“No hay alegría más pura y más santa que en el atenderse unos a otros, comunicarse unos con otros”.

Beato Scalabrini
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Rincón Vocacional

El Segundo y Sublime llamado

27 de enero de 2020

Pero Dios no nos llama a la existencia nada más para que vivamos, crezcamos, nos reproduzcamos y nos muramos. No somos animales. El tiene un proyecto grandioso e inefable para cada persona llamada a la existencia. Si ha constituído a los esposos como colaboradores suyos en la procreación, es para un fin mucho muy superior al mero deseo de llenar la tierra de seres humanos.
Cada uno de nosotros, todos los hombres y mujeres que poblamos la tierra, estamos llamados “desde antes de la creación del mundo”, como nos dice San Pablo en su maravillosa carta a los Efesios, a participar de su propia VIDA DIVINA, hasta la eternidad, lo que llamamos la GRACIA SANTIFICANTE.
Este llamado, esta vocación a la Gracia, es el hecho más importante en nuestras existencias. Si el don de la vida humana es ya de por sí algo formidable, el que Dios nos llame a gozar de su propia Vida Divina es algo inaudito, inefable, insospechable si no fuera por la revelación que Cristo nos hace en la Sagrada Biblia. Solamente por la Fe, podemos entender el sublime llamado que Dios nos hace en su Querido Hijo y de la aceptación de esta verdad toda nuestra vida adquirirá un sentido total. Fuera de esta perspectiva, la vida parecería un absurdo o una broma cruel. ¡Tantas idas y venidas, tantos trabajos y sufrimientos, para al fin morir y desaparecer! No es el fin de este Folleto abundar en el tema excelso de la Gracia. Por eso sugerimos estudiar el Folleto E.V.C. 165 titulado exactamente “LA GRACIA”.
Quede tan solo claro, que Dios no nos llama únicamente a gozar de la vida humana, sino que aparte de esta existencia a nivel humano, El nos llama a participar ya de su Divinidad: es la vocación a la Gracia. Y siendo la Gracia de por sí santificante, en resumidas cuentas, Dios nos llama a la santidad. Todo hombre nacido en este planeta, está llamado a ser Santo. La vocación a la Santidad es universal.
De una manera brillantísima el Concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática “Lumen Gentium” nos aclara el llamado universal a la santidad por la participación de la Vida Divina: “El Padre Eterno creó el mundo universo por un libérrimo y misterioso designio de su sabiduría y de su bondad; decretó elevar a los hombres a la participación de la Vida Divina” (LG2).
Más adelante en el número 39 el mismo documento nos dice: “por eso en la Iglesia todos, ya perte-nezcan a la Jerarquía, ya sean apa-centados por ella, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (I Tes.4,3).
Del mismo modo con que el Após-tol San Pablo invita a todos a la santidad, el Papa Juan Pablo II, en su visita a Brasil, repite la misma idea: “La verdad es que estamos llamados todos -¡no temamos a la palabra!- a la santidad (¡y el mun-o hoy necesita tanto de los santos!) una santidad cultivada por todos, en los varios modos de vida y en las diferentes profesiones y vivida según los dones y las tareas que cada uno ha recibido, avanzando sin vacilaciones por el camino de la fé viva,que enciende la fé viva,que enciende la esperanza y actúa por medio de la caridad” En Alemania, el Papa clama: “¡Sed Santos! Sí, santificad vuestras propias vidas y mantened siempre en vuestro corazón la presencia de Aquel que es El solo Santo”.
Tal vez jamás habías pensado en ser santo y sin embargo estás llamado a serlo, participando de la Vida Divina que se nos comunica por los Sacramentos a partir del Bautismo. “¡Yo no nací para ser santo!” hemos oído muchas veces y sin embargo la realidad es precisamento lo contrario: hemos sido llamados a la existencia para ser santos. Aquel grito no es sino una confesión de ignorancia o de cobardía ante la necesidad de responder al llamado de Dios.
Si en toda vocación es Dios quien llama, toca al hombre responder a dicho llamado. Y como el hombre es libre por designio Di-vino, puede responder afirmativamente… o no. Podemos negarnos al don de la existencia suicidándonos. Podemos negarnos al llamado a la santidad, pecando. Es nuestra decisión y Dios la respeta porque no quiere autómatas. El pone ante nosotros la vida o la muerte, la Gracia o la condenación. ¡Gran resposabilidad ser tan libres!

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