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Familia

Los hijos no esperan

27 de enero de 2020

Hay un tiempo para anticipar la llegada del bebé, otro para consultar al médico, uno más para soñar lo que será este niño cuando crezca. Asimismo, existe un tiempo para pedirle a Dios que me enseñe a criar al hijo que llevo en mis entrañas, un tiempo para preparar mi alma, para alimentar la suya, pues muy pronto llegará el día en que nacerá. Porque los hijos no esperan.

Hay un tiempo para alimentarlo durante la noche, para cólicos y biberones. Hay un tiempo para mecerlo y un tiempo para pasearlo por la habitación, con paciencia y abnegación. Un tiempo para mostrarle que su nuevo mundo es un mundo de amor, de bondad y de dependencia. Hay un tiempo para maravillarme de lo que él es: una persona, un ser creado a imagen de Dios. He resuelto hacer lo máximo a mi alcance. Porque los hijos no esperan.

Hay un tiempo para tenerlo entre mis brazos y contarle la historia más hermosa que jamás haya oído. Un tiempo para hablarle de Dios y enseñarle a maravillarse y sentir asombro. Hay un tiempo para llevarlo al parque a columpiarse, de correr con él una carrera, hacerle un dibujo y darle compañerismo lleno de alegría. Hay un tiempo para enseñarle el camino y enseñarle a orar con sus labios de niño y enseñarle a amar la palabra de Dios.
Porque los hijos no esperan.

Hay un tiempo para cantar en vez de renegar, sonreír en vez de fruncir el ceño, un tiempo para compartir con él mis mejores actitudes, mi amor por la vida, mi amor por Dios, mi amor por los míos. Hay un tiempo para contestar a todas sus preguntas, porque quizá vendrá el momento en que no querrá escuchar mis respuestas. Hay un tiempo para enseñarle muy pacientemente a obedecer, a poner en su lugar los juguetes, hay un tiempo para mostrarle lo hermoso del deber cumplido, de adquirir el hábito de leer la Biblia, de gozarse en la comunión, de conocer la paz que viene por la oración. Porque los hijos no esperan.

Hay un tiempo para verlo partir valientemente a la escuela y extrañar su manera de estar siempre alrededor mío, de saber que estaré allí para responder a su llamado cuando vuelva de la escuela y escuchar con interés sus descripciones de lo acontecido en ese día. Hay un tiempo para enseñarle a ser independiente, a tener responsabilidad, de saber disciplinarlo con amor, porque pronto llegará el momento de dejarlo partir y de soltar los lazos que lo sujetan a mi falda. Porque los hijos no esperan.

Hay un tiempo para atesorar cada instante fugaz de su niñez, para inspirarlo y prepararlo. No voy a cambiar este derecho natural por ese “plato de lentejas” llamado posición social o reputación profesional o por un cheque de sueldo. Una hora de dedicación hoy, podrá salvar años de dolor mañana. La casa puede esperar, los platos pueden esperar, la pieza nueva puede esperar. Porque los hijos no esperan.

Llegará el momento en que ya no habrá más puertas que golpean, ni juguetes, ni peleas entre ellos, ni marcas en las paredes; entonces podré mirar atrás con gozo y saber que estos años de ser madre no se desperdiciaron. Pido a Dios que llegue el momento en que pueda ver al retoño un ser íntegro, amando a Dios y sirviendo a los demás. Dios mío, dame la sabiduría para saber que hoy es el día de mis hijos, no existen los momentos de poca importancia en sus vidas. Que sepa comprender que no hay carrera mejor, ni trabajo más remunerador, ni tarea más urgente. Que yo no postergue ni descuide esta labor, que pueda aceptarla con gozo, y que me dé cuenta que el tiempo es breve y que mi tiempo es hoy. Porque los hijos no esperan.

Fuente/Autor: Autor Desconocido

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