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27 de enero de 2020

“Para que la Jornada Mundial de la Juventud que se celebra en Sydney, Australia, encienda en los jóvenes el fuego del amor divino y los transforme en sembradores de esperanza para una nueva humanidad”.

Ciudad del Vaticano
Es claro que la juventud es el futuro de la Iglesia y la esperanza de la sociedad. Por eso, la Iglesia valora grandemente la evangelización de los jóvenes.

Sin duda inspirado por Dios, Juan Pablo II comenzó en 1985 las Jornadas Mundiales de la Juventud. Desde sus primeros años como sacerdote llevaba en su corazón el deseo de estar cerca de los jóvenes para acercarlos a Jesucristo. En la Carta que dirigió a los jóvenes en 1985 con motivo del Año Internacional de la Juventud, decía: “En vosotros está la esperanza, porque pertenecéis al futuro, y el futuro os pertenece” (Carta a los Jóvenes, 1).

Si el hombre es el camino de la Iglesia, se comprende bien por qué la Iglesia atribuye una especial importancia al período de la juventud como una etapa clave de la vida de cada hombre.

Pero esa etapa, precisamente por ser clave en la vida de cada hombre, tiene que ser de forma especial un momento de encuentro con Cristo. Sólo en Cristo se revela al hombre el misterio del hombre. Ese encuentro se realiza especialmente en la meditación de la Palabra, y se profundiza en la Eucaristía: “En la Eucaristía la adoración debe llegar a ser unión” (Benedicto XVI, Jornada Mundial de la Juventud, Colonia, 21 de agosto de 2005).

Pidamos por el éxito de la Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en Sydney, Australia. Roguemos al Señor para que con ocasión de las palabras del Santo Padre, muchos jóvenes se entusiasmen con el Evangelio, con Jesucristo, con la Iglesia, Esposa de Cristo, misionera y mártir.

A través del contacto personal con Cristo Eucaristía se encenderá en el corazón de los jóvenes el fuego del amor, el fuego del Espíritu que Cristo ha venido a traer sobre la tierra. Esta vivencia eucarística, será fuente de transformación para cada joven y para la entera sociedad. Benedicto XVI decía a los jóvenes en Marienfeld en agosto de 2005: “Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, anticipa su muerte, la acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal ―la crucifixión―, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15, 28). Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún modo, un cambio, una transformación del mundo” (Colonia, 21 de agosto de 2005).

Quien verdaderamente ha encontrado a Cristo, no puede guardar para él sólo esta alegría. Vivimos en una sociedad donde encontramos la paradoja del “olvido de Dios”, y al mismo tiempo, la búsqueda de una religiosidad que saque al hombre del materialismo consumista que le asfixia.

Los jóvenes deben ser canales de esperanza para sus contemporáneos. Para ello, deben conocer su propia fe para ser capaces de “dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15).

No basta un encuentro con Cristo a nivel “sentimental”. Es necesaria una experiencia que comprometa la vida entera, como testigos del Dios vivo, testigos de una fe que están llamados a conocer y vivir para llevar a sus coetáneos a Jesucristo: “Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que nos indica el camino: Jesucristo” (Benedicto XVI, Marienfeld, 21 agosto 2005).
Cuando un ascua encendida permanece sola, tiende siempre a apagarse. Es necesario vivir la fe en comunidad, porque la Iglesia es comunidad y comunión a imagen de la Trinidad. Las parroquias y los nuevos movimientos deben ser el ambiente que facilite experimentar la Iglesia como familia, como comunión en Dios, como “un sólo cuerpo”. Es necesario buscar compañeros de camino para vivir la fe. Pidamos al Señor, unidos al Santo Padre, para que los jóvenes sean Iglesia viva y misionera, para que sean fermento de renovación en sus Iglesias locales y en sus movimientos de origen.

Fuente/Autor: Agencia Fides

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