La juventud es un tiempo bendito para el joven y una bendición para la Iglesia y el mundo.

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Meditando La Palabra

A – Domingo 33o. del Tiempo Ordinario

27 de enero de 2020

Primera: Pr 31,10-13.19-20.30-31; Salmo 127; Segunda: 1Tes 5,1-6; Evangelio: Mt 25, 14-30

Nexo entre las lecturas

La liturgia nos invita a considerar que la vida es un talento, un don, que el Señor nos dio y que debemos hacer fructificar. Este domingo 33 del tiempo ordinario prepara de un modo inmediato la solemnidad de Cristo Rey del Universo. El día del Señor, nos dice Pablo en la carta a los Tesalonicenses, llegará como un ladrón, de modo inesperado y, por ello, debemos vigilar y vivir sabiamente para no ser sorprendidos (2L). El evangelio compara la vida humana a un don que Dios nos hace para que lo hagamos rendir. Al crearnos, Dios ha querido compartir con nosotros algo de sí mismo. Él desea que también su creatura se convierta en una “dispensadora de bien”. Por eso, lo sensato en nuestras vidas es usarlas apropiadamente para producir frutos abundantes; lo sensato es negociar con los talentos recibidos; poner en juego todas las capacidades de la inteligencia y de la voluntad para producir aquellos frutos que Dios espera de nosotros. Así pues, cada uno con los dones recibidos debe ponerse al servicio de los demás, con la clara conciencia de que el Señor volverá y que deberemos rendir cuentas, no de nuestras intenciones, sino de las obras realizadas (Ev). El libro de los Proverbios nos muestra el ejemplo de una mujer que hace rendir su vida y cualidades. Es una mujer hacendosa, activa, laboriosa en la caridad, diligente en el obrar. No es remisa, vanidosa o egoísta. Su especial sensibilidad no la vuelve hacia sí misma, sino que trabaja con sus manos y extiende sus brazos a los necesitados. Quien encuentra una mujer así, encuentra un tesoro (1L).

Mensaje doctrinal

1. El Señor volverá. Es una verdad que proclamamos en el credo: el Señor volverá para juzgar a los vivos y a los muertos. Su venida, como lo afirma san Pablo, es cierta, más aún es inminente, pero nos sabemos el día, ni la hora. El catecismo de la Iglesia católica expresa muy bien esta verdad:

“Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente, aun cuando a nosotros no nos ´toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad´ [Hch 1,7 .]. Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento, aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén ´retenidos´ en las manos de Dios.” Catecismo de la Iglesia Católica No. 673

El día del Señor llegará de modo improviso, cuando todos se sientan seguros. Por eso, la actitud que corresponde al cristiano es la de la vigilancia. Así como el padre de familia vigila para que el ladrón no robe en la noche (Cf. Lc 12, 39), así el cristiano no se abandona al sueño negligente en esta vida. Es decir, no se abandona al descanso y a la pereza cuando tiene ante sus ojos muchas oportunidades de bien. A este hombre atento y vigilante se le pueden aplicar las palabras de la Escritura: yo dormía, pero mi corazón vigilaba. (Cantar de los cantares 5,2). En realidad la gran tentación de esta vida es pensar que todo se concluye aquí; pensar que las esperanzas son para aquí abajo y que, por lo tanto, lo más rentable es disfrutar cuanto sea posible de las posibilidades presentes dado que nada sabemos de la eternidad. La tentación de transformar las esperanza de los bienes celestiales en esperanzas terrenas es muy insidiosa en nuestro mundo secularizado. Dicha tentación consiste en considerar la estación presente como la única, como la definitiva y, en consecuencia, buscar de ella el máximo disfrute y placer, pues el futuro es incierto. Hemos de reaccionar firmemente ante tan grande error. El cristiano sabe que ha pasado de las tinieblas del pecado a la luz admirable de la gracia. Él ha sido iluminado y posee una viva conciencia de su quehacer en este mundo. Se sabe peregrino hacia la posesión eterna de Dios. Sabe que su paso por esta vida es breve, un punto en la eternidad; pero es un paso en el que debe dejar una huella de bien y de bondad. El tiempo se le hace corto para hacer todo el bien que quisiera hacer. Lejos de él el pasar sin ofrecer frutos de vida eterna. Como un centinela, no duerme, vela, observa, llama a rebato, convoca, es un obrero diligente, hace rendir las dotes recibidas. Es un centinela guiado por el amor y el amor desconoce la dilación, el retraso, la omisión. El amor es diligente y se muestra en las obras. El amor vigila y pone todos los medios para producir buenos frutos. El amor desea lo mejor para el amado y para los que vienen detrás.

El Señor volverá. Habrá que grabar en el alma esta verdad porque ella es suficiente para dar un sentido trascendente a la vida. Ella nos ayudará a considerar todo el acontecer humano con la relatividad de quien mira y espera la eternidad de Dios. El Señor volverá: sacudamos la pereza de nuestras manos, limpiemos las salpicaduras de una mentalidad de mundo, sin esperanza sobrenatural, sin mirada de eternidad.

