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Mundo Joven

Del terror de la alianza oligárquico-militar al terror de las maras

27 de enero de 2020

Observamos que El Salvador, de la sangrienta guerra civil al proceso de transición democrática, pasó del estatus de ser el país de los escuadrones de la muerte al estatus de ser, en la actualidad, el país de las maras. Título alcanzado gracias al hecho que ese país, en el contexto de la post guerra civil, incubó, en lugar de la paz y la cohesión social, a dos bandas de criminales extremistas: la Mara Salvatrucha (MS-13) y la Mara del Barrio 18. Estas, en los últimos 20 años, con sus crímenes atroces, han logrado convertir a El Salvador, según un informe publicado en el 2011 por el PNUD, en el país más violento del mundo.

En este artículo reflexionamos sobre el hecho que nos parece que, en El Salvador, el problema de las maras sería más bien un efecto que la causa principal de la situación de violencia generalizada en ese país.

El enigma

Lo que más nos impacta del drama salvadoreño es un hecho que adquiere la forma de un enigma. Puesto que, en El Salvador, en el instante mismo que sus políticos celebran el triunfo de la transición democrática, sin preámbulos, ese mismo país cae en una nueva oleada de violencia generalizada. Dinámica contradictoria que para los objetivos de nuestra reflexión, la contextualizamos en la forma siguiente: por el lado del bloque político dominante (conformado principalmente por la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN)), vemos -años tras años- la tendencia a felicitarse por el salto histórico dado por El Salvador. Puesto que son ellos los que, con sus tratados de paz firmados en 1992, pusieron fin a la guerra civil abriendo con ello el camino hacia una transición democrática triunfante.

La prueba de ese triunfo democrático es que, en estos momentos, se encuentra en el poder el FMLN. Una fuerza política de izquierda que, con las armas en la mano, combatió a las tradicionales élites dominantes. Y lo extraordinario es que la ARENA, una fuerza política de extrema derecha, aceptó de manera pacífica la victoria electoral de sus oponentes. En El Salvador la alternancia política se consolida y, consecuentemente, ese país puede presentar al mundo sus credenciales de país democrático.

Desde una perspectiva social lo problemático del caso es que, en el instante mismo, que ese triunfo democrático se celebra, el Estado salvadoreño entra en una etapa marcada por su pérdida exclusiva del monopolio de la violencia; dejando por el hecho mismo, a una buena parte de la sociedad sin protección alguna. Siendo aquí que la ley que prevalece es la de sicópatas asesinos capaces de matar por un gesto, por una mirada. O simplemente llevados por sus instintos primarios de hacer el mal. Siendo así como en los últimos 20 años, El Salvador habría pasado del terror de la dictadura oligárquica-militar, con sus exterminios en masa en contra de la población civil y de sus escuadrones de la muerte, al terror de las maras. Las cuales han acumulado, con el correr de los años, un gran dominio que les permite controlar territorio y, con ello, construir un doble poder.

Siendo desde ahí que ellas se abrogan el derecho de tratar de igual a igual con el gobierno en plaza. Y esto es tan así que un acuerdo entre ellas hizo descender, de manera remarcable, el número de muertes diarias y en algunas municipalidades del país esas maras, dado el poder de decisión adquirido en el terreno, han firmado acuerdos de paz con las autoridades locales, para declararlas: Municipios Libres de Violencia.

Las maras parecen entonces tener el poder suficiente para decretar en El Salvador: la guerra o la paz. Lo que para nosotros prueba que ese país, dada la violencia existente fuera de todo control, se encuentra en una situación de crisis profunda. Llegados hasta aquí tratemos entonces de entender cómo, de acuerdo a nuestro análisis, el enigma planteado se habría originado.

Los tratados de paz de 1992 y la transición democrática salvadoreña

Nos parece que los tratados de paz de 1992 y la transición democrática salvadoreña deberían de interpretarse como activados por una dinámica de causa-efecto; en donde, los principios acordados que pusieron fin a la guerra civil servirían, a su vez, de guía para dinamizar la transición democrática. El Salvador cerraba así un capítulo de su historia y abría otro.

