La primera palabra de la vocación es gratitud.

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Mundo Joven

27 de enero de 2020

LA VIDA ES VOCACIÓN
Hoy, ¿el hombre sin vocación?”

I. El panteón
Hoy Las cuestiones fundamentales de la vida corren el peligro de ser sofocadas o eludidas.
El sentido de la vida más que buscado viene impuesto: o por lo que se vive en lo inmediato, o por lo que satisface las necesidades; la conciencia llega a ser cada vez más extraña, y las cuestiones más importantes quedan sepultadas.
Un aspecto caracteriza la actualidad socio-cultural europea: la abundancia de posibilidades, de ocasiones, de solicitudes, frente a la carencia de enfoques, de propuestas, de proyectos. Como la Roma antigua, la Europa moderna se asemeja a un panteón, a un gran « templo » en el que todas las « divinidades » tienen cabida, y cada « valor » tiene su puesto y su hornacina.
Resulta difícil, en tal contexto, tener una visión unitaria del mundo y, por tanto, llega a ser débil, también, la capacidad proyectiva de la vida. Cuando una cultura, en efecto, no define ya las supremas posibilidades de significado, o no logra la convergencia en torno a algunos valores como particularmente capaces para dar sentido a la vida, sino que pone todo al mismo plano, pierde toda posibilidad de opción proyectiva, de apertura a algo más grande, y todo llega a ser indiferente y sin importancia.
Por un lado, buscamos apasionadamente autenticidad, afecto, relaciones personales, amplitud de horizontes; y por otro, nos sentimos fundamentalmente solos, «heridos» por el bienestar, engañados por las ideologías, confusos por el relativismo dominante.
II. El grito
El criterio con el que la mentalidad de hoy acostumbra a mirar el futuro se centra en el provecho o el gusto o la comodidad para el individuo.
El camino a elegir, la persona que amar, la profesión a desarrollar, la facultad donde matricularse –todo está dispuesto de modo que se erija como criterio absoluto la utilidad particular del individuo, dentro de horizontes que reducen el deseo de libertad y las posibilidades de la persona a proyectos limitados, con la ilusión de que somos libres.
Son opciones sin ninguna apertura a lo que el hombre realmente desea, al misterio y a la trascendencia. Quizá también con escasa responsabilidad respecto a la vida, propia y ajena. Es, en otras palabras, una sensibilidad y mentalidad que diseñan una antivocacional. Es tanto como decir que, en nuestro mundo, culturalmente complejo y sin puntos precisos de referencia, el modelo antropológico prevalente fuese el del «hombre sin vocación ».
III. Nómadas
He aquí una posible descripción: « Una cultura pluralista y compleja nos hace jóvenes con una identidad frágil y fragmentada, con la consiguiente indecisión crónica frente a la opción vocacional. Somos nómadas: circulamos sin pararnos en el ámbito geográfico, afectivo, cultural, religioso. “Vamos tanteando”. Por esto tenemos miedo de nuestro porvenir,
experimentamos desasosiego ante compromisos definitivos y nos preguntamos acerca de nuestra existencia.
Si por una parte buscamos, a toda costa, autonomía e independencia, por otra, tendemos, como refugio, a ser dependientes del ambiente socio-cultural y a conseguir la gratificación inmediata de los sentidos: aquello que “me mola”, que me “pide el cuerpo”, que “me hace sentirme bien”, en un mundo afectivo hecho a nuestra medida.
Produce una inmensa pena encontrar jóvenes, incluso inteligentes y dotados, en los que parece haberse extinguido el deseo de vivir, de creer en algo, de tender hacia objetivos grandes, de esperar en un mundo que puede llegar a ser mejor también gracias a su esfuerzo. Son jóvenes que parecen sentirse superfluos en el drama de la vida, dimisionarios de la tarea que en la vida tendrían que hacer, extraviados a lo largo de senderos truncados y aplanados en los niveles mínimos de su tensión vital.
Son jóvenes sin vocación,
pero también sin futuro,
o con un futuro que,
todo lo más, será una
fotocopia del presente.