2. Hemos de negociar con los talentos recibidos de Dios. No importa si se han recibido muchos o pocos talentos, lo importante es que ninguno de ellos permanezca ocioso, sino que se ponga enteramente al servicio de Dios, de la Iglesia y de mis hermanos los hombres. Nadie es tan pobre que no tenga algo que dar a los demás, algo que ofrecer, algo con qué negociar. En este sentido rico, no es el que más tiene, sino el que más da, el que más ofrece lo que tiene como don para los demás. El enemigo que hay que vencer, por tanto, es la indolencia, la somnolencia, la omisión; esa especie de sueño que anestesia las mejores cualidades del corazón y nos derrumba en una vida estéril y temerosa. El enemigo que hay que vencer es el miedo que nos hace esconder el talento para no arriesgar un fracaso. El cristiano no puede acobardarse ante el mundo y ante la vida, porque su ejercicio es el amor; porque su vida ha pasado de las tinieblas a la luz; él es hijo de la luz y vive en el amor y el amor es donación, el amor es valentía, el amor es entrega sincera de sí sin límites.

Negociar en esta vida puede significar:

Superar el egoísmo y el subjetivismo individualista que nos retrae a nuestro propio mundo y nos hace ver sólo por nuestros intereses. La persona se hace insensible ante el sufrimiento de los inocentes y del prójimo. La persona egoísta no es capaz de descubrir los avatares y las desgracias del mundo y los sufrimientos de la Iglesia. Su horizonte de interés y de generosidad se restringe. Nada más triste que vivir para sí. Nada más triste que tomar el talento que está destinado para dar frutos y enterrarlo en el propio egoísmo. El egoísta es infeliz en esta vida y pone en riesgo su salvación eterna: siervo malvado y perezoso, lo llama el Señor.

– Practicar la abnegación de nuestras tendencias desordenadas. El hombre tiende al bien, pero al examinar su corazón descubre tendencias desordenadas que no pueden tener su origen en su creador. Si quiere poner sus dones y su vida al servicio de los demás, deberá poner orden en esas tendencias que lo obstaculizan, lo retrasan y desvían del camino. Debe aprender a renunciarse a sí mismo en sus gustos y placeres desordenados, debe aprender a negarse a sí mismo de acuerdo con la ascética cristiana. Palabras duras de entender para el hombre moderno y post-moderno, pero palabras ciertas que responden a la verdad sobre la vocación y la dignidad del ser humano.

– Participar en la misión apostólica de la Iglesia. Por definición un cristiano es un apóstol. Es un hombre enviado a dar frutos de vida eterna. Es una persona llamada por Cristo para tomar parte en los trabajos de la redención. Por tanto, es una persona que tiene una misión en la vida y que cuenta con un tiempo determinado para ponerla por obra. Decir que no se tiene tiempo para hacer apostolado y participar en la misión de la Iglesia, es lo mismo que decir que no se tiene tiempo para ser cristiano, puesto que el apostolado es esencial en la vida cristiana. Habrá, pues, que preguntarse si se posee esta conciencia apostólica; si se siente la corresponsabilidad en la tarea de la salvación de las almas. Habrá que preguntarse si se siente la urgencia de hacer poco o mucho, lo que está en la propia mano, para ayudar a esta humanidad dolorida que sufre tanto por la falta de Dios. Las posibilidades de bien son enormes, los talentos son múltiples.

Sugerencias pastorales

1. El cristiano vive sobriamente. El cristiano sabe que todos los bienes materiales de los que dispone en esta vida son sólo medios para alcanzar a Dios y para darle gloria. Sería insensato acumular bienes sabiendo que la polilla de este mundo y el paso del tiempo los corroe y que no valen para la eternidad. Quien acumula bienes terrenos, se apega a ellos y los convierte en un fin, se parece a aquel alpinista que junta enseres, vituallas y equipo de montaña, pero nunca se decide a emprender la ascensión. ¿Para qué sirve tanto equipo y material? ¡Qué grave error! Como si esos bienes fueran eternos, como si esos bienes pudiesen colmar las aspiraciones del corazón, como si al final de la vida no estuviese el encuentro definitivo con el Señor de nuestras vidas.

Por eso, el cristiano usa de los bienes tanto cuanto le ayudan a dar gloria a Dios e ir al cielo. Aquí aparece el tema del desprendimiento de la cosas creadas, el tema de la caridad y de la generosidad para repartir los bienes con los necesitados; el tema de vivir sobriamente usando los bienes necesarios y practicando la benevolencia con los pobres.

2. El cristiano vive diligentemente. Uno de los más grandes talentos que hemos recibido y al cual, lamentablemente, damos poca importancia es el tiempo. El tiempo es un don hermoso de Dios. Con él vamos construyendo nuestra porción en la obra de la salvación. Con él colaboramos con Cristo en la redención de la humanidad. Sin embargo, con frecuencia usamos con descuido el tiempo. Parece que, en ocasiones, más que usar el tiempo, lo perdemos; dejamos que se nos escape entre las manos sin hacer nada constructivo, nada que sirva para las futuras generaciones, nada que lleve paz, consuelo y alegría a los demás. Pasa un día y otro, y vivimos sin dar trascendencia a nuestras vidas y sin hacer nada duradero, sin emplearnos a fondo en las cosas importantes. Corremos de aquí para allá para ajustar negocios, adquirir bienes, disfrutar de los placeres de esta vida, y nos olvidamos de atesorar bienes para el cielo. Descuido importante. El cristiano, por ello, se esfuerza por vivir diligentemente, haciendo todo el bien que esté en su mano hacer. La consigna, pues, para nuestro tiempo es la de trabajar con diligencia, aprovechar cada minuto para dar fruto de eternidad. Vivir con una sana militancia que, como san Pablo, me lleve a gastarme y desgastarme por el bien de mis hermanos.

Fuente/Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net

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