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Morenita mía

27 de enero de 2020

¿Es una mera tradición “de nuestras abuelitas” o mucho más?

No conozco una madre o un padre mexicanos con una angustia, dolor o alegría inconmensurable, que no recurra a la Virgen de Guadalupe como su primera o última carta de agradecimiento o de petición.

Las fobias políticas, los desencuentros y hasta los vicios ceden ante la petición de intercesión de la madre de Dios.

“Cuídamelo, Virgencita”, “ayúdale, Virgencita”, “gracias, Virgencita” son frases repetidas incesantemente por todo el suelo nacional, sin distingo de posiciones económicas, educativas, sociales, la Virgen de Guadalupe tiene para todos y reparte parejo, ése es parte de su encanto.

Lo mismo es depositar el cuidado de la salud de un padre, madre, hermano o cualquier familiar que encontrar trabajo, o hasta meter un gol, como el caso del futbolista Alberto García Aspe, quien mostraba la imagen de la guadalupana debajo de la camiseta de su equipo y la mostraba cada vez que festejaba un gol.

Hay quienes sostienen que es una mera tradición “de nuestras abuelitas”, como si fuera cosa del pasado o meramente un asunto folclórico enraizado únicamente en los sectores populares o más pobres del pueblo, pero la realidad es aplastante.

Vamos por partes.

Si cada año millones de personas se trasladan en peregrinación hasta los santuarios de la Virgen de Guadalupe (claro, el principal está donde está ella, en la Basílica de Guadalupe) no meramente por una cuestión folclórica o una ocurrencia de las abuelitas, se trata de un acto de fe, de agradecimiento.

Sí, se puede argumentar que hay quienes no tienen fe y que por eso no creen o menosprecian el hecho religioso ubicándolo como un “fenómeno”, como algo psicológico o de histeria colectiva. Que se lo digan a esos millones que durante casi cinco siglos han mantenido e incrementado la fe en la morenita.

No sólo es aquí, es en todos lados, existen otros países en donde regalar una estampa de la Virgen Morena “de las originales”, es decir, de la Basílica, son aceptadas con una alegría singular.

En la Catedral de Notre-Dame (Nuestra Señora) en París, existen oratorios con imágenes de santos y de advocaciones de la Virgen María, en cada espacio hay un depósito para monedas, con lo cual se prenden veladoras. La Virgen de Guadalupe es la que más veladoras tiene encendidas. Eso es devoción popular, ahí la gente no llega ahí por una ocurrencia de “sus abuelitas” o porque lo crea un fenómeno parasicológico, no, es pura fe.

Acorde con esa popularidad mundial de la Virgen de Guadalupe, el Papa Juan Pablo II en 1999 quiso venir a presentar a la Basílica de Guadalupe las conclusiones del Sínodo de obispos del continente, en un documento titulado “La Iglesia en América”, y designar a la morenita como Emperatriz de América.

No es un acto meramente religioso, es, a la vez, de una trascendencia social, pues hacia el 2031 se festejarán los 500 años de la aparición de la Virgen y las manifestaciones de religiosidad popular se dan en todo el continente, sigue siendo el emblema y la inspiración del catolicismo.

Por esa inspiración millones de personas caminan (peregrinan) durante días enteras para llegar a agradecerle a la guadalupana, eso le da sentido a su vida, por ello son capaces de hacer mandas para dejar los vicios. La gente piensa que le puede fallar a todo el mundo, menos a la Virgen.

Y por más increíble que suene, hay quienes cambian su forma de vida, se alejan de los vicios, se vuelven más trabajadores, en pocas palabras, se vuelven mejores personas… gracias a la Virgen.

Esa fe, ese motivo de vida es lo que le ha dado tanta fortaleza al catolicismo en México y contra ella es que no han podido los intentos de políticos liberales desde hace casi dos siglos por divorciar a la gente de sus creencias y de la Iglesia.

Esa parte es medular para la identidad de la Nación, para diseñar el futuro del País: para la mayoría de la gente su ser mexicano está sellado por la guadalupana, por más que los políticos la borren de los documentos, libros y de los recintos oficiales.

En términos generales los políticos hacen todo por tratar de arrinconar las creencias en un cajón o en las cuatro paredes de su casa o del templo, pues la presión de algunos grupos de poder no es menor y por ello muchos se rasgan las vestiduras públicamente cuando alguien manifiesta públicamente su credo. Jalisco es una excepción, no hay político sensato que reniegue del catolicismo o de la Iglesia.

Hay otros, en otras latitudes, como Santiago Creel Miranda, quien en el 2001, poco después de asumir como Secretario de Gobernación dio una entrevista a la revista Proceso y pidió resaltar el cuadro de Benito Juárez que intencionalmente mandó poner en su oficina. Ahí se definió como juarista, liberal, renegando del origen de su partido.

Como muchos otros que vociferan su liberalismo, Creel ignora que quien oficializó el 12 de diciembre como festividad de la Virgen de Guadalupe fue precisamente Benito Juárez, es un hecho irrefutable. Algunos historiadores dicen que el oaxaqueño quiso que sus hijas se casaran de blanco y en la Iglesia, porque no eran cualquier mujer.

Esa es la Virgen del Tepeyac, la Madre de Dios, ante quien ceden las presiones, los vicios y las fobias políticas, y fue la que escogió a México para quedarse en el ayate, esa es nuestra morenita.

Fuente/Autor: Héctor Moreno

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