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Meditando La Palabra

A – Domingo 20o. del Tiempo Ordinario

27 de enero de 2020

Primera: Is 56,1.6-7
Salmo 66
Segunda: Rm 11, 13-15.29-32
Evangelio: Mt 15, 21-28

Nexo entre las lecturas

El tema de la universalidad de la salvación aparece de modo especial en este XX domingo del tiempo ordinario. El tercer Isaías expone la situación de los judíos deportados que, después de haber convivido con pueblos extranjeros en el exilio -desde el 587 hasta el 538-, vuelven a la patria y encuentran otros pueblos que habitan su tierra. En el exilio intentaron mantener su fe permaneciendo unidos en torno a los sacerdotes y los escribas pero, sin la presencia del templo, anhelaban siempre el retorno a la ciudad de David y a la Casa del Señor. Una vez vueltos a su tierra, encuentran pueblos extranjeros que habitan en ella. Advierten que se ha creado un nuevo estado de cosas, que les obliga a reflexionar y a adoptar una nueva actitud hacia aquellos pueblos. El oráculo del libro de Isaías que hoy leemos, trata de dar respuesta a esta circunstancia: “Aquellos extranjeros que se adhieran al Señor, ofrezcan sacrificios, se abstengan de profanar el sábado, serán acogidos en el templo y el Señor escuchará sus plegarias. La Casa del Señor (el templo) se llamará casa de oración para todos los pueblos. (1L). El tema de la universalidad de la salvación se presenta también en la carta a los romanos. La salvación, dice san Pablo, es para todos: judíos y paganos. Pablo se preocupaba por la salvación de sus hermanos en sangre. Él predicaba a los gentiles, sólo después de haberlo hecho a los judíos y haber sido rechazado. Sabía que su misión era la conversión de los gentiles, pero esto no excluía en absoluto la salvación de su pueblo. El razonamiento de Pablo era sencillo y claro. Todos han desobedecido a Dios, judíos y paganos. Si Dios ha ofrecido la salvación a los paganos, con mayor razón la ofrecerá a los judíos, pueblo de la Alianza (2L). En el evangelio vemos a Cristo mismo realizar un milagro en favor de una “cananea”, una mujer pagana venida de Tiro y Sidón. El Señor deja bien sentado que debe ceñirse a su misión “en la casa de Israel”, pero al mismo tiempo muestra que la salvación posee un carácter universal. Corresponderá a los apóstoles “ir al mundo entero y predicar el Evangelio a toda creatura”.

Mensaje doctrinal

1. El carácter universal de la salvación en Cristo Jesús. El encuentro de Jesús con la “cananea” nos ofrece elementos fundamentales de la historia de la salvación. Por una parte encontramos la actitud molesta de los discípulos que desean despedir rápidamente a aquella mujer que entorpece la marcha del maestro. El evangelista dice que era “cananea”, queriendo expresar que era pagana, que no pertenecía al pueblo judío ¿Qué se puede lograr con una mujer venida allende los confines del pueblo escogido?. Jesús mismo había dado a los doce la siguiente indicación: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 10,5-7). Por otra parte, este pasaje nos muestra la actitud de Cristo en relación con los paganos. Queda claro que Jesús ha venido a recuperar las ovejas perdidas de la casa de Israel. Él ha sido enviado a esto. Es su misión. Sin embargo, Jesús puede hacer una excepción cuando encuentra una fe sólida que se adhiere a la salvación que viene de Dios. En este caso, se trata de la gran fe de aquella mujer que no pide nada para sí misma, sino para su hija. No pide de cualquier modo, sino con una confianza absoluta en el poder de Cristo. San Hilario de Poitiers ve en la mujer cananea a los prosélitos (paganos convertidos a la fe hebraica y en este caso a la fe cristiana) y en la hija a todos los pueblos paganos llamados también ellos a adherirse a la fe. En cierto sentido no se trata de una excepción, sino más bien de un principio general: los no judíos tienen los mismo privilegios que éstos a condición de que tengan una fe suficiente. Aquí se repite el caso del centurión: “no he encontrado una fe tan grande en Israel”. La Iglesia descubrió temprano este principio y lo aplicó ampliamente en la predicación del Evangelio.

