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Jesús, Director de nuestra orquesta

27 de enero de 2020

Jesús, Director de nuestra orquesta

Comenzamos otro bloque de pequeñas reflexiones, alumbradas por San Agustín. En esta ocasión nos hacemos eco del lema de pastoral para este curso “eREs MI SOL” Dos simples letras: la “e” y la “s” convierten tres notas en una frase llena de contenido para los que sepan leerla. Así son las cosas de nuestra vida, puede haber algo que una las notas separadas y les dé un contenido que nos valga para profundizar, buscar y encontrar.

Jesús es el Sol que alumbra nuestra vida, es la clave para llegar a la felicidad, es quien une lo disperso dentro de nosotros y con los demás. Para Agustín fue la clave de su conversión. Hasta que no aceptó a Jesús en su vida, anduvo disperso y desorientado.

Y tú ¿cómo andas?, ¿vives en armonía?, ¿es Jesús tu centro, tu clave?

Si quieres puedes acompañarnos en estas sencillas reflexiones.

EL DIRECTOR : JESÚS

Agustín encuentra en Jesús el “director” de su vida. Empieza a vivir en clave de sol. Y nos anima a imitarle: Camina seguro en Cristo; camina. No tropieces, no caigas, no mires atrás, no te quedes parado en el camino, no te apartes de El. (Cfr. Serm. 170, 11)

Durante muchos años Agustín vivió en una dimensión puramente horizontal, miraba en todas las direcciones, arriba, abajo, a la derecha a su izquierda, hacia delante y hacia atrás y se olvidaba de la dimensión vertical, la que lleva a mirar hacia lo alto, al cielo a la luz, al sol, a Dios.

¿Qué faltaba en la vida de Agustín? Su vida estaba mal orquestada, faltaba un “director” que pusiera armonía en su mundo afectivo, sus deseos y su búsqueda, le faltaba Jesús.

El sabía que necesitaba abrazarse, aceptar a Jesús: “camino, verdad y vida” (Jn. 14,16), pero, dice Agustín: “al no ser humilde, no me cabía en la cabeza que ese Jesús humilde fuera mi Dios” ( Conf. VII,18,24)

La idea que Agustín tenía de Jesús antes de su conversión era la de un hombre extraordinariamente sabio, de un hombre inigualable (Conf. VII, 19,25), pero nada más; no aceptaba que Jesús, ese hombre humilde, fuera Dios.

Llega el momento culminante de su vida: Agustín acepta a Jesús. Sí, ¿pero seguirle?, ¿dejar que fuera El quien pusiera orden en su vida? El peso de la costumbre le podía. El camino para llegar a la auténtica felicidad, a Dios, le atraía, pero, dice Agustín, “aun sentía pereza en aventurarme por su angosto trazado” (Conf. VIII,1,1)

Agustín quería, pero no quería, estaba roto, disperso. “Sólo me salían palabras lentas y soñolientas: “Ahora mismo! ¡Ahora, enseguida! ¡Espera un poquito más! Pero este ahora mismo y este enseguida iban para largo. (Conf. VIII,5,5)

El profeta Jeremías nos dice “me buscaréis y me encontraréis si me buscáis de todo corazón y con toda el alma (Jr. 29,31). Agustín buscó con toda su alma y su corazón y encontró. Y no sólo encontró sino que aceptó. Aceptó adherirse a Jesús, seguirle. Aceptó que Él fuera el Centro de su vida y entonces, se convirtió o mejor, se dejó convertir por Dios, le puso en el centro de su existencia.

Agustín se acercó al Jesús del Evangelio y le hirió con su luz, porque, como bien dice Pagola, es difícil acercarse a él y no quedar atraído por su persona. Y es que Jesús aporta un horizonte diferente a la vida, una dimensión más profunda, una verdad más esencial. Su vida es una llamada a vivir la existencia desde su raíz última, que es un Dios que sólo quiere para sus hijos e hijas una vida más digna y dichosa. El contacto con él invita a desprenderse de posturas rutinarias y postizas; libera de engaños, miedos y egoísmos que paralizan nuestras vidas. Así le ocurrió a San Agustín. ¡Ojalá nos dejemos mirar y atraer por El.

Fuente/Autor: Hna. Carmen Ramírez González_AM

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