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MELONES SIN SEMILLAS

27 de enero de 2020

“Juan era un apasionado de los melones. Desde pequeñito le habían llamado la atención estas frutas. Año tras año, con mucho esmero preparaba la tierra del fondito de su casa, para sembrar las más diversas variedades de melones. En el pueblo, a la hora de hablar de melones, Juan era la palabra autorizada y respetada por todos. Conocía todos los secretos de la siembra, cuidado y cosecha de estos frutos: en qué momento preparar la tierra, cómo disponer las semillas en los surcos, a qué hora del día y con qué cantidad de agua regarlos…

Un día, le trajeron de un pueblo cercano un melón que, por fuera, no parecía diferente a los que ya había conocido. Pero al probarlo, su sabor lo cautivó. Era el melón más dulce que había probado en su vida. Su pulpa se disolvía al rozar los labios, como la miel que recorre lentamente la lengua para dejar un sabor dulzón y suave en la boca. Una sola particularidad tenían estos melones: no tenían semillas.

¿Cómo sembrar estos deliciosos melones si no tenían semillas? Tras darle muchas vueltas al asunto, encontró la solución: ya que los melones no tenían semillas, bastaría con realizar todo el procedimiento de la siembra, pero sin semillas. Total, si las semillas no eran importantes a la hora de saborear el melón, tampoco habrían de serlo a la hora de sembrarlos.

Como todos los años, con mucho esmero, preparó el terreno removiendo la tierra y trazando con geométrica disposición los surcos. Tomó una bolsa vacía, y metiendo la mano en ella, fue sacando puñados vacíos que esparció por los surcos, dispersándolos con precisión. Así recorrió uno a uno los surcos, realizando el gesto de arrojar las inexistentes semillas en todo el terreno. Cuando terminó, cubrió los surcos con delicadeza y los regó. Día tras día repitió la tarea del regado, cuidando de utilizar el agua más pura y en la medida exacta.

Pero pasaron los días, y nada ocurrió. El terreno no produjo ni siquiera el más mínimio yuyito. Recién entonces comprendió el pobre Juan, que no bastaba con realizar ritualmente todos los gestos y movimientos de la siembra, si faltaba lo más importante: las semillas”

He aquí el gran desafío: que le busquen las semillas al melón. Un Grupo Misionero puede hacer muchas cosas, sobre todo en una misión: realizar emotivas visitas a las casas, preparar creativos juegos para los niños, organizar esplendorosas Celebraciones de la Palabra, pero si faltan las semillas del melón, todo quedará ahí, en un sabor dulzón en la boca que pronto se irá, pero que después no producirá fruto.

¿Y cuál es la semilla de la labor misionera? El quid de la cuestión es el por qué hacen esto. ¿Por qué dejan la comodidad de sus casas para venir a dormir amontonados en el piso, pelearse por un solo baño en el que tendrán que bañarse con agua fría, caminar como lagartijas bajo el sol para visitar las casas y comer lo que le salga al que le toca la cocina cada día? La respuesta es (o debería ser) CRISTO (con letras grandes y en mayúsculas).

Tal vez uno cuando es adolescente, corre el riesgo de perderse en las actividades, porque el espíritu juvenil exige estar continuamente haciendo algo. Pero es preciso descubrir que todo esto tiene sentido únicamente porque Cristo ocupa un lugar muy importante en nuestras vidas y porque somos capaces de descubrir que “el misionero es aquel que conoce y ama profundamente a Cristo, y se preocupa porque otros también lo conozcan y lo amen” (¿se acuerdan?).

Fuente/Autor: Mamerto Menapace

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