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Scalabrini

SCALABRINI SOBRE LA IGLESIA

27 de enero de 2020

«La Iglesia es santa»

La obra más grande de Dios Padre es Jesucristo y la obra más grande de Jesucristo es su Iglesia, que adquirió y purificó con su sangre, santificó con su espíritu, enriqueció con sus méritos, para presentarla a su Padre exenta de toda arruga y de toda mancha y hacerla reinar perpetuamente consigo en el Cielo. Ella es, por lo tanto, santa en su Autor, que es el manantial y la fuente de toda santidad; santa en sus Sacramentos, canales por los cuales nos llegan todas las gracias; santa en su Sacrificio incruento, con el cual se ofrece al nombre de Dios una oblación limpia; santa en su culto, tan majestuoso, tan bello, que inspira la fe más viva, el respeto más profundo, la piedad más tierna, que vence todo razonamiento, que habla poderosamente al corazón aún de los heterodoxos.

Santa en sus doctrinas, ya que su especial cuidado consiste en conservarlas incorruptas, como las recibió de su fundador, para sanar las enfermedades espirituales, disipar las tinieblas que obstruyen las mentes, incitar a sus hijos a las buenas obras, sublimarlos en la práctica de la pobreza voluntaria, de la obediencia más perfecta, de la virginidad angelical, de la vida austera y penitente, al coraje del sacrificio y del martirio.

Santa, por lo tanto, en sus hijos, porque el Salvador se entregó a sí mismo para rescatarlos de toda iniquidad, y para purificarse un pueblo aceptable, guardián de las buenas obras (…). Vengan y vean. Tantos millones de mártires generosos, de solitarios penitentes, de vírgenes puras, de héroes de toda clase; ese número grandísimo de pastores y de sacerdotes, que arden con un santo celo para la gloria de Dios y la salvación de las almas, que corren también a lejanos países, donde brilla la espada de las persecuciones, y a todo lugar en que un feroz malestar siega víctimas; esos religiosos, y son muchos, de los cuales los mismos enemigos admiran las virtudes, las austeridades, el espíritu de soledad, de oración, de celo, de caridad, de alejamiento de toda cosa terrenal; tantas almas piadosas, ignoradas por el mundo, pero conocidas y amadas por Aquel que escruta los corazones, son todos hijos de la Iglesia Católica. Ella, santa en sí y santa en todas sus cosas, no cesará jamás de nutrir en su propio seno portentos de santidad, dignos del supremo honor de los altares, y de ser por eso fuente inagotable de todos los bienes. (El Concilio Vaticano – Como 1873)

«La Iglesia es madre de Santidad»

La santidad es el carácter inseparable y propio de la verdadera Iglesia; Dios es la santidad por esencia; por lo tanto una Iglesia que viene de Dios debe llevar la huella de la santidad; y santa, o mejor dicho madre de santidad, como escribe San Agustín, es justamente la Iglesia Católica: sanctitatis mater (…).

Fuente de santidad son ante todo las verdades que nos enseña: ya que las doctrinas promulgadas por la Iglesia Católica no son simples teorías, sino principios eternos, de los cuales emana una multitud de consecuencias morales que divinizan, por así decir, nuestra naturaleza (…). Un Dios justo e infinitamente misericordioso, la inmortalidad del alma, la reparación de la culpa por medio de la penitencia, el perdón de las ofensas, la paciencia, la caridad, la humildad y así continuando, son todas doctrinas que sirvieron en todos los tiempos para formar en gran número héroes insignes y sin culpas.

Fuente de santificación son los Sacramentos que con afecto de madre la Iglesia nos administra. Nos administra el bautismo para limpiar las manchas de nuestro origen carnal; nos administra la confirmación para darnos fuerza para combatir las batallas del Señor; nos administra la penitencia como medio de expiar nuestros pecados; nos administra la Eucaristía y nos comunica al autor mismo de la santidad. Administra el matrimonio que santifica la familia, administra el orden sagrado para perpetuar aquí abajo el sacerdocio de Jesucristo; administra la extrema unción y derrama sobre el lecho de nuestras agonías los mismos consuelos del Cielo.

Fuente de santidad son los preceptos que ella nos impone, preceptos llenos de indulgencia y de bondad, con los cuales esta tierna madre nos guía a través de los peligros del mundo hacia el puerto de la salud y se esmera toda para hacernos felices en ésta y en la otra vida. Nos manda amar a Dios con el corazón, dirigir a El, como último término, los pensamientos, los afectos, las obras, todo lo que nosotros somos y podemos, y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos con el amor que viene de Dios. En fin nos propone imitar a Jesús Crucificado nuestro Señor, sublime ejemplo de resignación, de fortaleza, de gloria, para que crucificados con El a las vanidades de este siglo, estemos unidos a El en los sufrimientos como en el gozo.

Fuente de santificación es la comunión de los Santos, fruto de aquella perfecta caridad que une entre si la Iglesia militante, la Iglesia purgante y la Iglesia triunfante, forma con ellas un solo cuerpo del cual Jesucristo es la cabeza; y por lo tanto nosotros somos partícipes tanto de los méritos de los justos todavía caminantes sobre la tierra como de la gloria de los residentes celestiales.(Homilía de todos los Santos – 1886)

Fuente/Autor: Una Voz Viva

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