Opinamos que, en esa nueva etapa, los salvadoreños esperaban algo que, necesariamente, debería estar a la altura de los sacrificios realizados. Ya que el ondear de la bandera roja en el espacio político salvadoreño era en sí, un gran triunfo del pueblo entero. Es decir: de los campesinos, de los obreros, de los estudiantes, de los partidarios de la teología de la liberación, de los intelectuales comprometidos, de los internacionalistas que hicieron suyas las aspiraciones de justicia del pueblo salvadoreño, de las madres y los padres que miraban, con una mezcla de tristeza y orgullo, como sus hijos e hijas se incorporaban, de manera generosa, como soldados de la causa popular. Y en la cual en una larga y sangrienta guerra civil, miles y miles de entre ellos encontraron la muerte. Los unos en combate. Los otros capturados, torturados, calcinados: desaparecidos.

Tiempos de persecución, de desolación, de muerte. De inmensa e infinita tristeza, profundamente fría, ahogadora en donde los unos luchaban por conservar, a través de la sangre y el terror, sus atávicos privilegios, mientras que los otros luchaban por recuperar sus tierras, por mejorar sus salarios. Y en general por hacer de El Salvador un país digno, solidario, profundamente humano. La cúpula del FMLN como firmantes de los acuerdos de paz, era entonces percibida como el baluarte que con gallardía defendería, frente a la derechista ARENA, los intereses y las aspiraciones más nobles del pueblo salvadoreño.

Creemos que la confusión y el nacimiento del enigma -del cual hacíamos mención- nacen precisamente del interior de esos procesos. Puesto que en El Salvador lo que realmente ocurrió durante los tratados de paz y la transición democrática, fue una especie de división del trabajo entre lo político y lo económico. En donde el FMLN adaptaba su acción a cambios que se operaban estrictamente a nivel político; el cual se liberalizaba creando en el proceso mismo una esfera autónoma de amplio alcance. Lo que hacía que los las salvadoreños(as) asistieran atónitos a cambios inéditos; puesto que, por la primera vez de su historia, ellos gozaban de amplias libertades formales tales como libertad de expresión, libertad de organización; veían que el FMLN, después de sus largos años de persecución y de exterminio de sus militantes y simpatizantes, se convertía en un partido institucionalizado; veían igualmente que los militares regresaban a sus cuarteles y así, en un largo etc. Todo eso hacía entonces creer que la época del terror político quedaba atrás y que El Salvador, después de la larga pesadilla militar, podía mirar su futuro con optimismo.

Pero mientras esos cambios se operaban, miembros del FMLN -el llamado FMLN histórico, para diferenciarlo del institucionalizado-, junto con una buena parte de los salvadoreños vivían esos momentos a la expectativa, a la espera de algo. Algo que en medio de los discursos triunfalistas de la ARENA y del FMLN se obviaba, se retardaba más y más. Hasta lograr, al final, tacharlo de una vez por todas de la agenda de los tratados de paz. Hacemos referencia aquí a las reformas económicas y a la demanda popular de justicia contra los militares señalados, por la Comisión de la Verdad, como los responsables, durante la guerra civil, de horribles crimines contra la humanidad. Los cuales ante esa demanda, simplemente, respondieron con una ley de amnistía. Lo que indicaba que la impunidad continuaría reinando. Como habitualmente ha sido el caso en ese país.

Y luego que las causas subyacentes de la rebelión popular fueron, bajo diversas justificaciones, ignoradas, nos parece que la dirección de los tratados de paz y la transición democrática en El Salvador se clarifica. Puesto que todo parece indicar que sus propuestas e iniciativas se inscribían al interior de una estrategia global bien definida: la del paradigma neoliberal triunfante. El cual, para su montaje, sabemos que doctrinariamente contempla, en su movimiento hegemónico, dos aspectos esenciales: la liberalización económica y la liberalización política. El capital oligárquico salvadoreño con su nueva estrategia de dominación lograba así, desde un punto de vista estrictamente económico, no tener obstáculo alguno para su desarrollo y, desde un punto de vista estrictamente político, los partidos políticos de derecha e izquierda adquirían las más amplias libertades de acción.

En El Salvador se combinaba de esa forma una liberalización política, como planteado, de gran alcance mientras que con la liberalización económica se aceraban y se extendían los privilegios económicos de una poderosa minoría cuyos intereses eran y son innegociables. Dos esferas de lo social -lo político y lo económico- fueron así radicalmente separadas como en dos especies de laboratorios sin conexión alguna. En lenguaje mediático esto se “vendió” como la única vía para “modernizar” a El Salvador. Y para ello el catecismo a aplicar era que las decisiones económicas debían de “despolitizarse” mientras que los políticos debían, sobre todo, evitar toda forma de “populismo”. En lo económico se imponía entonces el dejar hacer mientras que en lo político, desde el Estado, se imponía -como un dogma- el abandono de toda iniciativa para superar, de manera real y profunda, las causas productoras de la desigualdad económica. Lo que probaría que la oligarquía salvadoreña acepta los tratados de paz y la transición democrática luego que logra imponer, una vez más, su eterna visión mezquina y altamente excluyente de país.

