“No hay alegría más pura y más santa que en el atenderse unos a otros, comunicarse unos con otros”.

Beato Scalabrini
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Meditando La Palabra

A – Domingo 29o. del Tiempo Ordinario

27 de enero de 2020

Is 45,1.4-6
Sal 95
1Ts 1,1-5b
Mt 22, 15-21

Nexo entre las lecturas

El tema que parece dar unidad a las lecturas de este día es la soberanía y el señorío del Señor. La primera lectura nos muestra a Ciro, Rey de Persia del 550 al 530 a.C., y lo califica con el alto nombre de “ungido del Señor”. En realidad no fue poco lo que Ciro hizo en favor de Israel: él puso fin a la deportación a Babilonia -a partir del 538-, restituyó los objetos de oro y plata expropiados por Nabucodonosor y publicó el edicto de la reconstrucción del templo. El libro de Isaías hace una lectura de estos hechos históricos a partir de la soberanía de Dios. El Señor guía los hilos de la historia. Él es el Señor y no hay otro. Israel ha aprendido que el Señor no es solamente el único Dios de Israel, sino que es, en absoluto, el único Dios existente. (1L). El evangelio nos narra un encuentro muy significativo entre Jesús y los legados de los fariseos. Estos últimos tienden a Jesús una asechanza para hacerlo caer. Le presentan un dilema, al parecer, insoluble: ¿se debe dar, sí o no, el tributo al César? Pregunta insidiosa. Pero Jesús ofrece una respuesta que sorprende a todos, adversarios y discípulos: dad al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios. Con estas palabras, Jesús ,no sólo confunde a sus adversarios, sino que nos enseña aquello que debemos ofrecer a Dios. Nos indica que a Dios le debemos dar todo aquello que le conviene como creador, como Señor de la vida y de la historia. Las palabras de Jesús están llenas de sabiduría divina; nos muestran qué grande y sagrada es la vida humana pues pertenece a Él. Nos instruyen sobre el único modo que el hombre tiene para realizar plenamente su humanidad, es decir, dando a Dios lo que le pertenece, ofreciéndole a Él un homenaje y una oblación de la propia vida y viviendo en la plena donación de sí mismo a los demás.

Con este domingo, además, iniciamos la lectura de la carta a las Tesalonicenses. Carta de gran interés pues está escrita sólo 30 años aproximadamente después de la muerte de Jesús (51), y nos presenta algunas de las costumbres y modos de vida de las primeras comunidades cristianas.

Mensaje doctrinal

Los domingos XXIX-XXX-XXXI del tiempo ordinario nos ofrecen algunas enseñanzas de Jesús, pero ya no usan, como los domingos anteriores, las parábolas como medio de transmisión del mensaje. Ahora, en cambio, estas enseñanzas se presentan a través de los encuentros entre Jesús y los fariseos. Encuentros no exentos de hipocresía por parte de los doctores de la ley y de una grande sinceridad y profundidad por parte de Cristo.

1. Yo te llamé por tu nombre, aunque tú no me conocías: Estas palabras de la primera lectura del libro de Isaías comentan las gestas de Ciro en favor de Israel. El profeta ve todo aquello que Ciro ha hecho, como parte del llamado divino; ve en Ciro, no sólo el rey de Persia, sino el ungido del Señor; es decir, ve en él un instrumento humano de los designios del Dios de la historia. De aquí se siguen algunas implicaciones teológicas importantes: el Señor no fuerza la libre determinación del Rey, sin embargo, sin que él se dé cuenta exactamente, guía sus pasos: Yo te llamé por tu nombre, aunque tú no me conocías. Se demuestra, como en otras ocasiones, la iniciativa de Dios en la elección de los hombres. Es Dios el primero en salir a nuestro encuentro. Es él, rico en amor y misericordia, quien no se olvida de nosotros. No se olvida de aquella creatura que Él mismo creó al inicio de los tiempos, pero que se alejó de Él por el pecado. Es Dios quien, con entrañas de padre, siente ternura por sus hijos. Por otra parte, conviene subrayar la importancia de la mediación de la creatura. Cuando decimos que Dios es el primer protagonista no podemos prescindir del puesto de intermediarios que ocupan los hombres en el desarrollo de la historia.

