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Mundo Misionero Migrante

“Eran emigrantes”

27 de enero de 2020

Hace varios años, en Milán, fui espectador de una escena que dejó en mi alma una impresión de profunda tristeza. De paso por la estación vi la amplia sala, los pórticos laterales y la plaza adyacente invadidos por tres o cuatro centenares de personas pobremente vestidas, divididas en diversos grupos. Sobre sus rostros bronceados por el sol, surcados por las arrugas precoces que suelen imprimirles las privaciones, se transparentaba el tumulto de los afectos que agitaban en ese momento su corazón. Eran viejos encorvados por la edad y los esfuerzos, hombres en la flor de la virilidad, mujeres que traían consigo o llevaban en los brazos sus niños, jovencitos y jovencitas todos hermanados por un sólo pensamiento, todos dirigidos hacia una meta común.

Eran emigrantes. Pertenecían a varias provincias del Norte de Italia y esperaban con temor que la locomotora los llevara a orillas del Mediterráneo y desde allí a las lejanas Américas, donde esperaban encontrar menos adversa la fortuna y menos ingrata la tierra a sus esfuerzos.

Partían, esos pobrecitos, algunos llamados por parientes que los habían precedido en el éxodo voluntario, otros sin saber con precisión hacia adonde estuviesen dirigidos, atraídos por ese poderoso instinto que hace migrar a los pájaros. Iban a América, donde había, lo escucharon repetir muchas veces, trabajo bien retribuido para quien tuviese brazos vigorosos y buena voluntad.

No sin lágrimas habían dicho adiós al pueblito natal, al cual los ligaban tan dulces recuerdos; pero sin añoranza se disponían a abandonar la patria, ya que ellos no la conocían más que bajo dos formas odiosas: el reclutamiento y el recaudador de impuestos, y ya que para el desheredado, la patria es la tierra que le da el pan, y allá lejos esperaban encontrar ese pan, menos escaso aunque no menos sudado.

Me fui emocionado. Una oleada de pensamientos tristes me hacía un nudo en el corazón. Pensé: ¡quién sabe qué cúmulo de desventuras y privaciones les hace parecer dulce un paso tan doloroso!… ¿Cuántos desengaños, cuántos nuevos dolores les prepara el porvenir incierto? ¿Cuántos conseguirán la victoria en la lucha por la existencia? ¿Cuántos sucumbirán entre los tumultos ciudadanos o en el silencio de la llanura deshabitada? ¿Cuántos si bien encontrando el pan para el cuerpo, perderán el del alma, no menos necesario que el primero y perderán, en una vida totalmente material, la fe de sus padres?

Desde aquel día la mente se me fue muchas veces hacia aquellos infelices y esa escena me actualiza siempre otra, no menos desoladora, no vista, pero vislumbrada en las cartas de los amigos y en las relaciones de los viajantes. Yo los veo a esos desdichados desembarcados en tierra extranjera, en medio de un pueblo que habla una lengua no comprendida por ellos, víctimas fáciles de especulaciones humanas: los veo mojar con sus sudores y con sus lágrimas un surco ingrato, una tierra que exhala miasmas pestilentes, desgastados por los esfuerzos, consumidos por la fiebre, suspirar en vano por el cielo de la patria lejana, y la antigua miseria de la casa natal y sucumbir finalmente sin que la añoranza por sus seres queridos los consuele, sin que la palabra de la fe les señale el premio que Dios ha prometido a los buenos y a los desventurados. Y aquellos que en la dura lucha por la subsistencia triunfan, helos aquí; ¡ay de mí! lamentablemente allá en el aislamiento, olvidar toda noción sobrenatural, todo precepto de moral cristiana, y perder cada día más el sentimiento religioso, no alimentado por las prácticas de piedad y dejar que los instintos brutales tomen el lugar de las aspiraciones más elevadas.

Frente a un estado de cosas tan lamentables, yo me hice con frecuencia esta pregunta: ¿cómo poder remediarlo? Y todas las veces que leo en los diarios alguna circular gubernamental que pone a las autoridades y al público en guardia contra las artes de ciertos especuladores, que hacen verdaderas capturas de esclavos blancos para empujarlos, ciegos instrumentos de codiciosas apetencias, lejos de la tierra natal con la mira en fáciles y espléndidas ganancias; y cuando por cartas de amigos o por relaciones de viajes me entero que los parias de los emigrados son los italianos, que los trabajos más ruines, si puede haber ruindad en el trabajo, son realizados por ellos, que los más abandonados, y por lo tanto los menos respetados, son nuestros compatriotas, que miles y miles de nuestros hermanos viven casi sin defensa de la patria lejana, objeto de prepotencias con mucha frecuencia impunes, sin el consuelo de una palabra amiga, entonces, lo confieso, la llama de la vergüenza cubre mi cara, me siento humillado en mi calidad de sacerdote y de italiano y me pregunto nuevamente: ¿cómo ayudarlos?

Incluso, pocos días atrás, un distinguido joven viajero me traía el saludo de varias familias de los montes de Piacenza acampados a orillas del Orinoco: diga a nuestro Obispo que recordamos siempre sus consejos, que rece por nosotros y que nos mande un sacerdote porque aquí se vive y se muere como bestias.

Ese saludo de los hijos lejanos me sonó como un reproche…

(La Emigración Itaiana en América, Piacenza 1887)

Fuente/Autor: Beato Juan Bautista Scalabrini

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