“La comunión es la fuente de la cual el alma saca el agua que sube hasta la vida eterna”.

Beato Juan Bautista Scalabrini
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Mundo Misionero Migrante

LA IGLESIA ANTE LA MIGRACION

27 de enero de 2020

Principios y criterios

Tanto al enjuiciar el fenómeno de las migraciones y las diversas políticas al respecto, como al establecer los objetivos y cauces de la actuación pastoral de nuestra Iglesia en el campo de las migraciones, partimos de una serie de principios que nacen de nuestra fe, algunos de los cuales son también comúnmente admitidos: Tales son, entre otros;

4.1.La dignidad de la persona humana, de toda persona humana

Creada a imagen de Dios (Gen. 1,27) por encima de toda distinción por razón de edad, raza, cultura, clase, religión, etc.

Redimida por Jesucristo con su muerte y resurrección, le ha dado la posibilidad de ser hijo de Dios y coheredero con Cristo (Rom. 8, 14-17).

Por la Encarnación y redención y por el envío de] Espíritu Santo, ha sido incorporada a Cristo y constituida en miembro de su Cuerpo en un sólo pueblo Nt. 25, 31-46; Gs. 22; RH 13).

4.2.La unidad del Pueblo de Dios

Es la vocación de toda la humanidad y realidad anticipada en la Iglesia en camino, que hace que no haya o invita a que no deba haber discriminación entre quienes ya forman o están llamados a formar una familia (Gal. 3, 18).

Las relaciones interpersonales en este Pueblo de Dios han de ser reguladas por la colaboración, la solidaridad, la fraternidad, la comunión,, el amor… Otras categorías como “condicionamientos sociales”, “ley”, “pueblo”, “raza”, “clase”, etc. cuando entran en colisión con la fraternidad universal pertenecen al hombre que ha muerto con Cristo en la Cruz.

Por otra parte, la categoría de “Pueblo de Dios” no se limita a la iglesia Católica, ni sólo a los cristianos, sino que es universal y o está llamada a abarcar a los creyentes de otras religiones y a los no creyentes. Las Parábolas del Reina, que se reflejan en los acontecimientos de Pentecostés y en las Comunidades de Pablo en Roma y en Corinto avalan esta afirmación. Lo mismo podríamos decir de las visiones de futuro del Libro del Apocalipsis (Ap. 7, 9-10).

4.3.El derecho al trabajo y el deber de trabajar

Éste nacen de la condición de un Dios activo y del Verbo Encarnado que quiso darnos ejemplo, y que se manifiesta en el mandato dado por Dios al primer hombre y a la primera mujer de cuidar la tierra por encargo suyo como continuación de su acción creadora, y de servirse de ella (Gen 1, 28-30).

4.4.El derecho a emigrar

Éste se tiene tanto para librarse de] hambre, como de la falta de trabajo o de otro tipo de esclavitud y condicionamiento, como para mejorar la situación propia, de la familia o del pueblo. A este derecho corresponde la obligación de ser acogidos por aquéllos -personas, naciones o pueblos- que razonablemente puedan hacer una adecuada oferta. Por otra parte, este derecho a emigrar se corresponde el de no tener que emigrar.

4.5. La persona del emigrante o desplazado, como toda persona humana, tiene una relación esencial con su familia.

Si la dignidad de la persona humana impide el que los migrantes puedan ser tratados como mercancía de trabajo, su condición esencial de miembros de una familia, con frecuencia responsables de la misma, obliga a empresarios, autoridades y países de acogida a crear las condiciones necesarias para que el migrante pueda, cuanto antes, reunirse con su familia y vivir en condiciones similares, en el orden jurídico, laboral, social y cultural, a la de las familias de la población asentada o estable.

4.6 El futuro anunciado y prometido de “un cielo nuevo y una nueva tierra donde habite la justicia” (Apocalipsis), del Banquete de] Reino, a cuya mesa se sentarán todos los pueblos de la tierra y en la que los más pequeños ocuparán los primeros puestos.

Esta visión del futuro de Dios para los hombres pone en movimiento en esa dirección a los creyentes en Jesucristo. Alentados por el espíritu y por los signos anticipatorios de ese futuro, como son la Eucaristía, la Iglesia y el servicio a los pobres y desvalidos, nos sentimos urgidos a caminar y a actuar para hacer posible una nueva civilización, “la civilización del amor” (Div. i. M, 14). Esta será lo más aproximado al estadio definitivo y de plenitud del Reino de Dios.

