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Testimonios

El crimen del Padre Van Thuan

27 de enero de 2020

Todos los días, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebraba la Eucaristía.

Trece años en la cárcel. Por el crimen de ser sacerdote. Por el crimen de obedecer y ser fiel al Papa. Espero que pronto alguien se anime a hacer una película de este sacerdote entregado y fiel que ha conmovido a todos con su libro “Cinco panes y dos peces”.

Su nombramiento como Obispo de Saigon fue recibido como una ofensa por el Gobierno comunista de Vietnam. De inmediato se ordenó su arresto, aunque no tenían pruebas de que hubiera cometido delito alguno más que el de servir y predicar. Tampoco le permitieron llevarse nada. La comunidad católica no tardó en reaccionar y para calmar un poco las aguas, permitieron a Van Thuan escribir un mensaje en un papel. Al final del mensaje, decía: “Por favor, necesito algo de vino, como medicina para el dolor de estómago”. Los fieles entendieron muy bien lo que quería y le mandaron una botella pequeña de vino con la etiqueta “Medicina para el dolor de estómago”. Entre la ropa escondieron algunas ostias. El paquete llegó a la cárcel y el policía que lo revisaba preguntó extrañado: “¿Le duele el estómago? Pues aquí le mandan su medicina”.

Cuando Van Thuan predicó los ejercicios espirituales a Juan Pablo II, en marzo del 2000, recordó emocionado este momento: “No podía expresar mi alegría al saber que ya podía celebrar Misa. Cada día pude arrodillarme ante la cruz con Jesús y beber con él su cáliz . Cada día, al recitar la consagración, confirmé con todo mi corazón y con toda mi alma un nuevo pacto eterno entre Jesús y yo, a través de su sangre mezclada con la mía”.

Todos los días, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebraba la Eucaristía. Poco después de su arresto, lo llevaron al norte de Vietnam en barco con otros mil 500 prisioneros hambrientos y desesperados. A las nueve y media de la noche, celebraba la Misa en la cama común que compartía con otros cinco presos. De rodillas, con los grilletes en las manos y en los pies, un poco encorvado y repitiendo las palabras de memoria, consagraba y repartía la comunión a los que le rodeaban.

El lunes pasado murió el sacerdote que estuvo nueve años en aislamiento total, encerrado entre cuatro paredes de cemento sin ventana alguna, con un foco encendido por la Policía durante largas horas o apagado durante semanas, que le provocaba una tortura mental, caminando de un lado a otro de la pequeña celda para evitar enfermedades, teniendo sólo un pequeño agujero para la respiración en la parte baja del muro, que cuando llovía se llenaba de agua y hacía entrar todo tipo de insectos que le picaban y mordían porque no le quedaban fuerzas para impedirlo.

Pasó cuatro años más trabajando en las montañas que rodeaban la prisión. Un día pidió un alambre de la valla eléctrica que los acorralaba y, ayudado por otros prisioneros, cortó el alambre en pequeños pedazos, lo enzarzó y formó una pequeña cadena. Otro guardia le permitió quedarse con un pedacito de madera en forma de cruz tomada de la leña que él mismo había cortado. Y hasta el lunes pasado, la cadena y la cruz formaron el pectoral que llevaba siempre colgado el Obispo Javier Van Thuan, prisionero desde agosto de 1975 hasta el año 1988.

No supo guardar rencores. Logró numerosas conversiones de guardias y de prisioneros compañeros suyos. Pregonó y vivió el camino del perdón hasta el final. Un día, uno de los guardias de la cárcel le preguntó: “¿Es verdad que usted nos ama? ¿Nosotros le hemos tenido encerrado tantos años y usted nos ama? No me lo creo. Cuando quede en libertad, seguro que enviará a sus fieles a quemar nuestras casas y a golpear a nuestros familiares”. Le respondió: “Sí, claro que los amo, aunque me maten, porque Jesús me ha enseñado a amar a todos, también a los enemigos. Y si no lo hago, no soy digno de llevar el nombre de cristiano”.

Van Thuan vivió a fondo su vocación. Como lo han hecho y lo siguen haciendo tantos hoy, en su respectiva vocación y, gracias a ellos se mantiene izada la bandera de la santidad de la Iglesia. Son los que nos permiten a los católicos presentarnos ante el mundo sin demasiada vergüenza, porque la verdad es que quien juzgue a la Iglesia por el rostro que ofrecemos la mayoría, tiene motivos para pensar que no somos gran cosa y que el batallón de mediocres que formamos no refleja lo que Jesús quiso dejar en la tierra como presencia de su amor.

¿Veremos pronto en cartelera una película del padre Van Thuan? ¿Sólo valen para el cine los sacerdotes que meten la pata y arman escándalo o también esa gran mayoría de ellos que son fieles a su vocación y que se entregan día a día, sin hacer tanto ruido, como el padre Van Thuan? ¿Se filmará en otro país o en México? Que esta película se haga realidad y, aunque no llene los bolsillos de dinero, que pueda llenar muchos corazones con la alegría de la fe cristiana.

Fuente/Autor: Juan Pedro Oriol | Fuente: Catholic.net

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