Para salir de una pandemia, es necesario cuidarse y cuidarnos mutuamente.

Papa Francisco
MIGRACIÓN CENTROAMERICANA Y MÉXICO
01/27/2020
Un programa de vida ante los falsos valores del mundo
01/27/2020

Temas

TEMAS PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

27 de enero de 2020

JMJ Madrid 2011

“Arraigados y edificados en Cristo, firmes el la fe” (Cf. Col 2, 7)

I. Presentación de los temas de las catequesis

Miércoles, 17 de agosto – 1ª catequesis

Tema: Firmes en la fe

Hoy el cristiano a menudo se encuentra con que vive la fe en Dios y en Jesús en un contexto particular del “olvido de Dios”, en una especie de “eclipse del sentido de Dios”, en un laicismo difundido que elimina a Dios de la vida pública. Puesto que Dios es la fuente de la vida, el ser humano, sin una referencia consciente a su Creador, pierde su dignidad e identidad. El olvido de Dios es el origen de todos los problemas de la sociedad. En tal contexto, es urgente que se encuentre de nuevo la primacía de Dios en la vida del hombre: «Todo cambia dependiendo de si Dios existe o no existe» (Card. Joseph Ratzinger, Jubileo de los catequistas y profesores de religión, Roma, 10 de diciembre de 2000).

¿Qué significa creer en Dios y en Aquel que Él ha enviado, Jesucristo? La fe es un don divino en el cual Dios se manifiesta y se da al hombre. Cristo manifiesta al hombre el rostro de Dios. La fe ilumina la vida del creyente, la transforma, porque el hombre está hecho para Dios. Sólo con la fe en Dios, mediante la cual el hombre puede entrar en comunión con Él estableciendo un vínculo de confianza, la vida encuentra su plenitud. En el Evangelio, Jesús alaba mucho la virtud de la fe e invita a sus discípulos a crecer en la misma. La fe es una elección de vida fundamental: creer en la Palabra de Dios nos permite construir nuestra vida sobre roca (Cf. CIC 153-155).

Nuestra fe está inmersa en la fe de la comunidad cristiana y es sostenida por ella. La fe de la Iglesia – “creemos”, como se dice en la profesión de la fe bautismal – precede siempre al acto personal y lo perfecciona – “yo creo” (Cf. CIC 166).

Creer en Dios es un acto humano razonable, con el que el hombre conoce la verdad con certeza. Puesto que Dios es el creador del mundo visible, no hay oposición entre el conocimiento científico y el de la fe (Cf. CIC 155-159).

Del Mensaje del papa Benedicto XVI para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, núm. 1

Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría: «sin el Creador la criatura se diluye» (Con. Ecum. Vaticano. II, Const. Gaudium et Spes, 36). La cultura actual, en algunas partes del mundo, sobre todo en Occidente, tiende a excluir a Dios, o a considerar la fe como un hecho privado, sin ninguna relevancia en la vida social. Aunque el conjunto de los valores, que son el fundamento de la sociedad, provenga del Evangelio – como el sentido de la dignidad de la persona, de la solidaridad, del trabajo y de la familia –, se constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza.

Del Mensaje de Benedicto XVI para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, núm. 4

«La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado» (Catecismo de la Iglesia Católica, 150). Así podréis adquirir una fe madura, sólida, que no se funda únicamente en un sentimiento religioso o en un vago recuerdo del catecismo de vuestra infancia. Podréis conocer a Dios y vivir auténticamente de Él, como el apóstol Tomás, cuando profesó abiertamente su fe en Jesús: «¡Señor mío y Dios mío!».

Jueves, 18 de agosto – 2ª catequesis

Tema: Arraigados en Cristo

Los jóvenes están llamados a construir su vida de tal modo como se construye una casa. Pero a menudo la sociedad postmoderna produce personalidades carentes de una identidad humana y cristiana clara y fuerte. Tantas personas no tienen raíz: no saben de dónde provienen ni a dónde van. ¿Qué podemos hacer para construir la propia vida en el contexto actual, marcado por la “dictadura del relativismo”, por la confusión de las personas que no saben distinguir entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso?

Cristo nos invita a construir nuestra vida con Él, sobre fundamentos sólidos. Por ello, los jóvenes están llamados a comenzar una relación con Él. «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI, Deus Caritas Est, 1). Ser cristianos quiere decir estar “injertados” en Cristo como los sarmientos a la vid: «Separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).

