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CUARESMA Y PASCUA 2020. Ciclo A

Marzo, 22: CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

Dios quiere abrir mis ojos, regalarme la luz, sacarme de mi oscuridad y de mi ceguera. Jesús es la luz que viene a este mundo, pero las tinieblas no lo reciben. Una vez más la Cuaresma nos toca a la puerta del corazón y nos habla de la luz de la vida, nos pide abrir ventanas, salir para ver. No se trata de encerrarnos en nosotros mismos, eso nos oscurece, sino de caminar en la historia, en la calle, la casa, la plaza, los caminos, y dejarnos tocar por la vida real, la de los sencillos y los pobres. Ellos tienen la mirada propia de lo divino, Dios en la vida diaria, pobre y sencilla les revela quién es Él y dónde está su verdad de amor y de justicia. Es en la vida de los sencillos donde se aprende a valorar lo pequeño, a agradecer la vida, a compartir lo que se tiene, a unirse para vivir mejor todos. Salir de la ceguera del consumo, del tener, del éxito, del individualismo, es todo un reto que se logra por el camino de la fraternidad y de la entrega, del ayuno y de la limosna, pero para eso hay que encontrarse con el Dios encarnado en los sencillos y dejarse abrir los ojos del corazón por ellos.

A LA LUZ DE LA PALABRA. Con cierta frecuencia nos sentimos inmersos en un tipo de vida que no parece tener mucho sentido; a veces tan poco sentido, que nos vemos conducidos a situaciones en las que no nos resulta en modo alguno fácil encontrar siquiera un poco de luz. Así lo vemos con demasiada frecuencia: a) En el ámbito socio-político: luchas y descalificaciones personales difíciles de entender; en lugar de trabajo desinteresado en pro del bien común. b)  En el ámbito socio-económico: mensajes que nos hablan una y otra vez de los ricos que somos; pero que a menudo no parecen tener en cuenta a los más débiles de nuestra sociedad. c)  En el ámbito socio-religioso: hechos y declaraciones que rompen la esperanza de muchos; en lugar de aportar una palabra de esperanza en un mundo tan ávido de ella.

  1. En este contexto tan oscuro todos tratamos de encontrar una luz, que, aunque sea de modo provisional, aunque se apague rápidamente, nos ayude a percibir con algo de nitidez lo que acontece en nuestro entorno.
  2. Por ello, como el ciego del evangelio: — Nos sentamos a la vera del camino de la historia. — Esperando, como él, —  que alguien pase y nos aporte un poco de luz.
  3. Pero con frecuencia perdemos la esperanza y pensamos que la aparición de una luz no puede acontecer en nuestras vidas; pues nosotros, como David, nos sabemos los más pequeños; aunque quizá sí tengamos algo en favor nuestro: — No somos como «los que dicen ver» (v. 41), quienes, al creer que todo lo tienen muy claro, ya no buscan una luz, pues están convencidos de que no la necesitan. — Ni queremos ser como los padres del ciego, quienes, ante las complicaciones que puede originarles la confesión pública de su modo de ver la realidad, se inhiben y dicen: «Preguntádselo a él» (v. 21).

—  No olvidemos que ni unos ni otros fueron curados de su ceguera.

  1. Nosotros, como el ciego, queremos ser personas capaces de arriesgarnos a perder nuestra seguridad y de lanzarnos a la búsqueda de una luz, aun a costa de llegar a una situación en la que quede un tanto en el aire nuestra: — Seguridad socio-política, al emprender una búsqueda, si fuese necesario, en solitario, que muchos no van a entender (cf. v. 34c). — Seguridad socio-económica, al vivir de modo coherente nuestra solidaridad con tantos otros ciegos. —  Seguridad socio-religiosa, al tratar de aportar siempre una palabra de esperanza en ámbitos en los que, con demasiada frecuencia, no se escucha una palabra eclesial de esperanza.
  2. Pero, ante estas posibles pérdidas, no olvidemos algo muy importante: — El ciego, que perdió la seguridad socio-política, encontró una nueva familia (cf. vv. 34 c-38). — El ciego, que perdió la seguridad socio-económica (cf. v.

8), encontró la plenitud de la luz y de la vida (cf. vv. 36-38). —  El ciego, que perdió la seguridad socio-religiosa (de la sinagoga), encontró el templo nuevo y definitivo (cf. Jn 2, 21).

  1. Vivir esta experiencia, nos ha dicho la II lectura, va a conducirnos a ser nosotros mismos «luz» («ahora sois luz en el Señor»), que, como él, estamos llamados a iluminar, siquiera un poco, nuestro entorno.
  2. Pero no olvidemos que a lo que estamos llamados, como nos decía Tomás de Aquino en el s. xiii, no es a brillar, sino a iluminar.
  3. Aunque, tal vez, si queremos llevar a cabo este recorrido, es necesario que previamente contestemos de un modo adecuado a la gran pregunta que hoy se nos ha dirigido desde el evangelio: «Y tú, ¿qué dices de aquel que te ha abierto los ojos?» (v. 17b) (pregunta quizá muy similar a la de Mc. 8, 29 b par.: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»). 

Publicación CARITAS

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