La aplicación de estos principios al tratar de los inmigrantes nos lleva a determinadas consecuencias que habrán de ser tenidas presentes tanto por parte de la política de migraciones como por parte de la pastoral de la Iglesia dirigida a estas personas. Así pues:

1) Toda persona desplazada, independientemente de su origen y condición, de las causas de su emigración y de la clasificación legal o administrativa que reciba -“inmigrante”, “temporero”, “legal”, “clandestino”, “ilegal”, “exiliado”, “refugiado”, “solicitante de asilo o de refugio”, etc.- es ante todo una persona humana y para los cristianos un hermano. Como tal deberá ser tratado y respetado, atendido en sus necesidades básicas, como alimento, vestido, higiene, garantía de su seguridad personal, etc.

En este punto no pueden ser distintas las legislaciones y el trato de emigrantes, refugiados, ilegales, clandestinos, etc.

2). La sociedad del futuro, la del presente en general , desde luego en España y en Europa, son sociedades multinacionales, multiétnicas, multiculturales, plurí1ingüisticas y plurireligiosas. Este hecho habrá de ser tenido en cuenta para evitar por una parte, políticas y actitudes de absorción, sometimiento, asimilación forzosa, falta de respeto a las minorías y, por otra parte, el peligro del gheto, de la atomización y de la anarquía. Cada ciudadano, cada grupo y cada pueblo tienen derecho a conservar y cultivar su propia identidad, cultura y religión y la obligación de colaborar solidariamente a la unidad del conjunto.

3). La forma adecuada de interpelación de las diversas personas, grupos y pueblos, con diversas culturas, lenguas y religiones, es la de la “integración armónica”, entendida como un proceso de enriquecimiento recíproco en el aportar y en el recibir, en acoger y ser acogido.

Toda integración armónica no supone nunca un empobrecimiento o una alienación. Integración significa dar y recibir y dar las gracias por ello.

4). Los problemas de las migraciones o de los migrantes no son sólo de naturaleza legal. Por ello, no pueden resolverse ni regularse solamente por medio de una legislación especial , por muy perfecta que ésta fuera.

Las causas de las migraciones son con frecuencia de carácter social y suelen tener su origen en situaciones de injusticia, de opresión y de atropello de las personas y de sus derechos. Una causa frecuente es el hambre, el subdesarrollo y 1a miseria, y tiene hoy dimensión mundial.

Por tanto, es necesaria una armonización a nivel internacional de las políticas de migración, de refugio y asilo, de política exterior y de ayuda al desarrollo, encaminadas hacia un “nuevo orden internacional”. En esta política internacional habrán de colaborar los Estados, las organizaciones internacionales, instituciones como el Banco Mundial , el Fondo Monetario Internacional , etc. La Iglesia aportará en esta tarea su modesta colaboración.

De otro modo, podrá mejorar la situación de unos pocos qué, consiguiendo salvar las barreras legales, logren asentarse en los países o zonas prósperas; sin embargo, el inmenso mundo del subdesarrollo seguirá llamando inútilmente a las puertas o quedará abandonado a su propia suerte. Se impone la urgencia de actuar sobre las causas.

5). El factor “hambre” habrá de ser tenido más en cuenta en el futuro a la hora de regular los movimientos migratorios y la ayuda al desarrollo. Las leyes sobre emigración, inmigración, refugio, asilo, etc. deberán incorporar este factor del “hambre” y la necesidad de subsistir como una de las razones principales para conceder permiso de trabajo, de residencia o, por lo menos, acogida digna en el país que recibe, o ayuda eficaz en el de origen.

Ante situaciones de extrema necesidad, no pueden seguir ocupando el primer plano a la hora de tomar decisiones de acogida, permisos o ayudas los “intereses nacionales”, los de “bloques económico-políticos” y menos las “leyes del mercado”. Lo primero es el hombre y en él la subsistencia, su primera necesidad. Por encima del mercado del “profit” están la justicia y la solidaridad.

6). Llevados estos criterios hasta las últimas consecuencias, se impone una revisión del concepto de “exiliado”, “refugiado”, solicitante de asilo o de refugio” y del llamado “falso exiliado” por “razones económicas”.

A las causas reconocidas para conceder el estatuto de refugiado, que son la persecución o peligro por razones de ideología, raza, política o religión, habrá que añadir la del “hambre”, como suprema amenaza de la vida. Ello conducirá a encontrar una solución para este problema el más pavoroso y urgente en el mundo de hoy, bien sea en la forma de un estatuto especial, bien en la de una ayuda más generosa a paliar esta lacra de la humanidad y al desarrollo de los de países más pobres.

No podemos seguir contemplando indiferentes el hecho frecuente de que se rechace a los llamados “emigrantes económicos” sin alternativa, cuando de lo que se trata realmente es de personas impulsadas por el hambre a salir de su tierra y a buscar con su trabajo el sustento en países que pueden darles trabajo y sustento o por lo menos este último de una u otra forma.

Fuente/Autor: Mons. José Sánchez González

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