¿Quién es Cristo para nosotros? Él es el Dios hecho hombre, el Emmanuel, es decir “Dios con nosotros”. En la Encarnación, Dios se hace presente y cercano a nosotros: Cristo manifiesta el Amor de Dios Padre, que interviene en la vida del hombre (Cf. CIC 456-463). En su grande misericordia, Jesús nos hace entrar en su amistad (Cf. Jn 15, 14-15). Porque es el Salvador, que nos libra del pecado y la muerte, Cristo es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Él «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et Spes, 22). Jesucristo es la respuesta de Dios a las grandes aspiraciones del hombre.

Acoger a Cristo como raíz y fundamento de nuestra vida significa tomar en serio nuestro bautismo: Cristo ha sellado una alianza con nosotros. Él nos invita a vivir con Él todas las circunstancias de nuestra vida y nos llama a ser santos. La santidad es la plenitud de la vida en Cristo.

Del Mensaje de Benedicto XVI para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, núm. 2

Mediante la fe, estamos arraigados en Cristo (Cf. Col 2, 7), así como una casa está construida sobre los cimientos […] Estar arraigados en Cristo significa responder concretamente a la llamada de Dios, fiándose de Él y poniendo en práctica su Palabra. Jesús mismo reprende a sus discípulos: «¿Por qué me llamáis: “¡Señor, Señor!”, y no hacéis lo que digo?» (Lc 6, 46). Y recurriendo a la imagen de la construcción de la casa, añade: «El que se acerca a mí, escucha mis palabras y las pone por obra… se parece a uno que edificaba una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo tambalearla, porque estaba sólidamente construida» (Lc 6, 47-48).

Del Mensaje de Benedicto XVI para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, núm. 4

También nosotros quisiéramos poder ver a Jesús, poder hablar con Él, sentir más intensamente aún su presencia. A muchos se les hace hoy difícil el acceso a Jesús. Muchas de las imágenes que circulan de Jesús, y que se hacen pasar por científicas, le quitan su grandeza y la singularidad de su persona. Por ello, a lo largo de mis años de estudio y meditación, fui madurando la idea de transmitir en un libro algo de mi encuentro personal con Jesús, para ayudar de alguna forma a ver, escuchar y tocar al Señor, en quien Dios nos ha salido al encuentro para darse a conocer. De hecho, Jesús mismo, apareciéndose nuevamente a los discípulos después de ocho días, dice a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20, 27). También para nosotros es posible tener un contacto sensible con Jesús, meter, por así decir, la mano en las señales de su Pasión, las señales de su amor. En los Sacramentos, Él se nos acerca en modo particular, se nos entrega. Queridos jóvenes, aprended a “ver”, a “encontrar” a Jesús en la Eucaristía, donde está presente y cercano hasta entregarse como alimento para nuestro camino; en el Sacramento de la Penitencia, donde el Señor manifiesta su misericordia ofreciéndonos siempre su perdón. Reconoced y servid a Jesús también en los pobres y enfermos, en los hermanos que están en dificultad y necesitan ayuda.
Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo, en la fe. Conocedle mediante la lectura de los Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica; hablad con Él en la oración, confiad en Él. Nunca os traicionará.

, 19 de agosto – 3ª catequesis

Tema: Testigos de Cristo en el mundo

El mundo de hoy – incluso los países de antigua tradición cristiana – se ha convertido en una verdadera tierra de misión. Se necesita urgentemente una nueva evangelización, como exhorta el papa Benedicto XVI. Los desiertos del mundo se siembran con la Palabra de Dios. Puesto que tantos están en la búsqueda de Dios y el mundo tiene que ser salvado, es necesario un nuevo anuncio del Evangelio de Cristo.

Cada bautizado está llamado a esta misión. La llamada a la evangelización no atañe sólo a algunos miembros de la Iglesia, sino es un encargo y una gracia para todos los bautizados. No se puede vivir la fe en Cristo sin dar testimonio de ésta, porque «la fe se fortalece dándola» (Juan Pablo II, Redemptoris Missio, 2).

Los jóvenes tienen que ser protagonistas de esta nueva época misionera. Cristo les llama a dedicar su vida para testimoniar Su amor a todos los hombres, sobre todo a sus coetáneos. Evangelizar significa mostrar a Cristo con nuestras palabras y nuestros actos. Por ello estamos llamados a hablar explícitamente de nuestra fe y a dar testimonio de la acción de Cristo en nuestra vida. Estamos llamados a cambiar nuestro comportamiento, para mostrar el rostro de Cristo, para actuar con Él y según su Palabra, sirviendo con generosidad al mundo y sobre todo a los más pobres. De este modo, los jóvenes contribuirán a una presencia cristiana más eficaz, como “sal de la tierra y luz del mundo” (Cf. Mt 5, 13-14). Serán fermento de una nueva humanidad y promotores de la revolución del amor.

