 Samuel 1, 20 etc.), nos hace patente que toda fecundidad, sea física sea espiritual, proviene de Dios que ama y dona la vida. La actitud de hospitalidad, veneración y respeto de la sunamita es premiada por Dios con el don de la concepción de una nueva vida. Ella acoge al enviado de Dios, Eliseo, y éste, al ser acogido, comunica una luz y una gracia que viene de lo alto.

Si reflexionamos advertiremos que la transmisión de la fe -misión propia y específica, aunque no exclusiva, de las personas consagradas-, tiende por su propia naturaleza a la fecundidad espiritual. Ellos desean transmitir, más allá del contenido de la fe, la experiencia misma de creer y abandonarse completamente en las manos de Dios. Es decir, su acción evangelizadora mira propiamente a una fecundidad espiritual, una fecundidad eclesial. Desean dar vida, proteger la vida, animar la vida espiritual en cada una de las personas que son objeto de su entrega y sacrificio. Aquí no nos referimos simplemente a la eficacia en el apostolado, sino a la fecundidad que nace en las almas santas que testimonian con verdad y sinceridad su fe. Transmitir la fe significa, de algún modo, ser padre en el orden espiritual. San Pablo en varias ocasiones habla de ello: Podéis tener en efecto diez mil pedagogos en Cristo, pero ciertamente no muchos padres. Soy yo quien os ha generado en Cristo, mediante el evangelio (1 Cor 4, 15). Al hablar de Onésimo, Pablo se refiere a él como el hijo que he generado en cadenas. A los Galatas les dice con afecto: Hijitos míos a quienes de nuevo he dado a luz en el dolor (Gal 4, 19). Es el amor que genera y da vida. Es el amor el que da fecundidad.

Ahora bien, una condición indispensable para ser fecundo espiritualmente es la de mantenerse unido a Cristo Nuestro Señor: El que permanece en mí y yo en él ése da frutos de vida eterna, porque sin mí, no podéis hacer nada ( Jn 15,5). La unión del apóstol con Dios es condición indispensable de toda transmisión de la fe y, en consecuencia, de toda transmisión de la vida divina en el orden de la gracia. Unido de esta manera a Dios, el apóstol es un educador privilegiado de la relación con Dios, en cuanto él mismo está familiarizado con Dios y unido a Él.

Sugerencias pastorales

1. Una nueva catequesis sobre el bautismo. Para Pablo y para los santos padres, el bautismo contenía un rico simbolismo que es posible que ya no perciba el hombre moderno de hoy. El bautismo por inmersión expresaba con un símbolo muy claro “el morir” del hombre viejo y el “renacer” del hombre nuevo. Quien recibía el bautismo se introducía en el agua simbolizando la incorporación a la muerte de Cristo, y salía de ella “regenerado”, “un hombre nuevo”, “llamado a una nueva vida”. El que era de Cristo era una creatura nueva, lo antiguo había pasado y lo nuevo había comenzado. Es muy oportuno reavivar el sentido del propio bautismo y el rico simbolismo que entraña entre nuestros fieles y en la catequesis para adulto. Aquí se encierra, sin duda, un gran tesoro del que hay que echar mano para ilustrar la fe de las personas. Mucho ayudará el preparar adecuadamente los bautizos que tengan lugar en nuestras parroquias, así como el organizar ceremonias de renovación de las promesas del bautismo al concluir un retiro o unos días de ejercicios espirituales. En algunos lugares existe la tradición de conservar un cirio como símbolo del propio bautismo y hacer un tiempo especial de oración en el aniversario del propio bautismo. En todo caso, se trata de descubrir los tesoros de nuestra fe y de nuestro bautismo.

2. Las relaciones familiares iluminadas y llevadas a su más alta expresión en el amor a Cristo. El evangelio de este día ilumina las relaciones familiares con su significado profundo. No se trata, en efecto, de dividir las familias en nombre de la fe, sino más bien unir a la familia y hacerle ver la misión tan estupenda que tiene a la luz del misterio de Cristo. Se trata de enseñar a los padres y madres de familia que lo más importante de su hogar es Dios, y que ellos lograrán cumplir con su función paterna si logran infundir el amor y temor de Dios en el corazón de sus hijos. Se trata de que ellos logren que sus hijos “no antepongan nada en sus vidas al amor de Cristo”. Así en esta reflexión vemos como la fecundidad física -el haber generado nuevos hijos- va de la mano, y muy estrechamente, de la fecundidad espiritual. Los padres que generaron para la vida física a sus hijos, los generan para la vida espiritual con su testimonio, con su palabra, con su amor y sacrificio, con su catequesis. No cabe duda que la primera catequesis, y quizá la más importante, es la que recibe el niño en el propio hogar las más de las veces de los labios y ejemplos de la propia madre.

José Luis Martín Descalzo habla con emoción de una oración que le enseñó su madre cuando él era sólo un niño:

Recuerdo que una mano me llevaba
y que, en la mano, un corazón latía,
una savia caliente que subía
por mis dedos y que me confortaba.

Recuerdo que mi madre la apretaba
como abrazando mi alma, que decía:
“Mira aquí está Dios, Dios”, y que tenía
temblor su voz cuando lo mencionaba.

Y yo buscaba al Dios desconocido
en los altares, sobre la vidriera
en que jugaba el sol a ser fuego y cristal

Y ella añadía “No le busques fuera,
cierra los ojos, oye su latido.
Tú eres, hijo, la mejor catedral”.

Fuente/Autor: P. Octavio Ortíz

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