Y sería de esa forma cómo esas élites económicas y políticas, con sus acuerdos e iniciativas, habrían preparado el terreno para lo que seria, el otro gran desangramiento de El Salvador. El cual según nuestra visión de las cosas, se habría activado al interior de la dinámica siguiente: en El Salvador ciertamente, con los tratados de paz y la transición democrática, los fusiles se silenciaron. Pero pronto muchos salvadoreños(as) descubrirían que lo que la izquierda salvadoreña estaba promoviendo como una gran victoria popular de alcance histórico, en los hechos, no era otra cosa que una maniobra más sutil, más encubierta de continuar, por otros medios, negándoles sus derechos socio-económicos. El todo junto al hecho que la impunidad continuaría, como siempre ha sido el caso en ese país, campando.

El Salvador montado en la oleada neoliberal se sentía y daba igualmente la impresión de estar en movimiento. Lo que, en un primer momento, habría creado la ilusión; la cual en un segundo momento, casi instantáneamente, se convertiría en desilusión. Puesto que los principales mecanismos portadores de pobreza, exclusión y violencia social no solo quedaban intactos sino que, en el marco del paradigma neoliberal, redoblaban su naturaleza despótica. Y de la desilusión así creada, que tenía las mismas causas que habían provocado la guerra civil, nacería la otra: la de las maras. Pero estas ya no tendrían ninguna referencia humanista, ninguna utopía a realizar puesto que los tiempos del neoliberalismo triunfante, es decir, los tiempos del individualismo, del placer inmediato, del dinero y el consumismo, las habrían desprestigiado brutalmente. Y siendo así está nueva guerra se caracterizaría por su violencia ciega, su odio, su rabia desmesurada contra la sociedad. El todo en medio de lo que los mismos mareros llaman: “La vida loca”.

Y sería al interior de esas dinámicas en que los olvidados del sistema dominante inventan y reinventan su contra mundo cultural hecho de normas, de tatuajes amenazantes, de ritos, de cantos, y un largo etc. Es decir un mundo en donde los desesperados del sistema no aceptan más ser humillados y buscan por todos los medios abrirse su propio espacio existencial. En El Salvador la MS-13 (la mara salvatrucha) y la Mara del Barrio 18 -con sus miles de miembros y colaboradores- serían entonces los vectores de esta nueva revuelta de los pobres.

Un doble poder que, en la actualidad, hace que esas maras estén tratando de igual a igual con el poder político en plaza. Ya que, como anotado, en algunos lugares son los firmantes, con las autoridades locales respectivas, de los llamados Municipios Libres de Violencia. Y que gracias a acuerdos entre ellas, los crimines diarios en ese país, han descendido de manera remarcable.

Son entonces los dirigentes de esas bandas de criminales que como los “Nuevos Señores de la Guerra” deciden, desde sus “estados mayores” de si, El Salvador, vivirá en la guerra o en la paz.

Conclusión

Siendo así como El Salvador habría pasado del terror de la alianza oligárquica-militar al terror de las maras. Lo que en nuestro caso nos hace decir que, en ese país, el pasado simplemente atrapó al presente. Puesto que luego que, con los tratados de paz de 1992 firmados entre la ARENA y el FMLN, los problemas reales y cruciales del país -como expuesto a lo largo de esta reflexión- no fueron tratados, es, en ese preciso momento que El Salvador no se encaminaba hacia la paz y el progreso, sino que hacia otra guerra. La cual se cobró ya, en los últimos 20 años, en un país que tiene un promedio de 15 asesinatos diarios, 50 000 muertes.

Son esos resultados reales altamente trágicos para El Salvador lo que nos hace decir que, en ese país, los tratados de paz y, su consecuencia inmediata, la transición democrática han lamentablemente fracasado. Lo que, a nuestro juicio, desde una perspectiva histórica significa, que la paz sin reformas económicas y justicia social es una gran ficción. Un engaño hiriente para aquellos miles y miles de hombres y mujeres que, generosamente, ofrendaron sus vidas, sus esfuerzos en la Gran Guerra de Liberación Nacional. Y que sus sueños eran hacer de El Salvador, un país, en donde, nunca más, la vida misma de las grandes mayorías se volviera un martirio; una angustia sin fin.

Fuente/Autor: Mauricio R. Alfaro

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