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Meditando La Palabra

Explicación de la parábola de la cizaña

27 de enero de 2020

Mateo 13, 36-43. Tiempo Ordinario. Aprender a ofrecer con amor lo bueno y lo incómodo.

Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo». Él respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores con los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

Reflexión

Las realidades sobrenaturales del cielo y el infierno no han sido presentadas para asustarnos o desanimarnos frente al pecado. “Quien tiene oídos entienda”: Dios quiere hacer entender que cada instante de la vida es bueno para hacer nuestra elección. Sabemos que si permanecemos con Cristo Renacido la victoria está segura, pero no tenemos que olvidar que el enemigo trabaja continuamente para impedirnos volver a abrazar al Padre bueno. Dios es misericordioso, pero nos está invitando a levantarnos, a retornar a la casa del Padre y pedir su perdón por nuestros pecados. Luego tendremos que afrontar las otras provocaciones y lisonjas que el enemigo se inventará, pero justo entonces tendremos que recordar y remachar nuestra elección: ser fieles, siempre cercanos al Dios.

La lucha para extirpar la cizaña del enemigo, y para impedirle seguir sembrándola en nuestro corazón tiene que ser tercamente constante, cotidiana. Es una empresa imposible por nuestras solas fuerzas. Nuestra victoria está con él; la ruina si quedamos solos, lejos de él. No nos perdamos en atrevidas abstracciones sobre las realidades sobrenaturales. Limitémonos a afrontar los pequeños y grandes desafíos que cada día lleva consigo, lo que Dios nos propone. Aprendamos a ofrecerle con amor todo lo que de bonito, pero también de incómodo, nos ocurre en la vida, y vendrá él a ayudarnos a llevar nuestra cruz: lo ha prometido, y Dios sí sabe ser fiel.

Fuente/Autor: José Fernández de Mesa | Fuente: Catholic.net

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