Para contestar con generosidad a esta llamada a la misión, los jóvenes necesitan el apoyo de la Iglesia y pueden inspirarse en el testimonio de los santos y mártires de los siglos pasados.

Del Mensaje de Benedicto XVI para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, núm. 3

Hay una fuerte corriente de pensamiento laicista que quiere apartar a Dios de la vida de las personas y la sociedad, planteando e intentando crear un “paraíso” sin Él. Pero la experiencia enseña que el mundo sin Dios se convierte en un “infierno”, donde prevalece el egoísmo, las divisiones en las familias, el odio entre las personas y los pueblos, la falta de amor, alegría y esperanza. En cambio, cuando las personas y los pueblos acogen la presencia de Dios, le adoran en verdad y escuchan su voz, se construye concretamente la civilización del amor, donde cada uno es respetado en su dignidad y crece la comunión, con los frutos que esto conlleva.

Del Mensaje de Benedicto XVI para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, núm. 5

En la historia de la Iglesia, los santos y mártires han sacado de la cruz gloriosa la fuerza para ser fieles a Dios hasta la entrega de sí mismos; en la fe han encontrado la fuerza para vencer las propias debilidades y superar toda adversidad. De hecho, como dice el apóstol Juan: «¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5, 5). La victoria que nace de la fe es la del amor. Cuántos cristianos han sido y son un testimonio vivo de la fuerza de la fe que se expresa en la caridad. Han sido artífices de paz, promotores de justicia, animadores de un mundo más humano, un mundo según Dios; se han comprometido en diferentes ámbitos de la vida social, con competencia y profesionalidad, contribuyendo eficazmente al bien de todos. La caridad que brota de la fe les ha llevado a dar un testimonio muy concreto, con la palabra y las obras. Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás. En la era de la globalización, sed testigos de la esperanza cristiana en el mundo entero: son muchos los que desean recibir esta esperanza. Ante la tumba del amigo Lázaro, muerto desde hacía cuatro días, Jesús, antes de volver a llamarlo a la vida, le dice a su hermana Marta: «Si crees, verás la gloria de Dios» (Jn 11, 40). También vosotros, si creéis, si sabéis vivir y dar cada día testimonio de vuestra fe, seréis un instrumento que ayudará a otros jóvenes como vosotros a encontrar el sentido y la alegría de la vida, que nace del encuentro con Cristo.

II. Pautas para los obispos catequistas

– Cada obispo dará tres catequesis, sobre tres temas previamente ilustrados, en tres sedes diferentes; las catequesis serán en la lengua materna, salvo en casos particulares (Cf. Carta de invitación).

– El tema de cada jornada se desarrollará en los 30 minutos de la catequesis y en la homilía de la santa misa (Cf. Esquema de desarrollo de las catequesis). Los obispos están invitados a atenerse a los tiempos indicados en tal esquema, que tienen en cuenta la capacidad de atención de los jóvenes.

– Los temas de las tres jornadas están ligados al tema general de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud – “Arraigados y edificados en Cristo, firmes el la fe” (Cf. Col 2, 7) -, ilustrado por el Santo Padre en su Mensaje a los jóvenes del mundo. Por ello, los obispos catequistas están invitados a hacer referencia al mismo Mensaje, que se encuentra en numerosas lenguas en el sitio del Vaticano:
http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/youth/index_sp.htm

– Para evitar repeticiones en las tres catequesis dirigidas a cada grupo de tres obispos diferentes, se ruega que cada catequista se atenga al ámbito del tema del día, desarrollándolo, en lo posible, según los contenidos expuestos en las páginas precedentes.

– En papa Benedicto XVI, en su Mensaje para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, ha insertado tres testimonios personales significativos que hacen su catequesis aún más efectiva. De hecho sabemos que los jóvenes escuchan más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio (Cf. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 41). Por ello, los obispos son alentados a aportar a su catequesis su testimonio personal.

– En cada sede de catequesis, habrá un grupo de animación encargado de animar la oración inicial (cantos, música, textos), de proponer algunos testimonios y de animar la misa final. Los grupos de animación se pondrán en contacto con los obispos catequistas de la sede que tienen asignada, para acordar oportunamente el programa.

Fuente/Autor: Arquidiócesis de Guatemala

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *