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Scalabrini

De los Escritos de Juan Bautista Scalabrini

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“Esos pastores son necesarios en nuestros días”

El párroco, como bien saben, es el deudor de todos, siempre listo a ayudar a todos. Pero se deben evitar dos excesos opuestos. Hablemos prácticamente, como conviene a un padre. Algunos se dedican tan intensamente a la salvación de los demás, que pierden poco a poco el espíritu y terminan por perderse a sí mismos sin ganar a los demás. Recuerden que podrán beneficiar a los demás sólo en la medida en que se beneficien a sí mismos. Por lo tanto, ante todo, cultiven la piedad, porque “pietas ad omnia utilis est” pero especialmente para las obras del ministerio. Mediten las palabras de Cristo Señor: “Sicut palmes non potest ferre fructum a semetipso nisi manserit in vite, sic nec vos nisi in me manseritis” [“Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes si no permanecen en mí”] (Jn. 15, 12). Por lo tanto, no se descuiden nunca a sí mismos, sino que sean solícitos de la propia santificación (…).

Otros, en cambio, se establecen en su casa parroquial, como los comerciantes en sus negocios. Si son requeridos están de inmediato a disposición; tampoco descuidan la instrucción de los fieles presentes; pero por el resto no están movidos por ningún celo. No piensan en las necesidades ni en los peligros de sus ovejas: descuidan por prudencia inoportuna, pusilanimidad o indolencia los medios necesarios. Estos hombres se pueden parangonar con las banderas izadas bien a la vista sobre los torreones, que no ondean ni se encrespan por el soplar de los vientos. De ello habla el Profeta: “Nihil patiebantur super contritione Israel” [“No se afligen por la ruina de Israel”] (Am. 6, 6). No tiene que ser así la vida de un pastor. Recuerden bien lo que mandó el padre de familia a su siervo “Exi in viam et saepes et compelle intrare” [Ve a los caminos y a lo largo de los cercos, e insiste a la gente para que entre] (Lc. 14, 21-24).

Esos pastores, llenos de celo, son absolutamente necesarios en nuestros días.

Tercer Discurso del 2do. Sínodo – Piacenza 1893

Fuente/Autor: Una Voz Viva

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