Es importante subrayar que la fe de la que se habla, es una respuesta a la revelación de Dios. Ante un Dios que se revela la respuesta apropiada es la obediencia de la fe. La “cananea” cruzaba de este modo, no sólo la frontera geográfica del pueblo judío, sino se adhería de un modo incipiente, pero profundo, a la revelación en Cristo. Ella se refiere a Jesús con el mismo título que se daba al futuro rey de Israel: Hijo de David y añade otro título con el que los discípulos se dirigían a Jesús: Señor. La grandeza de la fe de la cananea reside en penetrar en el corazón misericordioso de Jesús, para descubrir que Dios quiere que todos los hombres se salven. No se tomará el pan de los hijos, pero el alimento es suficiente para que los cachorrillos coman de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Es tan grande el don y es tan profunda la indigencia humana, que vale la pena cualquier espera, cualquier humillación, cualquier sacrificio, con tal de participar de la salvación que viene de Dios. La cananea aceptaba la revelación de Jesús así como se presentaba, aceptaba el misterioso plan de salvación, aceptaba su propia indigencia, y en esta aceptación residía su riqueza. La respuesta de la cananea a la revelación de Jesús era la fe.

En los tiempos que nos toca vivir donde se insinúa un pluralismo religioso, conviene mantener firmemente la distinción entre la fe teologal, que es acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Cf. Dominus Iesus 7.

2. La fe en la oración. La oración de la mujer cananea nos ayuda a descubrir algunos rasgos esenciales de nuestra relación con Dios. Su petición: ten piedad de mí es aquella que resuena continuamente en los salmos y que expresa adecuadamente la situación de la creatura ante su hacedor. Se trata de una oración de petición en la que se manifiesta la convicción de que Dios puede realizar aquello que se le pide, que Él tiene poder para producir la curación de la niña, para cambiar una situación determinada. Se trata de una fe que obtiene aquello que pide porque pide aquello que es la voluntad de Dios. Se trata pues, de pedir lo que Dios quiere que pidamos. Por otra parte, el pasaje evangélico nos muestra que la oración es una lucha, es un combate espiritual, es un conformarse con el pensar de Dios, un “arrancarle gracias” conforme a lo que Cristo mismo nos había indicado: “pedid…buscad…tocad”. Ella obtiene aquello que solicita porque mantiene su condición indigente y muestra a Dios su necesidad. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias. Salmo 34,7

Sugerencias pastorales

1. La renovación de la oración. Este día nos ofrece la oportunidad de renovar nuestra vida de oración. El mundo agitado que vivimos muchas veces no nos deja espacio para recoger nuestra alma y alabar a Dios. Nos encontramos en cierto sentido “extrovertidos”, desparramados por las cosas y los acontecimientos. No somos capaces de reservar algunos minutos para la oración personal. Será muy útil, pues, crear aquellas condiciones necesarias para entablar un contacto más cercano y espontáneo con Dios Nuestro Señor. Lo podemos hacer renovando nuestras oraciones de niñez que ofrecíamos a Dios al levantarnos y al ir a descansar. Lo podemos hacer al bendecir la mesa y pedir a Dios por nuestra familia y nuestros hijos. ¡Qué experiencia tan profunda la de la familia que reza unida! ¡Cómo se queda grabada en la mente de los niños las oraciones recitadas al lado de la madre o del padre! Los testimonios de personas que vuelven a la fe después de muchos años de abandono son elocuentes: lo primero que hacen es volver a las oraciones infantiles que aprendieron de boca de sus madres; volver a las oraciones básicas del cristianismo, sobre todo el Padre Nuestro y el Ave María. No saben más y empiezan a repetir el “Ave” María” una tras otra dando a su espíritu la paz y el espacio que necesitan en medio del vértigo de la jornada. Reavivemos nuestra fe en la oración. Impongámonos esa ascesis que supone el dedicar unos minutos cada día al silencio interior y al diálogo profundo con Dios. Nuestra alma ganará en paz, en esperanza, en fortaleza para enfrentar los avatares de la vida.

2. El amor no se detiene ante las dificultades. Es verdad, el amor no conoce la dilación, no conoce los obstáculos. El amor está en continua actitud de donación y de sacrificio en bien de la persona amada. Esto es lo que vemos en la mujer cananea. Su petición a Jesús está toda en favor de su hija.

Fuente/Autor: P. Octavio Ortiz | Fuente: Catholic.net

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