En realidad no son los hombres quienes, por su cualidades, se lanzan al cumplimiento de una misión, sino más bien es la misión dada por Dios que los transforma en personas capaces de llevar adelante esa tarea

Este modo de obrar de Dios se repite en la historia de cada ser humano: Yo te llamé por tu nombre…aunque tú no me conocías. Al llamarnos por nombre, el Señor revela sus pensamientos de benignidad sobre nosotros, porque los pensamientos de Dios son de paz y no de aflicción. Nuestro nombre pronunciado dulce y firmemente por Dios adquiere sentido y un valor trascendente. Nuestra pequeña vida, en cierto sentido, se ha convertido en sagrada, desde el día en que Dios pronunció nuestro nombre. Sin embargo, muchas veces, da la impresión de que no conocemos al Señor; parece que, aunque Dios pronuncia nuestro nombre, no sabemos quién es y cuáles son sus planes e intenciones. Caminamos con sospecha por la vida en vista del mal existente a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos. Caminamos atemorizados ante la perspectiva de la muerte, de la inevitable caducidad del mundo y las creaturas, de la acción de las fuerzas del mal. Entonces es necesario, más que nunca, escuchar que Dios pronuncia nuestro nombre con amor, pero con autoridad. Él nos da un título, nos pone en pie, nos da una tarea que realizar. Él vence el mal con el bien y nos hace instrumentos de bien, como a Ciro.

Debemos, pues, reconocer que el Señor es Dios y no hay otro. Reconocer que él tiene en sus manos los hilos de la historia y que su poder y bondad actúan ya, aunque de modo misterioso, en este mundo y lo preparan para su final transformación. Sólo en Cristo llegaremos a la plena realidad del “ungido del Señor” aquel que libera definitivamente a su pueblo de la esclavitud, de la muerte y del pecado. En Cristo, conocemos la bondad del Padre, porque Él nos revela el rostro amoroso del Padre.

2. Los deberes del hombre ante la majestad de Dios. Si Dios es el Señor, el único Dios y no hay otro, al hombre le corresponde alabarlo, darle gracias, pedirle dones, solicitar su perdón.

– Alabar a Dios: La alabanza de Dios debe estar siempre en nuestros labios, porque Él es Dios y nosotros sus creaturas. El fin de nuestra existencia es alabar y glorificar a Dios porque Él es el Señor digno de toda alabanza. Son tantos los beneficios de Dios para con el hombre que la alabanza nace espontánea de nuestros labios: 12 ¿Cómo a Yahveh podré pagar todo el bien que me ha hecho?13 La copa de salvación levantaré, e invocaré el nombre de Yahveh. Salmo 116 12-13. Dado que hemos sido creados a imagen de Dios, nuestra vida no debería ser otra cosa sino un canto de alabanza al Señor por su inmenso amor. El comentario de Agustín al texto evangélico de este día es muy elocuente al respecto: “Así como el César exige su imagen en tu moneda, así del mismo modo exige su propia imagen en tu alma. Da a César -dice- aquello que es del César. ¿Qué cosa exige el César de ti? Su propia imagen. ¿Qué cosa te exige el Señor? Su propia imagen. Pero la imagen del César está sobre la moneda, en cambio la imagen de Dios está en ti mismo. Si lloras cuando pierdes la moneda, porque has perdido la imagen del César ¿no deberías llorar cuando adoras a los ídolos porque injurian en ti la imagen de Dios? Agustín Discorsi, Disc. 113/A,8

– Darle gracias. Ante Dios el hombre se presenta como un deudor de los dones divinos: el don de la existencia, el don de la fe, el don de la redención… La vida del hombre, en este sentido, debe ser una continua “acción de gracias” a un Dios providente que vela por sus creaturas con amor de Padre. “ Deo Gratias! ” Sean dadas gracias a Dios. Ésto, ante todo es un acto sabio, porque nos obliga a hacer una reflexión sobre la dignidad de la vida, la cual nace de un pensamiento original y creativo de Dios. La vida es un don que tiene su origen en Dios. Después debemos descubrir que todo es un don: “Tout est grâce”. ¿Es bello el mundo? Demos gracias a Dios. ¿Es fecunda la naturaleza? Demos gracias a Dios. Nuestra misma existencia ¿es un milagro? Demos gracias a Dios (Cf. Pablo VI Ángelus 10-XI-1974).

