La juventud es un tiempo bendito para el joven y una bendición para la Iglesia y el mundo.

Papa Francisco, Christus Vivit 135
SCALABRINI Y LA EUCARISTÍA
01/27/2020
1 de JUNIO en la BASÍLICA DE GUADALUPE
01/27/2020

Scalabrini

REFLEXIÓN DEL NOVICIO AHUÍZOTL CRUZ MONTES

27 de enero de 2020

CENTENARIO DEL REGRESO A LA CASA DEL PADRE
DEL BEATO JUAN BAUTISTA SCALABRINI

Mayo 30, 2005

1.-Introducción

Hoy hace ya casi 100 años de la muerte de nuestro Fundador y Padre, de nuestro Inspirador y Maestro.
Hoy hace 100 años, martes 30 de mayo de 1905, tras una súbita y fugaz recuperación matinal, nuestro amado Padre recayó nuevamente, empeorando hasta el desenlace fatal por todos ya conocido.
Hoy a casi 100 años del regreso a la Casa del Padre de mons. Scalabrini, quisiera retomar brevemente un aspecto aglutinante de su vida: la Santidad. Aspecto que debe ser modelo inspirador de nuestro “sí” genero a Dios.

2.- La Santidad Cristiana

La santidad nace de la unión con Cristo, pues la Iglesia es Santa indefectiblemente “ya que [como enseña el Concilio] el Hijo de Dios, a quien con el Padre y el Espíritu Santo llamamos solus sanctus amó a la Iglesia como a su esposa entregándose a sí mismo por ella para santificarla (Ef 5, 25-26)” (Cfr. LG 39), para que fuera “una Iglesia Santa e Inmaculada (Ef 5,27).”
La Santidad Cristiana, por tanto, no es definida en contraposición de lo profano –como su etimología lo indica: cortar, separar- no es más lo que no se toca, lo que está apartado con ciertas condiciones de pureza ritual; ahora lo sagrado, lo santo, está inmerso en los acontecimientos cotidianos, en las escenas comunes de nuestra vida, y si es en un primer momento externo “no resulta real e interior sino por el don del mismo Espíritu Santo.” (Vocabulario de Teología Bíblica, p. 833), don que se anhela y pide, pero que depende sólo de Dios, de ahí que se derive la necesaria manifestación e intervención de Él en la vida de la humanidad.
De igual manera para que, los hombres y mujeres, conozcan la Santidad de Dios es necesario que Él se “santifique”, es decir, que se muestre santo, que se dé a conocer, pues de lo contrario queda inaccesible a la humanidad.

3.- Dios se hace presente en la historia de la humanidad.

El Señor santifica la historia, haciéndose presente de diversas maneras en nuestras situaciones abigarradas desde antaño, como nos muestra el prefacio común que hemos recitado, hasta que, “en la etapa final de la historia, [Dios] ha enviado a su Hijo como huésped y peregrino en medio de nosotros” (P.C. VII), dando así su mayor prueba de amor hacia el género humano, a través de la Teofanía por excelencia –su presencia entre nosotros- haciéndose accesible a nuestra realidad.
Ya en el Antiguo Testamento observamos primicias de la presencia plena de Dios con nosotros, ejemplo de ello es el antiguo credo israelita que encontramos en Dt. 26, 5-9, donde se “celebra y se agradece la intervención de Dios en la historia.”(Cfr. Biblia de América p. 188) en una situación injusta de explotación y destierro.
Tenemos pues la confianza de la guía segura de nuestro Dios que -como Pedagogo Divino- nos conduce a través de la historia, por medio de hombres y mujeres que abriendo el corazón a su designio amoroso, han puesto la totalidad de su vida al servicio del Reino, siendo auténticos canales de la savia divina, que ha podido encender el fuego del amor en el mundo, o por lo menos que no ha dejado que se extinga.

4.- Beato Scalabrini hombre de Dios y de la historia-

Ejemplo claro tenemos en Juan Bautista Scalabrini, que como Profeta y Pastor hizo su vida de tal manera que fue todo para todos, Padre amoroso de los predilectos del Señor.
Su universalidad que lo llevó a traspasar fronteras y su “sed de almas” que lo hizo ir ahí donde la presencia de Dios hiciera falta, reflejan su cercanía con el Altísimo que no le permitía encerrarse en sí mismo, al grado de exclamar: “¿La salud de las almas? Esa es nuestra vida, nuestra sola razón de existir, y toda nuestra existencia debe ser continua búsqueda de las almas. Nosotros no debemos comer, beber, dormir, estudiar, hablar y ni siquiera recrearnos si no es para hacer bien a las almas, sin cansarnos jamás.”(Cfr. Caliaro-Frencesconi, p. 456) Lo cual deja entrever que el trabajo incansable de Scalabrini no fue solamente altruismo, sino que nace de la transformación ejercida gracias al don gratuito de Dios, que recibió con docilidad dejando inflamar su alma por la caridad de Cristo.
El contemplar la Santidad le impulsó a estar estrechamente con Cristo –Sabiduría Eterna del Padre-, imitando sus gestos, siendo otro Cristo para sus hermanos; rompiendo –si era necesario- con cualquier formalismo, innovando soluciones ante las diversas problemáticas que aunque salieran de su jurisdicción o de su responsabilidad directa (trabajadores de los arrozales, migrantes, sordomudas, catequesis, acción política, etc.), no podía dejar de lado como Obispo de la Iglesia que era; Católico, es decir, universal, sin fronteras. Esa era su manera de santificar a Dios, es decir, mostrarlo Santo, pues de Él y para Él era todo su actuar. Santo pero concomitantemente Sabio era nuestro Padre, pues como el decía, “La santidad es la verdadera sabiduría, que es necesario invocar, desear, buscar como la riqueza, desenterrar como un tesoro”(Una Voz viva, p. 211).
Tarea nuestra será como cristianos consagrados, pero sobretodo como Scalabrinianos equilibrar tal binomio: Santidad-Sabiduría, sin el cual nuestra tarea pastoral podría convertirse en mero activismo, o en el peor de los casos ni siquiera darse, por ello redescubramos a Scalabrini como un santo de Dios que se hizo presente en su realidad, interpretando la voluntad de Dios en los signos de los tiempos.

5.- Fin
Ya casi para finalizar quisiera invitarlos -como hacía nuestro Padre General en una pequeña reflexión dirigida a los hermanos reunidos en Triuggio en estos días- a soñar, a pensar en lo que hemos hecho y en lo que nos falta por hacer de tal manera que hoy pueda ser el tiempo propicio como Qoelet (Cfr. 3,1ss) señala, tal vez hoy es el tiempo de soñar, pero no de manera infructuosa y vaga, sino para renovar nuestro espíritu de tal manera que anhelemos la santidad que nos comprometa con los predilectos del Señor, que nos haga ser sacramento visible de su amor.
Contemplemos pues para después poder impulsarnos cada día en la entrega generosa, desde los mínimos detalles cotidianos hasta los más altos grados de heroísmo, donándonos sin miedo; “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.” Nos decía el Santo Padre al final de la homilía de la solemne inauguración de su pontificado. Y no nos desanimemos ante la prueba, hagamos nuestras la palabras de Scabrini, “dilatemos nuestros corazones, esperemos; pero que la esperanza sea serena y paciente; esperemos pero sin cansarnos.”(J. B. Scalabrini, La stabilitá della chiesa, Carta Pastoral, Cuaresma 1877, p. 15, en Caliaro- Francesconi p. 83).

Fuente/Autor: Novicio Ahuízotl Cruz Montes

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