IV. La esperanza del hombre de hoy:
la vida como vocación.
La vocación fundamental del hombre se contiene en la vocación a la vida y a una vida concebida desde su origen a semejanza de la divina.
El acto creador del padre es lo que provoca el conocimiento de que la vida es una entrega a la libertad del hombre, llamado a dar respuesta personalísima y original, responsable y llena de gratitud.
Dios me ha llamado de la nada. Entre los miles de millones de seres posibles, Él me ha elegido y me ha llamado a mí. Mi vida está constituida por esa llamada. Mi vida continúa porque Él continúa llamándome impidiendo que vuelva a caer en el silencio de la nada del que fui sacado. Mi existencia es fruto del amor creador de Dios, de su palabra creadora. Vengo a la vida porque soy amado, pensado y querido por una Voluntad que nos ha preferido a la no-existencia, que nos ha amado antes de que fuésemos.
V. Una voz me llama
Mi vida es una Voz que me llama, la Voz potente de Aquél a quien se debe todo lo que existe; mi vida es una respuesta obligatoria a esa Voz que me está llamando.
En la existencia de algunos hombres la llamada de Dios se ha dejado realmente sentir con la inmediatez concreta de una voz humana, suscitando la sorpresa o el sobresalto que experimentamos cuando nos sentirnos llamar de improviso por nuestro nombre.
Esto es, pues, lo que anima la concepción cristiana de la vida: que la vida es vocación, que la vida es llamada. Y el sentido de las cosas y de las circunstancias consiste en que son como palabras en las que se articula el sonido de esa voz inefable.
VI. Fiarse
La vocación es lo que explica, en la raíz, el misterio de la vida del hombre, misterio de predilección y gratuidad absoluta.
De hecho, existe una criatura en al que le diálogo entre la libertad de Dios y la libertad del hombre se realiza de modo perfecto, de manera que las dos libertades puedan actuar realizando plenamente el proyecto vocacional. Una criatura que nos ha sido dada para que en ella podamos contemplar un perfecto designio vocacional, el que debería cumplirse en cada uno de nosotros. María es la imagen de la elección divina de toda criatura, elección que va más allá de lo que la criatura puede desear para sí: que le pide lo imposible y le exige sólo una cosa:
fiarse.
Ella es modelo de la libertad humana en la respuesta a esta elección. Libre para pronunciar su sí, libre para encaminarse por la larga peregrinación de la fe.
La vida entendida como vocación es, por ello, la única concepción que hay de la vida como algo vivo. Fuera del amor no hay vida humana. Cualquier otra concepción de la vida reduce ésta a algo mecánico, rutinario. Desde esta llamada, la vida se convierte, por el contrario, en una gran aventura.
La conciencia de que la vida es un don no debería suscitar solamente una actitud de agradecimiento, sino que debería sugerir la primera gran respuesta a la cuestión fundamental sobre el sentido: la vida es la obra maestra del amor creador de Dios y es en sí misma una llamada a amar.
“El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano “ (JP II)
VII. Un lugar: Cristo
Gracias a este amor que lo ha creado nadie puede considerarse superfluo, porque es llamado a responder según un designio de Dios pensado exclusivamente para él.
Y por tanto, el hombre será feliz y plenamente realizado estando en su lugar, aceptando la propuesta del amor de Dios.
Este «lugar» es uno solo: Cristo, al que debe pertenecer el hombre si no quiere faltar irremediablemente a su vocación de hombre. Participar de la vida de Cristo constituye el contenido esencial de toda vocación humana. La vocación de todo hombre y mujer se realiza en referencia a Jesucristo.
Estamos llamados a vivir y ser en Cristo.
El hombre es vocación a Cristo, por lo mismo, vocación a la Iglesia, conjunto de los que forman el Cristo actual.
Si, pues, todo ser humano tiene su propia vocación desde el momento de su nacimiento, existen en la Iglesia y en el mundo diversas vocaciones que manifiestan la imagen divina impresa en el hombre.
“La Iglesia particular es como un jardín florido, con gran variedad de dones y carismas, funciones y ministerios. De aquí la importancia del testimonio de la comunión entre ellos, abandonando todo espíritu de competencia”.
“Cuando pienso en el mundo,
que se apaga y muere
por la falta de Cristo;
cuando pienso en el caos profundo
en que se desbarranca
la inquieta y ciega humanidad
por la falta de Cristo;
cuando me encuentro
con la fuerza de la juventud
marchita y destrozada
en la primavera misma de la vida
por falta de Cristo,
no puedo ahogar las quejas
de mi corazón.
Quisiera multiplicarme, dividirme,
para escribir, predicar,
enseñar a Cristo.
Y del espíritu mismo de
mi espíritu
brota contundente y único grito;
¡Mi vida por Cristo!”
Juan Pablo II

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