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Misión especial

27 de enero de 2020

Tarde o temprano se nos presentan en la vida decisiones que hacen sudar sangre: momentos ineludibles, necesarios, apasionantes; llenos de una responsabilidad que a veces parece pesada, pero que promete un futuro más feliz.

José Luis accedió a estudiar administración cuando su padre confesó que planeaba darle el cargo de director de la empresa familiar cuando él se retirara. Deseaba satisfacerle y, además, tener su futuro asegurado.

Llevaba ya cuatro semestres de carrera, pero había algo que no terminaba de gustarle. Poco a poco una insatisfacción interior -silenciosa y profunda como gangrena- se fue abriendo paso en él, creando un vacío que no le dejaba en paz.

Lo que en verdad ambicionaba era muy distinto, y sabía que estaba haciendo oídos sordos a esta queja. Hasta que optó por escuchar su corazón: dejaría los estudios de administración para estudiar lo que siempre había deseado, ciencias de la educación.

Al inicio sus padres no le entendieron. ¿Qué pasaba con su hijo? ¿No le interesaba tener su futuro asegurado, un puesto de trabajo prestigioso y dinero de sobra para hacer lo que quisiera?

¡Claro que le llamaba la atención! Mas por encima de todo -pero muy, pero muy por encima-, deseaba realizarse, quería ser él mismo fuera de cualquier interés mezquino. No quería ser profesor porque le gustaba y ya. Más bien se sabía responsable de algo, portador de un mensaje especial, de una misión. Sí, ¡de una misión!

Este impulso lo abarcaba todo, le sobrepasaba y lo lanzaba a una lucha implacable por afirmarse en su propio lugar. Le importaba más entregar su vida y servir a los demás a través de la enseñanza, que todo el dinero del mundo, pues estaba convencido de que había un lugar en este cosmos que sólo él podría llenar. Y no estaba dispuesto a dejarlo vacío.

En una ocasión confesó a un amigo: «¿Alguna vez te has fijado en las hojas de los árboles? Parecen todas iguales pero no hay siquiera dos de ellas que sean idénticas. Si esto sucede con una simple hoja, ¡qué no será de los hombres!».

Se dice con frecuencia que cada hombre es un ser único en la tierra. Pero no terminamos de convencernos de que cada uno porta una buena noticia para el mundo, un cometido que le hace erigirse como una novedad dentro del universo.

Por ello me congratulo con todos los que, como José Luis, han sabido tomar al toro por los cuernos, dándose cuenta que su vida no es indiferente para los demás. Hombres y mujeres valientes, lanzados que han aceptado la nada fácil misión de vivir su libertad en el amor para ofrecernos una aportación de algo absolutamente insólito: la tarea de ser uno mismo.

Fuente/Autor: Adolfo Güémez

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