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Familia

Alguien me enseñó…

27 de enero de 2020

Alguien me enseñó:
A ser una mujer consciente del privilegio de la vida.
A responder con ello a los talentos que Dios me ha dado.
A ser feliz, siendo yo misma conforme a mi vocación y a mis sueños.
A tener el coraje de ser libre para elegir mis caminos, venciendo mis temores y asumiendo las consecuencias de mis actos.
A tener alegría para construir mi felicidad.
A tener éxitos, pero también fracasos, que me recuerden mi condición humana, la grandeza de Dios y el peligro de la soberbia.
A sentirme completa, a amarme y a reconocer que soy única, irrepetible e irremplazable, y que valgo por lo que soy, no por lo que tengo.
A tener la capacidad de gobernarme.
A querer el presente, elegir el futuro y trabajar para conseguirlo.
A recordar el pasado, pero no vivir en el ayer; a soñar en el futuro sin despreciar el presente.
A perdonarme mis errores, mis culpas y mis caídas.
A tener el suficiente valor para pedir perdón y a perdonar a otros, olvidándome de los rencores
A renacer cada día.
A sentir a Dios que vive en mi y agradecerle su infinito amor, su entrega incondicional y su presencia.
A dejar de sobrevivir y atreverme a sobrevivir.
A ser mujer completa, no sustituto, menos objeto, a saber querer, saber decir sí pero también no.
A buscar hacer, de cada día, un día especial para los demás y para mí.
A entender que, como ella, se puede ser buena hija, hermana, esposa, guía y amiga.

Ella ha sido siempre:
Una compañera que, en todo momento, con su exigencia y amor, ha sabido forjar un mejor camino para mi futuro.
Una consejera que ha sabido escuchar, comprender y dar la más sencilla, pero más alentadora, palabra de apoyo.
Una excelente directora de nuestra formación y vida espiritual.
La mejor cocinera, para la cual, el servir no es una tarea obligada, sino una labor altruista en la que deposita todo su cariño.
La mujer responsable que, con su dedicación, esfuerzo y perseverancia, nos da el mejor ejemplo y testimonio de vida.
Una amiga incondicional, que tiende su mano para apoyarnos y nos abre su corazón para reclinar en él los más íntimos secretos, alegrías y tristezas.
Ella siempre está presente cuando la necesitas, sin esperar nada a cambio.
Por eso hoy doy gracias a Dios por su más bella creación: ese ser excepcional que se proyecta en nuestra vida para dar vida…

¡Tú…, Mamá!

Fuente/Autor: Verónica Valderrain Sáenz

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