– Pedirle dones : Nuestra vida inmersa en la historia está siempre necesitada del auxilio y de la protección divina. Nuestra oración se eleva como incienso para suplicar al Señor las gracias necesarias para continuar el camino. Sólo con la ayuda y el apoyo de Dios podemos cumplir cabalmente nuestras tareas. En realidad, al pedir dones, lo que hacemos es ampliar nuestra capacidad de deseo, porque el Señor sabe muy bien lo que necesitamos y está dispuesto a concederlo. La oración, por tanto, aumenta nuestro deseo y con ello la capacidad de recibir el regalo de Dios.

– Solicitar su perdón Si el Señor tomase en cuenta nuestras faltas, ¿quién podría resistir ante su mirada? ¿Quién podría presentarse inocente ante el Señor? ¡Ten misericordia de nosotros, Señor, porque hemos pecado contra ti!

Sugerencias pastorales

1. El descubrimiento de que Dios es el Señor de la historia. ¿Quién duda que los acontecimientos dramáticos de nuestra historia ponen a prueba nuestra fe y nuestra esperanza? Sentimos la misma interpelación que los malvados hacían al hombre justo: Con quebranto en mis huesos mis adversarios me insultan, todo el día repitiéndome: ¿En dónde está tu Dios? Salmos (42,11). “Ciertamente los dramáticos sucesos en el mundo de estos últimos años han impuesto a los pueblos nuevos y más fuertes interrogantes que se han añadido a los ya existentes, surgidos en el contexto de una sociedad globalizada, ambivalente en la realidad, en la cual «no se han globalizado sólo tecnología y economía, sino también inseguridad y miedo, criminalidad y violencia, injusticia y guerras». (Caminar desde Cristo: un renovado compromiso de la Vida Consagrada en el Tercer Milenio, Instrucción de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica No.1). De frente a estas realidades, se hace más actual que nunca la misión del cristiano que testimonia con su fe que Dios sigue presente en el mundo y que, a pesar de las apariencias, es el amor de Dios quien triunfa del mal, del pecado y de la muerte. No conviene olvidar que, como menciona el catecismo de la Iglesia Católica,: “La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada “en estado de vía” (“In statu viae”) hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esta perfección:

Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó, “alcanzando con fuerza de un extremo al otro del mundo y disponiéndolo todo con dulzura” (Sb 8, 1). Porque “todo está desnudo y patente a sus ojos” (Hb 4, 13), incluso lo que la acción libre de las criaturas producirá (Cc. Vaticano I: DS 3003).

El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos: “Nuestro Dios en los cielos y en la tierra, todo cuanto le place lo realiza” (Sal 115, 3); y de Cristo se dice: “si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir” (Ap 3, 7); “hay muchos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza” (Pr 19, 21). Catecismo de la Iglesia Católica 302-303

2. El valor de la propia vida en la historia de la salvación. Ahora bien, nosotros como creatura libres, podemos colaborar con la providencia de Dios que todo lo dispone y gobierna con firmeza y suavidad. Como Ciro, podemos convertirnos en instrumentos de gracia y aportar nuestro granito de arena en la historia de la salvación. Podemos hacerlo de diversos modos:

– Teniendo un creciente sentido de responsabilidad por nuestros hermanos; por todos, pero especialmente por los que sufren. Debemos hacernos en nuestra propia humanidad dispensadores de bien, de paz, de alegría.

– Reconociendo la unidad y la verdadera dignidad de todos los hombres: Todos han sido hechos “a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1,26). Así como la moneda tiene la imagen del César, cada ser humano posee la imagen de Dios (Cf San Agustín).

– Buscando el bien de las cosas creadas: La fe en Dios, el único, nos lleva a usar de todo lo que no es él en la medida en que nos acerca a él, y a separarnos de ello en la medida en que nos aparta de Él (cf. Mt 5,29_30; 16, 24; 19,23_24): “Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de ti. Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a ti. Señor mío y Dios mío, despójame de mi mismo para darme todo a ti” (S. Nicolás de Flüe, oración).

– Confiando en Dios en todas las circunstancias, incluso en la adversidad.

Fuente/Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net

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