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CUANDO LA VIDA PIERDE SU PRECIO

27 de enero de 2020

Usted póngale nombre. Puede ser en una sinuosa callejuela de Ciudad de Guatemala, quizás en San Salvador, o tal vez en Tegucigalpa. Da igual. En Centroamérica corren ríos de sangre.

Allí, en cualquier recoveco, la muerte ejerce su macabro ritual una y otra vez, miles de veces, unas 14 mil veces cada 365 días, para ser más exactos.

Es como si la región, en un demoniaco acto suicida, quisiera colgarse en el pecho alguna medalla, sí, una cualquiera, aunque ya no sean aquellas por las cuales uno se sentiría muy orgulloso.

Sí, porque Centroamérica marcha a la vanguardia: lleva con hidalguía el cetro de la violencia en todo el subcontinente y hace enormes “méritos” para llevarse el máximo galardón en todo el orbe.

El reciente informe titulado Los Costos económicos de la violencia en Centroamérica, sólo hizo más sonora una verdad que desde hace un buen rato desgarra las entrañas de la región.

A los cinco países de la cintura de América la violencia les cuesta unos 6,505 millones de dólares cada año, una cifra realmente escandalosa que en algunos casos engulle más del 10% del Producto Interno Bruto de cada nación.

Ya la guerra se acabó hace un buen rato, las democracias derrocaron a las dictaduras y los gobiernos se han inventado los planes más duros y superduros para aniquilar la violencia sin suerte alguna.

Yo, como Roberto Carlos, “quisiera poder aplacar esa fiera terrible”, pero tal parece que no ha habido hasta ahora fuerza capaz de poner fin a este acto de desangramiento. ¿Será que ya sólo nos queda hincarnos a rezar a la espera de un milagro?

Sí, porque en El Salvador la tasa de homicidios, de acuerdo con el informe, es más del doble del promedio en América Latina, más de 10 veces mayor que la de Estados Unidos y más de 45 veces que la de Canadá.

El coctel es terriblemente mortal. Porque a la epidemia de violencia se suma el fenómeno de las pandillas que actúan a sus anchas en varios países de la región. Como si fuera poco, no hay que dejar de lado el narcotráfico que hace de las suyas al tomar al área como puente para el 88% de la droga que se consume en Estados Unidos. Juntos, violencia, pandillas y narcotráfico conforman la trilogía de la muerte en el istmo.

Debe ser realmente grave el problema, porque en Costa Rica, hasta el mismo gobierno se mostró alarmado hace unos días porque el crimen organizado está haciendo de las suyas. Y, sin embargo, el país cuenta con una tasa de 7.7 homicidios por cada 100 mil habitantes, mientras que en países como El Salvador y Guatemala alcanza entre 45 y 68 por cada 100 mil habitantes.

Lo de Centroamérica se ha convertido en una espiral infernal. Miles de jóvenes se convierten en pandilleros en sus países o lo hacen en Estados Unidos tras abandonar su tierra por falta de oportunidades. Desde aquí son deportados a sus lugares de origen y allí reciclan su esquema de violencia y muerte.

En esta ecuación tampoco hacen falta grandes cábalas para adivinar las raíces del flagelo: la región se hunde en la miseria mientras sus gobiernos han puesto al desnudo su incapacidad de frenar el ciclo de pobreza y desempleo.

Ahora que la crisis económica aprieta en todo el mundo, la cuesta luce entonces más empinada en Centroamérica.

Allá esperan a brazos cruzados, que el Plan Mérida, la caridad internacional y hasta el trabajo voluntario hagan lo suyo porque las recetas propias hace rato fracasaron. Sólo queda doblar las rodillas, elevar una plegaria y esperar…

Fuente/Autor: Luis Álvarez

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